Lilián Carapia*
El mundo viene padeciendo cosas muy tristes, y el crimen organizado es una de las causas. En este contexto viene ya la celebración anual de Navidad. Aunque no es el único problema que nos aqueja, sí nos ha tenido en movimiento, pues por aquí y por allá vemos cómo muchos se organizan y promueven marchas y otros actos en defensa de la paz. Pero lo peor es que hay aspectos del «crimen organizado» que también han sido legislados por las autoridades de muchos países… Leer el resto de esta entrada »


Niños y adolescentes aprenden a hacer lo que ven en los mayores; si los ven ejercer presión y amenazas, contra ellos mismos o contra otras personas, con el fin de obligarlos a obrar en determinado sentido… están aprendiendo a ejercer la extorsión. Es el Diccionario de la Real Academia Española el que define la extorsión en estos términos. No siempre la extorsión se ejerce a cambio de dinero; a veces se extorsiona a las personas tocándolas «donde más les duele». Algunas veces se les extorsiona obligándolas a callar «para evitar males mayores», y otras, a traicionar su propia conciencia y hacer lo que no estaban convencidas de que debieran hacer, si no quieren que «otros paguen las consecuencias»… 
En días pasados escuchaba el testimonio de un sacerdote que presta sus servicios pastorales en una de las comunidades más peligrosas de México. Él comentaba que, en aquellas tierras, los narcotraficantes se llevan a los jovencitos, desde su más temprana adolescencia, con la finalidad de «formarlos» como sicarios. Este «empleo» va tomando auge; se gana mucho dinero por «un trabajo tan fácil como lo es el matar». Lo peor es que se va haciendo cultura, pues hay una «cancioncita» que ya repiten muchos jóvenes: «Yo lo veo bien. A mí sí me gustaría ser sicario porque es mejor vivir unos diez años como león que treinta como oveja». Y no podemos ignorar que una de las principales causas de esta mentalidad es el olvido de los verdaderos valores en el núcleo familiar: amor por la unidad, por las personas, por el trabajo y por una vida honesta.
Mucho se ha dicho ya sobre la difícil situación por la que pasa nuestro mundo en todos los sentidos; sin embargo, es una falta contra la justicia detenerse a contemplar lo malo sin mantener la gratitud por tantas cosas buenas con las que Dios jamás ha dejado de bendecirnos. El hecho de que en nuestro tiempo, convulso como es, sigan floreciendo santos, es decir, hombres y mujeres que lo aman a Él y al prójimo hasta dar la vida, es uno de los más bellos motivos para ser agradecidos con Dios por ser así, constante, y para decirle aquella hermosa plegaria litúrgica: «te damos gracias porque no cesas nunca de bendecirnos». 
Toda persona debe comprender que, para realizarse en la vida, cuentan mucho las circunstancias, pero más aún cuenta la fe en Dios. Las circunstancias no son lo determinante. Lo determinante es «salvarlas», es decir, librarlas, valerse de ellas y superarlas, de ahí la importancia de confiar en Dios Padre y en Jesucristo, el Salvador. Él no ha venido a hacer lo que nos toca a nosotros, pero sí a allanarnos el camino. La conocida frase de Ortega y Gasset ha sido tomada y conocida a medias; Ortega no propone un circunstancialismo barato: su idea completa no es una invitación a conformarse con la mediocridad, sino a afrontar la lucha de la vida: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo». ¡Y qué alentador es saber que no estamos solos en la lucha de la vida! 
Los documentos de la Iglesia hablan muy bellamente del sacerdocio de los bautizados, y es una lástima que la inmensa mayoría de ellos ni conozca ni viva este don y esta noble misión que le ha sido confiada por el Señor.
Todos hemos experimentado alguna vez nuestros límites para ayudar a nuestros semejantes, pero muy especialmente ante la dificil tarea de educar. Por eso, quienes estamos comprometidos de alguna u otra forma en esta tarea –padres de familia, profesores, catequistas y formadores en general–, debemos saber que Dios nos brinda «un don que es para provecho de todos» (cf. 1 Co 12, 7). Este don del que habla san Pablo es la «gracia de estado», y se debe a ella que nuestra limitación no nos estorbe cuando nos disponemos a servir generosamente.
La bondad y la actitud misericordiosa van de la mano. San Juan Bosco hacía ver a sus religiosos que cuidarán con empeño el poseerlas; Dios les había encomendado el cuidado de los niños de la calle, e insistía en que dichas actitudes son indispensables para un educador. Sólo en la medida en que se es bueno se estará en la capacidad de formar correctamente a otras personas. Desde luego, este criterio vale también para los padres de familia y los formadores de futuros servidores de la comunidad.
La mejor herencia que los padres pueden dar a sus hijos es la fe en Dios. Ésta se logra mediante la educación que da a Dios el lugar que le corresponde, siendo coherentes, viviendo lo que se cree y se enseña. Porque una cosa es decir que creemos en Dios y que lo amamos, y otra es creer en Él y amarlo de veras. Si alguien dice que es católico pero no va a Misa; no frecuenta ninguno de los Sacramentos o vive sin ellos; no ora; no se congrega con los demás miembros de la Iglesia; no hace nada por su prójimo necesitado… ése alguien es incoherente. Y si además es deshonesto, infiel, corrupto o violento; si es una mala influencia para los demás, si abusa de ellos y no tiene la menor intención de enmendarse esa persona vive el ateísmo práctico, que lleva al olvido de los valores. La vida sin Dios (ateísmo), tarde o temprano «pasa la factura». Eso es lo que le está pasando a muchos países. 































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