Juan Rubio*
Se sucederán en estos días, coincidiendo con la fiesta de la Inmaculada, las vigilias de jóvenes. Ya es algo tradicional en pequeñas parroquias y en grandes catedrales. ¡Una ocasión para estar con los jóvenes, para hablar de ellos y para hablar con ellos! No sé si vale de algo tanto llevar y traer a los jóvenes de excursión, pero bueno, no está mal que, al menos una vez al año, los chicos y chicas estén presentes más allá de nuestras oraciones y sin olvidar que hay muchos más que, como dice el Evangelio, “no son de este redil y a esos también hay que invitarlos y proponerles”.
Los jóvenes ocupan y preocupan a sus pastores. Jóvenes, o mejor dicho, adolescentes, la mayoría de los que acuden, porque mirándolo bien, cada vez estos eventos se llenan de adolescentes más que de jóvenes. Se les hablará mucho, aunque se les debiera escuchar más. Ya lo decía san Agustín: “Hay que hablarles menos de Dios y más a Dios sobre ellos”. Ofrecerles simplemente doctrinas, y algunas bien alejadas, conduce a poco. Leer el resto de esta entrada »

¿Qué opino sobre las JMJ? Partiré de la sensación agridulce que me dejó la última visita del Papa a Santiago y Barcelona. Me entristecieron los carteles de “Nosotros no te esperamos”, las ácidas manifestaciones de algunos ateos y homosexuales o ciertos artículos sobre la pederastia. Esas reacciones –quizá exageradas, pero comprensibles- deberían hacernos reflexionar.
Niños y adolescentes aprenden a hacer lo que ven en los mayores; si los ven ejercer presión y amenazas, contra ellos mismos o contra otras personas, con el fin de obligarlos a obrar en determinado sentido… están aprendiendo a ejercer la extorsión. Es el Diccionario de la Real Academia Española el que define la extorsión en estos términos. No siempre la extorsión se ejerce a cambio de dinero; a veces se extorsiona a las personas tocándolas «donde más les duele». Algunas veces se les extorsiona obligándolas a callar «para evitar males mayores», y otras, a traicionar su propia conciencia y hacer lo que no estaban convencidas de que debieran hacer, si no quieren que «otros paguen las consecuencias»… 
Esto es sólo una reflexión de mis últimas semanas, ajetreadas y entre tiendas, que han hecho surgir este título y me han animado, de paso, a escribir el contenido. Estamos a mitad de octubre, pero parece más bien, mitad de septiembre; entro en varias librerías donde el mayor orden lo encuentro en los renglones de los libros que ojeo y en la cola que, increíblemente, llega hasta la calle. Un padre pide un libro de inglés, el de actividades, cuyo título ya le cuesta pronunciar, pero está agotado: ¿Me lo podría pedir? No, es que ya no quedan ejemplares en la editorial. Se queda sin saber qué decir, así que le cuenta que su hija lleva semanas sin el libro, que la profesora se lo exige pero que no le vale el de su hermana de hace dos años porque ha cambiado. Está enfadado, no sé si con la tienda, la editorial, la profesora o el colegio; el otro escucha y asiente con cara de “comprendo” mientras coge el teléfono, tampoco tiene respuesta, habrá que esperar.
Le dice un niño a otro: “Pues tu padre es un soberbio”. Y le contesta el otro: “¡Y el tuyo un croata!”.
Como todos los que lo vais a leer os sentís jóvenes, comparto con vosotros la reflexión hecha a un grupo de adolescentes: toca hablar de amistad y casi da vergüenza hablarle de algo así a gente como vosotros. ¿Qué tiene un mindundi como yo que decirle a gente que tiene 100 y hasta 200 amigos? Y como yo no me atrevo, he cogido frases célebres que hablen de amistad, y tengo más o menos un esquema de lo que podría ser este concepto.
En días pasados escuchaba el testimonio de un sacerdote que presta sus servicios pastorales en una de las comunidades más peligrosas de México. Él comentaba que, en aquellas tierras, los narcotraficantes se llevan a los jovencitos, desde su más temprana adolescencia, con la finalidad de «formarlos» como sicarios. Este «empleo» va tomando auge; se gana mucho dinero por «un trabajo tan fácil como lo es el matar». Lo peor es que se va haciendo cultura, pues hay una «cancioncita» que ya repiten muchos jóvenes: «Yo lo veo bien. A mí sí me gustaría ser sicario porque es mejor vivir unos diez años como león que treinta como oveja». Y no podemos ignorar que una de las principales causas de esta mentalidad es el olvido de los verdaderos valores en el núcleo familiar: amor por la unidad, por las personas, por el trabajo y por una vida honesta. 
Un profesor de religión en la escuela pública, me dijo que me tenía que hacer una consulta de mi especialidad. Se supone que yo entiendo de moral social cristiana. De ética social, que dirían otros. El profesor daba clases a chicos de unos doce años. Algunos detalles son míos.
Cuando hablamos de un santo, tendemos a pensar sólo en alguien que ha sido canonizado oficialmente por la Iglesia; pero yo tengo unos cuantos santos patronos que no han sido canonizados formalmente. Uno de éstos es una antigua maestra mía que murió hace cinco años. Se llamaba Shirley Christopher, monja ursulina. Me siento muy afortunado por haberla tenido como maestra y tutora durante tres años en Bachillerato. Enseñaba Historia, Inglés, Francés y Religión, y era una maestra extraordinaria, tanto en talento como en dedicación, y me influyó más profundamente que cualquier otro maestro que durante mis estudios he encontrado en las aulas.
Hace meses se le achacó al Papa que, encerrado en su gabinete de intelectual, no controlaba la información. Ahora se ha apuntado felizmente a Internet: todo un salto cualitativo. Benedicto XVI en su mensaje con motivo de la 44ª Jornada Mundial de la Comunicación Social (que se celebrará el 16 de mayo) ha instado a los sacerdotes a utilizar a fondo Internet y las tecnologías de la “nueva ágora” digital en su misión pastoral y evangelizadora. Es verdad que en su visita a Israel dijo también que el acceso que ofrece Internet a innumerables fuentes de información se ha convertido en un instrumento de fragmentación de la cultura, debido a que la crítica y el discernimiento de las tradiciones académicas y éticas son a veces dejados de lado o descuidados.






























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