Guzmán Pérez Montiel*
Ha sido en estos días objeto de burla y chanza, y trending topic en twitter. Ha dado de qué hablar a miles de personas, y ha traspasado los muros de un templo que hasta ahora muy pocos —además de sus feligreses— habían visitado. Se trata del rostro desfigurado del Ecce Homo de la iglesia de Borja (Zaragoza), que una anciana ha querido restaurar con buena intención y poco acierto, para escándalo de algunos y cachondeo de muchos, que rápidamente lo bautizaron como ecce mono en las redes sociales.
No quiero detenerme en valorar si el estropicio de la octogenaria Cecilia ha hecho mucho “daño artístico”, pues creo que el fresco tampoco tenía demasiado valor. Ni siquiera voy a pararme a criticar la desmesurada e irrespetuosa burla que se ha generado en internet hacia esta buena señora y hacia la imagen del Cristo, a raíz de la cual me imagino que más de uno habrá descubierto qué es un ecce homo (o tal vez no…). Personalmente este desgraciado y esperpéntico incidente me ha hecho pensar, sobre todo, en cómo desfiguramos el rostro de Cristo, con mucha frecuencia y sin darnos cuenta, o incluso a sabiendas… Podríamos tomar esta circunstancia como metáfora de nuestra —a veces mediocre— vida cristiana, y como llamada a restaurar la desfigurada imagen que damos de Cristo y su Evangelio. Leer el resto de esta entrada »




Mi mejor amiga me suele decir que le gusta verme vestido de “alternativo”. A mí me hace gracia oírle decir esto, pues eso de “vestir de alternativo” implica curiosamente un patrón definido, cuando la palabra “alternativo” expresa precisamente lo contrario. Pero en fin, son cosas de la moda y del vestir… Estas últimas semanas, preparándome por dentro para recibir el diaconado, pensaba precisamente que hablar de “alternativa” es muy propio en este caso de la vocación y de la vida cristiana. Seguro que a esta amiga, a muchos otros, y al mismo Dios, os importa que yo sea “alternativo”, más que verme vestido de ello… Hoy, día de mi ordenación, quiero dedicaros estas líneas a todos los que me habéis animado a serlo, y a aquellos que estáis esperando que lo sea cada día más. Os explico a qué me refiero con estos juegos de palabras. 
A veces la vida tiene casualidades curiosas. O tal vez sea más bien que está llena de simbolismo, de “sacramentos”. La semana pasada, por culpa de unos fuertes dolores de cabeza, tuve que acudir al médico. Al hacerme un reconocimiento, éste descubrió que los dolores podían deberse a unos considerables tapones que tenía en los oídos. Curiosamente no me dolían los oídos, ni notaba que hubiera perdido capacidad de audición, pero siguiendo sus indicaciones, acudí al otorrino, que certificó la existencia de esos dos buenos tapones. Tres días después los extrajo —no sin ciertas molestias— y fue entonces cuando me di cuenta de que efectivamente había perdido oído, y que a partir de ese momento percibía matices auditivos que antes no distinguía. Me sorprendió que incluso a mí mismo me oía de modo diferente.
«¡Ya huele a Navidad!», escribía hace unos días una amiga en su estado del Facebook. Y yo le preguntaba en broma: «¿y a qué huele exactamente?». El tema dio de sí para diversos comentarios de otros de sus contactos, y ahí quedó la cosa… Hasta hoy, cuando la frase ha salido de mi memoria y me ha hecho pensar más y sacarle “miga” a este asunto de los olores. Ciertamente la Navidad “huele” a muchas cosas, pero muchos aromas nos han “embriagado” de tal manera que a menudo nuestra “pituitaria” no es capaz de percibir sus “olores” auténticos. Sin que “huela” mucho a “cura” ni “perfumarla” demasiado, quisiera compartir mi reflexión con Rocío y con aquellos que quieren descubrir a qué huele la Navidad.
Los que estamos en contacto con jóvenes a menudo nos rompemos la cabeza para encontrar la manera de ofrecerles algo que les “llegue” dentro, el modo de suscitar experiencias de fe y de compromiso cristiano entre los jóvenes de hoy. Existe sin duda esa dificultad en nuestra cultura, pero aun así pienso que nunca ha sido fácil. Porque una experiencia profunda de “vida en el Espíritu” no surge así como así. Ni antes ni ahora.
Todos tenemos algo o mucho de ignorantes. Además, suele ocurrir que el ignorante de más rango es el que más habla, de cualquier cosa, sobre todo de lo que menos sabe. Y eso que dicen que “de lo que no se sabe es mejor callar”. Leyendo la prensa hace un par de días, deduje que a José Saramago no le han explicado esto en su larga vida (a punto está de cumplir 87 años). Es uno de los escritores contemporáneos más leídos y reconocidos. En 1998 le concedieron el premio Nobel de literatura. Y a mí personalmente me encandiló con su Ensayo sobre la ceguera, una de mis novelas favoritas. Pero, vistas sus últimas declaraciones, ha demostrado que puede llegar a ser un ignorante. Y de los más atrevidos.
Más de una vez, algún profesor que conozco me ha comentado que había tenido que suspender a alguno de sus alumnos “por los acentos”. Numerosas faltas de ortografía en los exámenes —unidas a menudo al escaso estudio y conocimiento de la materia— habían dado como resultado una nota muy inferior al 5. Y es muy triste que uno suspenda un examen porque no sabe escribir correctamente. Pero es que el uso correcto de los acentos —entre otras cosas— no es algo indiferente en una lengua y en unos estudios.
Siempre es una satisfacción y una alegría poder celebrar que alguien querido cumple años, más aún cuando lo hace rebosante de vida e ilusión. Y cuando se trata de un proyecto, una iniciativa, institución, etc. también es una gozada verlo crecer, desarrollarse, ampliarse, difundirse… Es el caso de esta revista FAST, que hoy cumple dos años.






























Comentarios recientes