Remedios para no agobiarse
14 05 2008Por Jairo del Agua*
El otro día vi en televisión cómo un tenista famoso se golpeaba la cabeza con su propia raqueta después de perder un punto. Comenzó a sangrar abundantemente y seguro que terminó en la enfermería. Es una imagen muy apropiada para comprender lo que es el estrés y la angustia.
Con demasiada frecuencia somos nosotros mismos los que nos golpeamos contra muros infranqueables. Queremos dominar el tiempo, conseguir nuestros sueños sin despertar, evitar toda frustración… Nos tensamos pretendiendo ser ángeles triunfadores pero no intentamos siquiera comprendernos y gestionar nuestra condición humana. Ese es el camino más corto hacia el fracaso total. Leer el resto de esta entrada »
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Cuando regresa el turista de su viaje de quince días a uno de esos países conocidos por su “pobreza” convoca a familiares y amigos para explicarles sus experiencias e impresiones. Mientras, va enseñando las fotos entremezcladas de la piscina con jacuzzi del hotel donde se quedaban con las del barrio por el que al pasar vieron a una pequeña niña sucia y desnuda. Entonces, hace un paréntesis, y con un cierto grado de autoridad (no olvidemos que estuvo quince días en ese país), llega la gran sentencia: “Eran pobres, pero felices“. Y se queda tan ancho, o ancha, sin ser muy consciente de lo que acaba de decir, pero, es lo mismo, porque sigue pasando fotos y ahora llegan las de las maravillosas zonas comerciales donde todo era tan barato.
Vivimos inmersos en una dinámica de consumo basada en desear algo, satisfacer ese deseo, y volver a tener otro deseo para repetir esta secuencia, no hasta la saciedad -que nunca llega- sino hasta el infinito. Si el placer se reduce al paso entre no tener algo y conseguirlo, al efímero instante entre dos deseos, ¿cuándo disfrutamos de lo que tenemos?
¡Cómo nos lo pasamos…! Cuando no celebramos un cumpleaños, es un bautizo, cuando no, una primera comunión o una boda; y si no, una despedida de soltero, o que vamos a irnos de vacaciones; o la fiesta de la Primavera o de Halloween, o… La lista sería interminable y me dejaría algo por festejar.
Durante la pasada Pascua vi a Jesús pasar. Le vi atravesando la carretera a Tánger, en Marruecos. Iba rápido, muy rápido. De un borde al otro de la carretera, cargando una tela en la que guardaba todo aquello que pudo reunir antes de emprender su camino, y que necesitaría para los duros días que se le venían encima.
¿Necesita el continente africano los viajes glamourosos de la actriz Angelina Jolie, de Bono —el cantante filantrópico de U2—, de Madonna acudiendo a solucionar el problema de los huérfanos en Malawi, o del último viaje de David Beckam, como embajador de Unicef, a Sierra Leona? Los más críticos consideran que estas campañas mediáticas distorsionan la imagen de África y perpetúan la imagen de un continente desvalido que necesita ser “redimido” por el hombre blanco. Es decir, más de lo mismo. Las visitas de Blair, de Brown, de Al Gore, y otros famosos al continente africano, y los grandes llamamientos con el inevitable y mesiánico “Save Africa” el año pasado (más concretamente la campaña “Save Darfur”), provocaron no pocos artículos y foros de discusión entre africanos, periodistas y ciudadanos interesados o amantes del continente.
Septiembre del 2005, ¡genial, empiezan mis vacaciones! Un año más, y desde que era niña, me seguía rondando por la cabeza la idea de hacer un viaje de misiones. Y ya sé que no hace falta irse a la otra punta del mundo para hacer misión, que en mi propia casa tenía mucho que hacer…, pero quería cambiar de realidad por completo. Cambiar de cultura, de raíces, de caras, de miradas…, conocer ese otro mundo (y a la vez el mismo), que no tenía nada que ver con el mío (que también era el suyo). Y así lo hice, de repente me encontré en un avión rumbo a Perú, donde viví un montón de cosas inolvidables que intentaré resumiros…
Un día de julio de 2006 muy de mañana en Gulu (Uganda). Enfilo la polvorienta carretera hacia la ciudad y me encuentro con dos hombres filmando a unos niños que vuelven a sus casas después de haber pasado una de tantas noches en un refugio para menores que desde 2002 dormían –como muchos otros miles– por miedo a ser secuestrados por la guerrilla. Me paro a saludarlos. Uno de los dos cámaras es el director español Fernando León de Aranoa. Estaba trabajando en ‘Buenas noches, Ouma’, uno de los cinco capítulos de “Invisibles”, película que hace unos días fue galardonada con el premio Goya al mejor documental.
Más de 800 millones de seres humanos ayunan a diario por obligación. Hoy viernes 8 de febrero, Manos Unidas convoca el Día del Ayuno Voluntario, que esta ONG Católica y de voluntarios instituyó en 1963. Se trata de una jornada en la que se invita a los españoles a movilizarse a favor de los millones de personas para quienes comer no es una cuestión de horario ni de apetencia, sino un ejercicio diario de supervivencia. Miremos por un día, desde nuestro próspero mundo, a los que más sufren, a los que carecen de tantas posibilidades que nosotros ni valoramos…
“En la guerra el alma se te cierra y no sientes emociones, es como un mecanismo de defensa, porque si no te morirías de ver tanto horror”, explica Ishmael Beah, un ex niño soldado de Sierra Leona que con sólo trece años se vio obligado a luchar en un conflicto que le arrebató la familia y la niñez. Quince años después, Beah, que es embajador de buena voluntad de Unicef y vive en Nueva York con su madre adoptiva, ha decidido “poner cara” al drama de los niños soldados y explicar su historia en ‘Un largo camino’ (RBA), un libro estremecedor, por su realismo, en el que relata el infierno que, como él, aún sufren miles de menores en todo el mundo. 
























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