Parábolas de la vida misma

7 06 2008

Por Darío Pérez*

Así es. La vida viene cargada de enseñanzas. Lo cotidiano nos interroga constantemente y es arranque de reflexiones a poco que sepamos verlo. Eso sí, ocurre como con las parábolas: que no se dan a conocer a los sabios y entendidos sino a la gente sencilla. Te propongo aquí unos ejemplos para que compruebes cuánto de humilde hay en ti y cuánto de “listillo”. Y para que entrenes al alma a leer la vida entre líneas.

El cerdito-hucha

Desde pequeños nos inculcan no sé muy bien si el ahorro o si la acumulación de capitales. El caso es que para ello utilizan un cerdito de escueta ranura en la espalda y, con él, la instrucción de que lo fácil es recibir. La facilidad con que las monedas entran en el gorrino es proporcional a la dificultad que tienen para salir (dejando casi como única vía hacerlo previo sacrificio del animal).

Y quizás nosotros no somos tan diferentes de la hucha. Venimos con la avaricia de serie, con la ranura integrada en la médula para que cualquier bien tenga tan sencilla entrada como complicada escapatoria.

La generosidad sólo tiene cabida si rompemos. Si rompemos, no sólo nuestro cochino egoísmo, sino también la dinámica materialista del mundo que nos rodea.

El calefactor

Se me ha roto el calefactor. Por más que reviso el termostato, la resistencia y hasta la carcasa sigue sin funcionar. Sólo después de un rato descubro por qué no calienta: lo tengo sin enchufar.

Me pasa igual en tantas cosas, en tantas contrariedades que no hay forma humana de solventar. Y ahí está el problema: que busco las soluciones en todo lo humano y el fallo acaba estando en la conexión con Dios. Estoy desenchufado y así es imposible que me llegue la energía.

La guardería

Visitando una clase de infantil, recordé una práctica habitual de la edad: formar una fila entre todos, cogiendo el babi del anterior y sirviendo de guía al siguiente (por supuesto, hay tortas -o al menos llantos- por ser el primero de la expedición).

Y tras añorar mis tiempos mozos, añoré más cosas. ¿Por qué ese espíritu orientador se pierde con la edad? ¿Por qué en la fase adulta prescindimos de la búsqueda del otro? ¿Por qué huimos de aferrarnos y, aún más, de que alguien pueda aferrarse a nosotros? ¿Por qué “entendemos” la independencia como indiferencia?

Más nos valdría seguir corriendo, pero no por ser los primeros (o los únicos) sino por erigirnos en los guías que el mundo precisa.

Multicopista

Un texto se revisa una y mil veces antes de que se proceda a imprimirlo en millones de cuartillas. Todo sea por no difundirlo con errores.

¿Cuánto filtramos nuestros actos, reacciones y pensamientos antes de darles difusión, antes de que provoquen consecuencias?

Una silla vacía

Invitas a cenar a casa a tu grupo de amigos. Nueve de ellos te confirman su presencia pero hay uno que, hasta última hora, no sabrá si puede acudir. Por si acaso, compras comida contando con él y preparas la mesa de modo que tenga su hueco cuando pueda llegar.

Te pones a rezar, que no es una convocatoria para diez amigos sino para uno sólo, y no estoy seguro de que ese Uno tenga cabida. Para mí que ni la casa la tienes limpia, ni tus cosas ordenadas. Para mí que ni siquiera hay una silla vacía para que se pueda sentar. Para mí que le llamas pero por compromiso, con la esperanza de que no venga. Que su llegada puede molestar, que su presencia puede incomodar. “Si quiere venir, que se acople a lo que haya”. ¿No será al revés? Que venga y a ver si lo demás se acopla.

La sinceridad de los árboles

El árbol que se planta en los cementerios es el ciprés, porque sus raíces crecen totalmente en vertical y así no levantan el terreno ni representan peligro para las tumbas.

Y es que los árboles son así: lo que vemos en la superficie es similar a lo que esconden bajo tierra, la forma en que crecen sus ramas es fiel reflejo de las raíces que lo soportan. Así es el ciprés, así es el olivo. Así es la encina, el pino… pero no la gente.

