Dedicado en especial a las Asociaciones de víctimas. Jairo del Agua*
La pregunta surgió ayer en un coloquio. Me pareció tan interesante que bien merece unas reflexiones.
Hay quienes no tienen dudas: “yo ni olvido ni perdono” -dicen- sin importarles que la televisión les esté delatando. Estas personas sufren un doble daño: el que les han causado y el que ellas mismas se causan cultivando un odio mordedor.
A quien, consciente o inconscientemente, se empecina e intenta liberarse por la venganza, poco se le puede decir. El propio odio le hunde y le encarcela. Porque conlleva la carcoma de la falta de paz, porque es contrario a la “vida positiva” que fluye en la hondonada humana. El odio es desear el mal del otro. El odio es muerte y genera muerte. Leer el resto de esta entrada »




Continúo:
He insistido —a tiempo y a destiempo— que en la oración más que “pedir” hay que “expresar”. ¿Qué expresar? Lo primero que sale de nuestra fragilidad humana son las NECESIDADES. Poner en las manos del Padre nuestras necesidades, quejas, tristezas, limitaciones, heridas, etc. es positivo y ayuda. Siempre que busquemos las respuestas en nuestro interior y no nos conformemos con “colgarle” nuestra palabrería (bastante frecuente, por desgracia). Hay que partir del convencimiento (fe) de que Él ya nos lo tiene todo dado. Como muy bien decía nuestro hermano Agustín de Hipona: “La oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros“. ¡Cuán lejos estamos de esa certeza y cuánto se predica en contra!
Hablar con Jairo del Agua siempre es una experiencia enriquecedora. Con pasión va hilvanando experiencias que le han configurado y que aparecen de manera reiterada en su nueva obra: Jesucristo, oración, importancia de la Palabra, vida abundante, ayudar, hijos de un Padre millonario… Encontrarse con Jairo merece la pena. Por eso, esperamos que sus recién publicadas “Meditaciones desde la calle” hagan posible el encuentro entre el autor y sus lectores. Para que nos hable de su libro, hemos charlado un rato con él y os ofrecemos lo que nos dijo. 
Hemos nacido para ser felices, a pesar de nuestra limitación, de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez. De eso estoy seguro. Basta mirar los ojos de un niño para darse cuenta. La felicidad dependerá de la capacidad de nuestro recipiente interior y no de nuestra apariencia, poder o bolsillo. La alegría ha sido siempre la característica de las personas espiritualmente crecidas, las que logran “hacerse como niños”. La sabiduría popular lo tiene acuñado: “Un santo triste es un triste santo”, es decir, no lo es. Si santidad es “plenitud humana” -que no otras ilusiones o popularidades- sus signos son la paz y la alegría.






























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