«Dios es alguien… alguien cercano»

29 10 2007

Aimé Duval, sjPor Aimé Duval, sj* 

«Yo era el quinto de una familia de nueve hermanos… En esta familia fue donde aprendí la piedad expansiva y demostrativa. Diariamente, no teníamos más que la plegaria de la noche recitada en común, pero de eso me acuerdo y me acordaré incluso con los ojos cerrados.

Mi hermana Elena recitaba las oraciones, unas plegarias largas para unos niños (un cuarto de hora), ella aceleraba, farfullaba, tomaba atajos, hasta el momento en que mi padre le decía en dialecto: `Repoigne´ (vuelve a empezar). Entonces aprendí que se había de hablar al buen Dios poco a poco, seriamente y con una paciente amabilidad.

Lo que me emociona recordar hoy es la actitud de mi padre. Él, que estaba siempre cansado a causa de sus trabajos en el campo o en el transporte de la madera, él que mostraba sin rubor estar fatigado al volver del trabajo, se ponía de rodillas, después de cenar, con los codos en el respaldo de una silla y la frente entre las manos, sin dirigir una mirada a sus hijos situados alrededor suyo, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse.

Y yo pensaba: “Mi padre, que es tan fuerte, que manda en casa, que hace lo mismo con sus dos gordos bueyes, que se muestra orgulloso delante de los reveses de la suerte y tan poco tímido delante del alcalde, los ricos y los inteligentes, se vuelve pequeño de todo delante del buen Dios. Verdaderamente, hablarle le transforma. En verdad, el buen Dios ha de ser alguien muy grande para que mi padre se arrodille y alguien muy familiar también para que le hable con su ropa de trabajo puesta…”

En cuanto a mi madre, nunca la vi de rodillas. Estaba demasiado cansada y se sentaba en medio de la habitación, con el último recién nacido entre sus brazos, con un vestido negro hasta los talones, sus bonitos cabellos castaños esparcidos sobre su cuello y todos los críos alrededor suyo, apoyados en ella.

Seguía con sus labios las plegarias de principio a fin, no quería perderse ni una migaja, las decía por su cuenta. Lo más curioso es que no paraba nunca de mirarnos. De uno en uno, por turnos, recibíamos su mirada. Una mirada más larga sobre los más pequeños. Nos miraba, pero nunca decía nada. Ni tan sólo cuando los pequeños se movían o murmuraban, ni tan sólo cuando el gato hacía caer una cacerola.

Y yo pensaba: “Verdaderamente, el buen Dios ha de ser muy amable para que se le pueda hablar con un niño en los brazos y con el delantal puesto. Verdaderamente, el buen Dios ha de ser alguien importante para que ni el gato ni la tempestad tengan ya importancia”

Las manos de mi padre, los labios de mi madre, me han enseñado más sobre el buen Dios que mi catecismo. Él es alguien. Él es alguien cercano…»

(Del libro ¿Por qué me hice sacerdote? AA.VV. Ed. Sígueme: Salamanca, 1989) 

* Aimé Duval, sacerdote jesuita francés fallecido en 1984. En los años 60 alcanzó mucha fama como cantante de música religiosa pop.

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