Por Lilián Carapia*
La bondad y la actitud misericordiosa van de la mano. San Juan Bosco hacía ver a sus religiosos que cuidarán con empeño el poseerlas; Dios les había encomendado el cuidado de los niños de la calle, e insistía en que dichas actitudes son indispensables para un educador. Sólo en la medida en que se es bueno se estará en la capacidad de formar correctamente a otras personas. Desde luego, este criterio vale también para los padres de familia y los formadores de futuros servidores de la comunidad. Leer el resto de esta entrada »
La mejor herencia que los padres pueden dar a sus hijos es la fe en Dios. Ésta se logra mediante la educación que da a Dios el lugar que le corresponde, siendo coherentes, viviendo lo que se cree y se enseña. Porque una cosa es decir que creemos en Dios y que lo amamos, y otra es creer en Él y amarlo de veras. Si alguien dice que es católico pero no va a Misa; no frecuenta ninguno de los Sacramentos o vive sin ellos; no ora; no se congrega con los demás miembros de la Iglesia; no hace nada por su prójimo necesitado… ése alguien es incoherente. Y si además es deshonesto, infiel, corrupto o violento; si es una mala influencia para los demás, si abusa de ellos y no tiene la menor intención de enmendarse esa persona vive el ateísmo práctico, que lleva al olvido de los valores. La vida sin Dios (ateísmo), tarde o temprano «pasa la factura». Eso es lo que le está pasando a muchos países. 
Las nuevas estructuras de desarrollo económico y financiero mundial —que no va adelante en condiciones de justicia y promoción del bien común— afectan a todos los ámbitos del quehacer humano, y de manera especial lo resiente la familia. Caritas in Veritate, la nueva encíclica del Magisterio Social del Papa, dedica un pequeño pero importante espacio —los párrafos 43 y 44— a la familia como institución que tiene competencia primordial a la hora de educar en los únicos valores capaces de conducir al género humano al desarrollo integral en la caridad y en la verdad. 


No negamos que algunos logros del psicoanálisis constituyen una valiosa ayuda en el auxilio de las complejas realidades que se juegan en la psique, y que cuando los psicoanalistas respetan y promueven la dimensión moral y religiosa de sus pacientes obtienen óptimos resultados. Sin embargo, el psicoanálisis de doctrina y praxis abiertamente atea no tiene nada que ofrecer a la persona que busca colmar su sed infinita de felicidad. Como su objetivo primero es destruir el sentido de trascendencia y de vida ética, esta ideología denigra las relaciones interpersonales; pretende liberar al hombre de supuestas ataduras, pero termina condenándolo a verdaderas esclavitudes: es bien sabido que no puede un ciego guiar a otro ciego…
La verdadera ciencia, la que progresa en el bien, ha aportado grandes favores y le ha resuelto muchos problemas al género humano, y como esto se corresponde con el plan providente de Dios, la Iglesia no se opone a ella: «Cuando la investigación metódica en todos los campos del saber se realiza en forma verdaderamente científica y conforme a las normas de la moral, nunca se opondrá realmente a la fe, porque tanto las cosas profanas como las realidades de la fe tienen su origen en el mismo Dios» (GS 36). Sin embargo, uno de los desafíos de nuestro tiempo es la creciente pérdida de fe en el mundo entero, con sus terribles consecuencias. Son muchos los que participan activamente en la promoción y difusión del ateísmo, y entre ellos, lamentablemente, vemos a un buen número de científicos —profesos del ateísmo cientificista— que parecieran apostar también por la destrucción de la humanidad, colaborando para ello con su saber. 




























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