José Ignacio Calleja*
Uno de los lugares comunes en el diálogo entre católicos tiene que ver con la falta de vocaciones al sacerdocio, dando por hecho que todas son pocas, y, sobre todo, que hay diferencias muy importantes entre unas iglesias locales y otras. El caso “vasco”, donde soy sacerdote, es definitivo. La pregunta inmediata es por qué. Pues bien, ésta es la cuestión que escuché hace unos días al final de cierta “conferencia” y que, otro día, viví de primera mano en una conversación “vocacional” a la salida de misa. Escuché una “confesión de intenciones todavía no cuajadas”, estábamos varios, y guardé silencio ante las motivaciones. No era el momento.
La anécdota me ha hecho volver esta tarde sobre aquella conferencia “menor” acerca del cristianismo que nos cabe esperar en un futuro no tan lejano, lo cual me llevó a considerar modelos comunitarios bastante diversos dentro de un pluralismo inclusivo y, desde luego, inconfortable para todos. En esa ocasión, ofrecí algunas referencias para precisar lo que podemos llamar “un pluralismo católico incluyente”, asegurando una convivencia primero y ante todo, sana, y por supuesto, es nuestra vocación, fraternal. Sin duda una parte destacada del problema es saber de los límites “legítimos” del “pluralismo de comunidades en la Iglesia”, para preservar “la comunión en la fe, la esperanza y la caridad”. No es éste el momento de tratar la cuestión de los límites legítimos del pluralismo eclesial y sus pautas. (Desde luego, el uniformismo es pura pereza y miedo a no tener razón, pero no es el momento). Leer el resto de esta entrada »
He tenido muchas dudas, pero estoy por la huelga general. Las dudas, porque no nos favorece a corto plazo en nada. No pienso en Zapatero y su cohorte política, sino en el ciudadano de a pie, clases medias y bajas, con trabajo o sin trabajo, ¡cuidado que hay muchas diferencias en esto!, y el poco “bacalao” que ahora mismo hay para cortar. Pero se me imponen las razones para tomar postura a favor de la huelga general.
Cuando el jueves, 26 de Agosto, leí que se celebraba el centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta, me entretuve pensativo en esta mujer y lo que representaba. Cualquier persona de buena voluntad se muestra admirada por alguien que vive y muere de este modo. Ella, y las mujeres religiosas que la han seguido, las Misioneras de la Caridad, se vacían “entre los pobres del mundo, entre los enfermos y abandonados en la miseria más extrema”. Me preguntaba por su vida y por la sencillez de las palabras que la acompañaron. Simplemente, el amor, puesto a disposición de quienes no tienen nada, ni siquiera un hogar en que refugiarse y ser queridos. Nada.
Que la Iglesia Católica está viviendo un momento muy delicado de su larga historia, es una evidencia. A quienes lo padecemos desde dentro, no deja de sorprendernos la evolución de los acontecimientos. Como sabemos que la pedofilia es un comportamiento delictivo gravísimo, sólo podemos esperar y exigir que, cuanto antes, se haga justicia, resplandezca la verdad y se pongan medios claros para erradicar su repetición. Pero todo esto ya se ha dicho mil veces de uno u otro modo más adecuado, y sólo cabe verificar que se cumpla. Sinceramente, creo que esta vez va en serio, si bien, también lo pienso, gran parte de las autoridades que supieron del drama, prácticamente, son las mismas que ahora tienen que cortar por “lo sano”. Si me equivoco en esto, me alegraré, pero creo que es así. Con lo cual, hay dificultades añadidas para “la verdad” y al cabo para “la justicia”. ¡Van tan unidas!
¿Merece la pena volver sobre el momento actual que está viviendo la Iglesia católica? Y, si volvemos, ¿en qué sentido? Además, la Iglesia y su “gente” viven tantas experiencias distintas que de cuáles hablaremos. ¿De aquellas que nos hacen gozar o de aquellas que nos hacen sufrir? De todas, claro está. Cada una tiene que tener su momento. Pero es probable que las malas noticias, aquellas que nos hacen sufrir, nos atraigan más. Quizá son más “noticia”, o estamos menos preparados para recibirlas. Quizá, y sin quizá, sabemos que sin reorientar esa situación, los pasos siguientes no nos van a convencer. Así que aceptemos mirarnos al espejo y veamos de poner un poco de orden en la trastienda. Porque ante todo hemos de evitar que esta acusación se haga verdad: “El Vaticano ocultó los abusos y ahora está tratando de ocultar el ocultamiento”.
Un profesor de religión en la escuela pública, me dijo que me tenía que hacer una consulta de mi especialidad. Se supone que yo entiendo de moral social cristiana. De ética social, que dirían otros. El profesor daba clases a chicos de unos doce años. Algunos detalles son míos.
«Pero, ¿para qué te metes en esos foros?», me dicen algunos que bien me quieren; «sabes perfectamente que son como “una jaula de grillos”». Quizá, pero… Si hiciéramos un esfuerzo para ponderar lo que estamos diciendo y si podemos decirlo así, tal cual… Leo el nombramiento de Munilla en boca de “los políticos” y me digo, «ya han convertido un debate eclesial y pastoral en un debate político; preferentemente, político». Y detrás de ellos, la gran mayoría de los católicos de a pie. Desde luego, todo tiene un sesgo político de uno u otro signo. Todo: la composición de la CEE, también; los movimientos eclesiales, también; todos; usted y yo. Pero de ahí a que ésa sea la clave de interpretación y debate va un trecho. Creer que el pesar de los párrocos guipuzcoanos en el “caso Munilla” es por filias y fobias nacionalistas, sólo puede explicarse desde un nacionalismo mucho más visceral que el denunciado. 

Creo que hay que comenzar leyendo los números 75 y 78. Son fundamentales para situarse en la interpretación teológico-antropológica. Pues de esto se trata, ante todo, de una presentación de la cuestión social como cuestión antropológica. Una antropología integral, y por ende religioso-cristiana, es el quicio del desarrollo personal y social auténtico. Éste es el motivo central de la encíclica, y el hilo conductor que sostiene todos los argumentos y respuestas. Las respuestas son sociales, morales, culturales y espirituales, pero todas ellas, todas, se articulan alrededor de un concepto de persona referido a Dios.
- El título sólo es afortunado entre teólogos.
1. En el comienzo está la memoria de la denuncia, “no podéis servir a Dios al dinero”, y el recuerdo de que cuando se comparte, “pudieron comer todos hasta quedar satisfechos”.
Recuerdo que, al juntarnos para un curso de moral social cristiana, entre religiosos de aquí y de allá, más de una vez he bromeado de este modo: “Bien, vamos a comenzar; pero antes de nada, el ecónomo puede ir a su trabajo”. Algunos imaginaban que me ensañaría con los administradores de su congregación. En realidad, era una confesión de que la fe cristiana nos coloca ante exigencias muy radicales en el uso y apropiación de los bienes económicos. Tantas, que temo que sea difícil conseguir rentabilidades “importantes”, y, sobre todo, que sea posible conseguirlas como “los mercados” permiten, o ¡permitían!, y descansar en paz. Tal vez por eso en la Iglesia, creo yo, mucha gente con responsabilidad pastoral ha evitado enterarse a fondo de la administración de los bienes en su institución. Una especie de huida hacia delante, más o menos comprensible, visto como se las gasta el Evangelio con el uso y procedencia de las riquezas. 






























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