Si pudiésemos fiarnos de la rectitud que aparentan las personas, todo iría mejor. Los retorcidos no podrían resquebrajar la Tierra tan alegremente ni constituirse en peligro y perturbación de los demás. Ay si todos tuviéramos buen fondo, si fuéramos más sinceros y mejor arraigados

El equipaje

Cuando uno emprende el camino de la playa para disfrutar de las vacaciones, hay una difícil tarea previa que consiste en llenar la maleta y el coche al máximo, de modo que entre todo lo imprescindible y el mayor número posible de prescindibles. El espacio no es infinito por lo que quien quiera que quepan más tumbonas, sillas y colchonetas debe dejar dos hijos en casa. Nadie haría eso, ¿verdad?

Sin embargo, cuando se emprende el camino de la vida, el equipaje es cuanto menos raro y la cosa no es tan evidente como echar una colchoneta más o menos (o una tontería similar). Llenamos el maletero de trabajo, de dinero, de prestigio, de seguridad, de calidad de vida. Quizás todo eso lleve disfraz de fundamental, pero no puede serlo si conlleva que la familia no quepa ni en la baca.

El buzón

Reparé hace semanas en que no hay día en que no pase por el buzón de casa a recoger el correo, a veces incluso repito visita si calculo que puede haber pasado el cartero. Y abro su puertecita con ilusión, como si la remota posibilidad de hallar una carta manuscrita o una sorpresa se fuera a imponer a la certeza de que habrá recibos y propaganda (cuando no un completo vacío). Y cada desencanto no impide que siga la misma dinámica mañana.

Y me pregunto si no iría todo mejor si, al abrir la puerta de casa (o del corazón), lo hiciéramos con la misma renovada ilusión. Cierto es que nos rodean personas-panfleto o personas-recibo (hasta personas-vacío), pero abundan menos que en el buzón y hay más probabilidades de toparse con la sorpresa de auténticos y personalizados escritos a mano (de ésos que le marcan y le acompañan a uno).

El que no quiere chascos, renuncia también a las alegrías. Al que no abre nunca su buzón, se le llena de mil papelajos y sólo aparenta una cosa: que no hay nadie en casa.

Informática

No hay a quien se le ocurra aparecer en la tienda y pedir el antivirus Panda con la versión de 1992, ni el Office 95. Eso está obsoleto; si no es lo último no sirve para nada.

Sin embargo, en la fe no hay reparo en continuar con el sistema operativo Confirmación 3.1; total como los hay que aún usan el Bautismo 1.0 o el Comunión 2.0. Y sin actualizaciones, estamos perdidos: expuestos a virus y sin posibilidad de sacarle todo el jugo a nuestro equipo. Para poder tener un link con los necesitados actuales hay que tener la versión de hoy, incluso la de mañana…

Derecho a devolución

Hay cientos de establecimientos donde tienes derecho a devolución o cambio si algo no te deja satisfecho. Pero no convertimos ese derecho en obligación, sino que compramos la ropa que más nos gusta con la intención de que nos valga y nos salga buena; no con vistas a poderla reemplazar.

En el mercado de hoy en día, el matrimonio se ofrece con derecho a divorcio o separación. Pero el derecho no es un deber ni un fin. Se ha de comprobar cómo nos queda la prenda, se deben revisar las taras, defectos e incompatibilidades antes de la compra y con el esmero debido. Y una vez hecho eso, se aceptan las imperfecciones lógicas y ni se nos pasa por la cabeza reclamar por defectos sobrevenidos por un mal uso o por falta de cuidado. Uno no se casa pensando en que le devuelvan el importe, sino en que sea el otro quien le importe.

*      *      *

Dios reescribe su Evangelio en las páginas de hoy. Jesús nos sigue dejando parábolas a la vuelta de cada esquina. Y en pleno siglo XXI nosotros actualizamos a los ciegos y mudos, pero no porque no podamos ver ni hablar sino porque no queremos hacerlo por comodidad, miedo o conformismo.

Ya que solos no podemos, confiémonos al milagro: Si quieres, puedes sanarme. Él quiere; vaya si quiere. Quedamos sanos. Y ya no hay excusas para no saber ver ni para silenciar lo visto. Ojos y labios al servicio del Reino; así es la vida.

* Darío Pérez es Salesiano Cooperador y miembro del dúo musical Darío & Guzmán. Lee otros artículos suyos en FAST

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