Tres años sin Juan Pablo II
3 04 2008
Con la excusa de que ayer se cumplieron tres años de su muerte, queremos mostrar una pizca del legado que nos dejó. Bien podríamos hablar de los cientos de visitas del Papa viajero (recorrió 1.300.000 kilómetros) o de los numerosos gestos del Papa ecuménico; bien podríamos detallar las beatificaciones y canonizaciones emprendidas por el Santo Padre (¿o quizás el Papa santo?) o remitiros a sus encíclicas. Pero vamos a hacer algo mucho más sencillo: seleccionar una muestra de sus citas y reflexiones para que, haciendo las veces del propio Juan Pablo II, nos iluminen e interpelen.
Categorías : Iglesia y Sociedad, Palabra y Vida, Testimonios
El misionero
Septiembre del 2005, ¡genial, empiezan mis vacaciones! Un año más, y desde que era niña, me seguía rondando por la cabeza la idea de hacer un viaje de misiones. Y ya sé que no hace falta irse a la otra punta del mundo para hacer misión, que en mi propia casa tenía mucho que hacer…, pero quería cambiar de realidad por completo. Cambiar de cultura, de raíces, de caras, de miradas…, conocer ese otro mundo (y a la vez el mismo), que no tenía nada que ver con el mío (que también era el suyo). Y así lo hice, de repente me encontré en un avión rumbo a Perú, donde viví un montón de cosas inolvidables que intentaré resumiros…
Cuando en la ciudad de Turín, a mediados del siglo XIX, cientos de jóvenes se acercaban para trabajar en las fábricas, para huir de la miseria, para buscarse una vida mejor… y sus sueños se acababan con la explotación laboral, muchas horas de trabajo y poco sueldo, palizas por errores en el puesto de trabajo, despidos por cualquier excusa, trabajos con un riesgo enorme… tanto que algunos perdían la vida… sólo la calle se convertía en el lugar donde desahogarse: por medio de la violencia, del robo, de la bebida, la prostitución…
Son muchas, más de ochocientas mil, las religiosas que andan distribuidas por el mundo entero en ocupaciones distintas: cuidan enfermos, dan clases, viven en barrios obreros al lado de la gente, de sus preocupaciones y sus desgracias o dedican su vida a la contemplación. Las encontramos en las grandes ciudades, en los pueblos, en algún rincón de África, América o Asia. No hacen ruido. Trabajan. En la Iglesia los altos cargos los tienen los hombres. Pero estas mujeres, diversas, a veces ignoradas, pacientemente, con su vida dedicada a Dios y a los demás, son la savia que nutre la vida cristiana, el río de agua bienhechora. Como ejemplo, presentamos el relato de una jornada en la vida de Carmen Ferreté, religiosa misionera de Jesús-María en Guinea Ecuatorial.
Tal día como hoy, un 30 de noviembre de 1943, una joven holandesa de nombre Esther Hillesum moría en los campos de concentración de Auschwitz, con tan sólo 29 años. Una de las miles de víctimas de ese atroz holocausto, que eligió la deportación en solidaridad con sus hermanos. Pero si recordamos hoy a Etty Hillesum es además porque nos ha legado un testimonio profundo y bello de su vivencia interior, de la posibilidad de la fe en medio de la tragedia y del dolor, de la búsqueda de Dios, de la esperanza, de la felicidad y del Amor con mayúsculas. Su Diario y sus Cartas desde Westerbork así lo atestiguan. Recogemos aquí algunos fragmentos de su Diario, que expresan la experiencia de fe de esta joven judía, que se sentía profundamente habitada por Dios.
La Compañía de Jesús está conmemorando, este año el Centenario del nacimiento del carismático Padre Arrupe. Nacido un 14 de noviembre de 1907, es considerado como uno de los grandes protagonistas de la vida social y religiosa del Siglo XX, y sin duda, un hombre adelantado a su tiempo. El lema del centenario —Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo— pone de manifiesto la confianza con que el Padre Arrupe miraba al mundo y a su aspiración por lograr la justicia. Aunque su acción al frente de la Compañia de Jesús ha sido frecuentemente objeto de juicios contradictorios y de opuestas valoraciones, siendo Superior General de los Jesuitas (entre 1965 y 1983) fue sin duda el artífice de la renovación conciliar de la Compañía. Presentamos a continuación dos textos suyos, que expresan bien la hondura, la fe, el amor y la esperanza que movían su vida.
Por Laura Romo*
¿La muerte? ¿Hablar de la muerte? Ése es el propósito. Si todos nos vamos a morir tarde o temprano –esperamos, sí, que no sea pronto– ¿por qué no hablar de ello? Cómo vivimos, cómo nos afecta saber que un día nuestra vida se va a acabar. Ésta es la pregunta. A veces se ha dicho que hablar del morir es tabú, de mal gusto. No ha sido así para dos personas (teólogos) que han contestado a las preguntas con palabras sensatas y valientes. Ambos hablan de la muerte, no sin cierto respeto, pero en todo momento con naturalidad y esperanza. Estos testimonios sobre la muerte pueden ser, en definitiva, un bonito canto a la Vida.
Por Aimé Duval, sj* 























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