Año Sacerdotal. Por José Carlos Rodríguez*
El domingo 13 de enero de 2008 permanecerá siempre en mi memoria. Aquel día celebré la Eucaristía en una escuela de Kampala y, a continuación, me dirigí para hacer lo mismo en un pueblo cercano. Fue mi último servicio pastoral como sacerdote. Tras volar a Madrid esa misma noche, dos días después me encontré en un escenario harto distinto: haciendo cola a las puertas de una oficina del INEM. Atrás quedaban dos décadas de duro trabajo en el norte de Uganda con comunidades rurales desplazadas por la guerra y con niños soldado. Tras 22 felices años de sacerdocio, mi vida tomó otro rumbo. Delante de mí se presentaba un mundo desconocido: papeleos sin fin, despistes y desorientación en mi propio país, búsqueda de trabajo a una edad en la que muchos se prejubilan y los mil retos de ser padre de familia. La primera frustración me golpeó al cabo de dos meses, cuando el INEM me comunicó que no tenía derecho a recibir ningún subsidio de desempleo, ya que mis años de trabajo en África no contaban. Años, por cierto, tampoco cotizados a la Seguridad Social ni remunerados. Empecé desde cero, aunque mis estudios de Periodismo me hicieron tener más suerte que otros a la hora de buscar trabajo. Y mi congregación –los combonianos– me ayudó hasta que pude conseguir una cierta estabilidad. Leer el resto de esta entrada »
Para el padre John Peter Olum, ugandés de 50 años, lo más importante de un sacerdote son sus manos. Me enseñó esta lección un 22 de diciembre de 2004 y la volví a recordar hace poco cuando el Papa declaró abierto el año sacerdotal.
Cuando un anciano obispo misionero retirado me impuso las manos y me “hizo” sacerdote, yo estaba inocentemente lejos de pensar que en realidad ser sacerdote es algo que se va recibiendo y haciendo poco a poco, día tras día. Y que el rito de la llamada “ordenación” es sólo una especie de empujón —solemnemente sacramental— para empezar a caminar por un camino que la vida te va mostrando lleno de sorpresas, de cuestas y barrancos, de luces y sombras, intentando armonizar cualidades, otras tendencias que descubres en ti y otras profesiones. Y hasta alternando fidelidades e infidelidades.
Hace ya mucho tiempo paseaba yo con un cura bueno por el jardín de una casa de ejercicios. Mira Eladio —le decía— siento por los sacerdotes y religiosos un amor especial, una preocupación preferente. Se me impone desde dentro una reciprocidad a vuestra entrega. Mis manos de laico y padre de familia se me escapan como mariposas para bendeciros. Me sorprendió la rauda respuesta: “Eso es un don, Jairo Javier, eso es un don. No dejes de ponerlo en práctica. Los sacerdotes lo necesitamos”.
Resulta sorprendente constatar la variedad de rostros “sacerdotales” que existe actualmente en la Iglesia católica. La gama es impresionante: tanto desde la apariencia externa, como desde el mundo interno de cada uno. Quizá la palabra “sacerdote” o “sacerdotes” no sea la más adecuada para hablar de ese conjunto de personas y tal vez la expresión ”ministros ordenados” resulte demasiado genérica y elástica. De todos modos, sabemos bien a quiénes nos referimos. A aquellos varones que han recibido el sacramento del Orden en cualquiera de sus grados (diaconado, presbiterado o episcopado). 



























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