Darío Pérez*
Acaba de arrancar la cuaresma y con ella un tiempo caracterizado por la oración y la conversión, por el perdón y la reconciliación, por el ayuno y la limosna. Hace unos días tuve una reunión sobre el tema y me correspondió compartir –como ahora quiero hacer contigo- el sentido de las dos últimas palabras.
El objetivo no es ser exhaustivo ni ortodoxo -para eso seguro que hay materiales mucho más ricos y documentados- sino más bien proponerte un modo sencillo de tener presente el sentido de la cuaresma para que puedas profundizar en él durante estos cuarenta días.
Para empezar, imagínate que estamos jugando al Scrabble (Intelect o como quiera que lo llaméis en tu casa) y que tienes contigo cinco fichas, las cinco letras que componen la palabra AYUNO. Yo no sé tú, pero a mí lo primero que se me ocurre cuando oigo esta palabra (o la de abstinencia) es quitarle la “U” y exclamar “¡AY, NO!” ¡Ay, no! porque ya toca sacrificarse, quitarse de cosas, hacer un esfuerzo por algo a lo que, más que no encontrarle sentido, no quiero encontrárselo. ¿De qué sirve no comer tal cosa o tal otra? ¿De qué sirve pasar hambre? ¿De qué sirve prescindir de ciertas comodidades, objetos o hábitos? ¿De qué sirve renunciar a todo eso por un tiempo? Aquí es donde decimos siempre lo de “¿qué sacrificio es comerse una mariscada para no tomar carne? Lo podían cambiar”. Leer el resto de esta entrada »
Le dice un niño a otro: “Pues tu padre es un soberbio”. Y le contesta el otro: “¡Y el tuyo un croata!”.
Como todos los que lo vais a leer os sentís jóvenes, comparto con vosotros la reflexión hecha a un grupo de adolescentes: toca hablar de amistad y casi da vergüenza hablarle de algo así a gente como vosotros. ¿Qué tiene un mindundi como yo que decirle a gente que tiene 100 y hasta 200 amigos? Y como yo no me atrevo, he cogido frases célebres que hablen de amistad, y tengo más o menos un esquema de lo que podría ser este concepto.
Una canción de Garth Brooks cuenta una especie de fábula sobre lo ocurrido en la batalla de Belleau Wood (1918, I Guerra Mundial, americanos contra alemanes). Al parecer, durante una tregua navideña, uno de los soldados germanos comenzó a cantar algo que a todos resultaba familiar. El idioma no era conocido pero sí lo que cantaba: el villancico ‘Noche de Paz’. Sorprendentemente se fueron uniendo las diferentes voces de los soldados de ambos bandos, que temeraria y valientemente se fueron poniendo de pie en sus trincheras aun a riesgo de exponer sus vidas. Los más atrevidos incluso se acercaron a la zona enemiga para estrechar la mano de sus contendientes, expresando —sin decirlo— que ojalá todos pudieran sobrevivir para encontrar una mejor solución al conflicto. La canción concluye diciendo que, al terminar la tregua, ese fugaz cielo se tornó de nuevo infierno, pero que por un pequeño instante la respuesta se reveló muy clara: “El cielo no está más allá de las nubes; está justo tras el miedo. No, el cielo no está más allá de las nubes, sino que lo podemos encontrar nosotros aquí”.
No sé si será porque la especialidad la hice en Marketing, pero el caso es que yo soy de los que, entre zapping y zapping, hago algo de caso a la publicidad televisiva. Y hoy, mientras practicaba ese ejercicio, vi claro que los cristianos estamos desperdiciando la oportunidad de dar difusión a “un buen anuncio”.
(Sacado de una reflexión con un grupo de adolescentes; quizás sea extrapolable a otras edades)
No sé si será por aquello de que el latín es idioma cooficial del Vaticano, pero el caso es que la lengua de Julio César me ha ofrecido respuestas —o al menos interrogantes (que casi es más importante)— a la hora de afrontar el Adviento.
Así es. La vida viene cargada de enseñanzas. Lo cotidiano nos interroga constantemente y es arranque de reflexiones a poco que sepamos verlo. Eso sí, ocurre como con las parábolas: que no se dan a conocer a los sabios y entendidos sino a la gente sencilla. Te propongo aquí unos ejemplos para que compruebes cuánto de humilde hay en ti y cuánto de “listillo”. Y para que entrenes al alma a leer la vida entre líneas.
Apenas le conozco, y ya le admiro. Le he visto una vez en mi vida, y ya tiene un huequito en ella. Sin haberle tratado casi, y ya es ejemplo.
Te voy contando y luego le doy sentido ¿vale?
Las mismas manos son las que dan y las que quitan. Las mismas manos son las que acarician y las que abofetean.
Te va a parecer exagerado, e incluso irreverente, pero «La Bamba» —y mira que tiene poca letra— está cargada de enseñanzas (casi diría doctrinas). Sólo hay que saber —o más bien querer— verlas.
Dice una amiga mía que, en esto de la fe, se siente como una niña de 4 años. Yo no sé qué decirle…
Es curioso cómo nos organizan la vida; entre lo culinario y lo religioso no hay modo de salirse del patrón establecido. Siendo muy gráfico, es como si las directrices de cada momento del año las fijaran dos grandes gorros: el de cocinero y la mitra papal. Permíteme que te lo cuente así medio en broma, para que si quieres me tomes medio en serio. 





























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