Por Darío Pérez*
No sé si será porque la especialidad la hice en Marketing, pero el caso es que yo soy de los que, entre zapping y zapping, hago algo de caso a la publicidad televisiva. Y hoy, mientras practicaba ese ejercicio, vi claro que los cristianos estamos desperdiciando la oportunidad de dar difusión a “un buen anuncio”.
Si una tipa de mediana edad es capaz de cantar -sobre un escenario en mitad del campo- que pruebes la eficacia de unas compresas para las pequeñas pérdidas, ¿dónde estamos nosotros para anunciar al que nos sostiene hasta en las grandes pérdidas? Si el entrañable Leopoldo Abadía tiene los bemoles de hablarnos de repostaje inteligente refiriéndose a un combustible, ¿dónde estamos nosotros para anunciar al que nos recarga las pilas y nos llena no sólo el depósito? Leer el resto de esta entrada »
(Sacado de una reflexión con un grupo de adolescentes; quizás sea extrapolable a otras edades)
No sé si será por aquello de que el latín es idioma cooficial del Vaticano, pero el caso es que la lengua de Julio César me ha ofrecido respuestas —o al menos interrogantes (que casi es más importante)— a la hora de afrontar el Adviento.
Así es. La vida viene cargada de enseñanzas. Lo cotidiano nos interroga constantemente y es arranque de reflexiones a poco que sepamos verlo. Eso sí, ocurre como con las parábolas: que no se dan a conocer a los sabios y entendidos sino a la gente sencilla. Te propongo aquí unos ejemplos para que compruebes cuánto de humilde hay en ti y cuánto de “listillo”. Y para que entrenes al alma a leer la vida entre líneas.
Apenas le conozco, y ya le admiro. Le he visto una vez en mi vida, y ya tiene un huequito en ella. Sin haberle tratado casi, y ya es ejemplo.
Te voy contando y luego le doy sentido ¿vale?
Las mismas manos son las que dan y las que quitan. Las mismas manos son las que acarician y las que abofetean.
Te va a parecer exagerado, e incluso irreverente, pero «La Bamba» —y mira que tiene poca letra— está cargada de enseñanzas (casi diría doctrinas). Sólo hay que saber —o más bien querer— verlas.
Dice una amiga mía que, en esto de la fe, se siente como una niña de 4 años. Yo no sé qué decirle…
Es curioso cómo nos organizan la vida; entre lo culinario y lo religioso no hay modo de salirse del patrón establecido. Siendo muy gráfico, es como si las directrices de cada momento del año las fijaran dos grandes gorros: el de cocinero y la mitra papal. Permíteme que te lo cuente así medio en broma, para que si quieres me tomes medio en serio. 



























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