Vicente Gutiérrez*
Con el ruido del monzón de fondo me asomo, con curiosidad, a la tierra que tanto posee de mí y que ahora trae ecos de “revolución”. La primera sorpresa que me llevo es que nada tiene que ver ni con el fútbol ni con la glorificada selección. Trato de enterarme, como puedo, leyendo noticias, artículos de opinión y viendo algún video en youtube. Pronto llegan emails, cruzando medio mundo, y trayendo más información que asimilar.
Mucho se ha dicho, la verdad; y es que en este mundo tan relativo cabe todo tipo de posturas al respecto. Yo no quiero entrar en ese juego, para no dar más vueltas a una perdiz que ya está bien mareada. Sólo quiero compartir un descubrimiento personal que me ha despertado una gran preocupación. Leer el resto de esta entrada »
La balanza de lo justo se inclina a favor del interés de cada cual, lo que hace muy difícil determinar con precisión el concepto sin caer en definiciones generales que raramente lleguen a conclusiones objetivas y precisas. Una expresión que demuestra esto es la siguiente: “lo justo para vivir”. Pero, ¿qué es lo justo para vivir? Según a quién preguntes podrás recibir respuestas sorprendentes. Ni los grandes organismos internacionales logran ponerse de acuerdo a la hora de medir los umbrales de pobreza y a eso se suma que resulta muy difícil disponer de datos exactos y reales sobre los índices en educación, sanidad, vivienda, alimentación, Derechos Humanos, etc. etc. Los datos que reciben dichos organismos internacionales provienen, en muchos casos, de los propios gobiernos, lo que hace que puedan ser adaptados según el interés del país de turno. A veces interesa mantener datos que lleven a bajos índices en varios sectores para seguir siendo un país receptor de ayuda, y otras veces interesa entregar buenos datos para mostrar un país avanzado en el que se puede invertir con seguridad.
Con esta frase me resumía, hace unos días, un responsable de la congregación de los Oblatos, su paso por distintos países de Asia. Este italiano, que había decidido tomarse un descanso para visitar a sus hermanos oblatos presentes en el continente asiático, había ejercido su ministerio, básicamente, en Roma. Durante los últimos cinco años había sido encargado de la formación dentro de la congregación. Esto me hacía suponer que era un hombre preparado, informado sobre las distintas realidades del mundo, con posibilidades de recibir noticias de los distintos lugares donde están presentes los oblatos. Pero todo esto era una mera suposición ya que, por la breve conversación que tuvimos, pude percibir que el fugaz paso por los cuatro o cinco países asiáticos donde los oblatos tienen presencia le había desbordado completamente y aún no era capaz de asimilar “lo distinto que es esto”, según sus propias palabras, en comparación con esa otra parte del mundo que, en tantas ocasiones, consideramos el ombligo y que no es más que otra pieza dentro del basto y plural puzzle mundial.
Hace unos días, cuando celebraba la Eucaristía en la capillita de las Misioneras de la Caridad, observé un nuevo rostro infantil que, de vez en cuando, se asomaba de entre las hermanas para ver aquello tan novedoso para ella: una misa. Casi con toda probabilidad podría decir que para esta pequeña era la primera vez que asistía a una celebración eucarística. De ahí la mirada atenta a cualquier movimiento que hubiera en el transcurso de la celebración.
Llegando estas fechas del
Hace unos días recibíamos con impacto la catastrófica noticia del ciclón Nargis en Birmania. Lo triste es que, con muchísima seguridad, el impacto de esta noticia durará hasta que los medios de comunicación dejen de dar cobertura a los acontecimientos que se van desarrollando en este país del sudeste asiático.
Cuando regresa el turista de su viaje de quince días a uno de esos países conocidos por su “pobreza” convoca a familiares y amigos para explicarles sus experiencias e impresiones. Mientras, va enseñando las fotos entremezcladas de la piscina con jacuzzi del hotel donde se quedaban con las del barrio por el que al pasar vieron a una pequeña niña sucia y desnuda. Entonces, hace un paréntesis, y con un cierto grado de autoridad (no olvidemos que estuvo quince días en ese país), llega la gran sentencia: “Eran pobres, pero felices“. Y se queda tan ancho, o ancha, sin ser muy consciente de lo que acaba de decir, pero, es lo mismo, porque sigue pasando fotos y ahora llegan las de las maravillosas zonas comerciales donde todo era tan barato.
Al cambiar el tiempo suele llevarse consigo ciertas cosas mientras deja otras nuevas. Hace muchos años Alguien habló desde una montaña sobre la felicidad quedando con el título de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12 y Lc 6, 20-23). Desde entonces ha llovido mucho y hoy día existen otras bienaventuranzas, aunque tal vez no estén reflejadas por escrito en ningún sitio. Aquí he recogido algunas de ellas: 
Mientras los “Magos de Oriente” estaban repartiendo regalos por Occidente, aquí, en el Noreste de Tailandia, al susurro del río Mekong, recibimos unos maravillosos presentes de un grupo de estudiantes de la Universidad de Chulalongkorn (Bangkok). El oro, el incienso y la mirra fueron transformados en mágicas palabras cazadas de entre la espontaneidad y la frescura de estos jóvenes tailandeses estudiantes de español. El fruto final fue este repertorio de poesías seleccionadas y clasificadas por categorías, que presentamos a continuación. Desde aquí un saludo a todos los estudiantes y profesores que participaron en el “Campamento de Español”.
Cuando alguien inicia un proceso de aprendizaje de un idioma se va dando cuenta que no sólo tiene que aprender gramática, vocabulario, fonética, etc.; a todo esto se suma la cultura, el pensamiento, la historia y la vida del pueblo que ha desarrollado dicho idioma. Entrar en un idioma significa cruzar el umbral hacia un mundo nuevo. Con el tailandés ocurre lo mismo, entre las confusiones que producen los distintos tonos, la novedad del alfabeto y la simplicidad gramatical uno puede descubrir que detrás de todo eso hay una mentalidad propia de este pueblo, una forma de ver el mundo bastante distinta a la occidental y una forma de expresarse muy concreta.
Los tailandeses expulsan a las personas indeseables echándoles cubos de agua encima. Tal vez nos parezca que, por lo menos, es menos violento que el lanzar piedras, pero lo cierto es que el dolor que una persona siente por ser despreciada por otros, de ser tratada como un animal, marca profundamente.
Mientras escribo estas líneas me dirijo a Madrid, donde cogeré un avión con destino a Tailandia para incorporarme, por primera vez, a la tarea misionera con el resto de compañeros del 





























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