Corazones de piedra

24 03 2007

Por Vicente Gutiérrez* 

Corazón de piedraEntre los recuerdos de infancia de algun@ seguro que se encuentra una o varias épicas batallas entre pueblos, barrios o pandillas en las que se utilizaron piedras como proyectiles, ya fuesen lanzadas con las manos o disparadas con algún tipo de artilugio infantil inventado para el caso. Más o menos peligrosas, estas batallas pueriles nada tienen que ver con la fría, estricta y mortal condena que este domingo podemos leer en el Evangelio (Jn 8, 1–11).

Muchos pueden pensar que la condena impuesta excede el delito cometido, pero para aquellos letrados y fariseos, expertos en leyes, era clara: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras”. La lapidación, que hoy se sigue realizando en algunos países, no es ni mejor ni peor que otras formas de condena a muerte, aunque éstas queramos revestirlas de dignidad y humanidad, ya que todas, al final, conducen a lo mismo: la muerte. El Catecismo de la Iglesia Católica, a pesar de las ligeras modificaciones introducidas después de la primera versión, sigue admitiendo la posibilidad de la pena de muerte como último recurso y sólo en determinadas situaciones donde las vidas humanas se vean amenazadas por el agresor (párrafo 2.267).

LapidaciónHay una cosa que me inquieta de Jesús en el pasaje de este domingo. Ante un caso de clara condena a muerte no sólo le deja en manos de la conciencia humana, sino que él no condena a esta mujer sorprendida en flagrante adulterio. En otras palabras, cambiando a la mujer adúltera por un asesino o un violador o un terrorista o cualquier otro tipo de criminal que provoque repulsa, ¿habría actuado de la misma forma?, ¿habría dicho también: “tampoco yo te condeno”? Esto es algo que me preocupa porque me desmorona la imagen de ese Juez Supremo implacable. Me preocupa que “los malos” pueden salvarse y que puden ir delante de mí en el Reino de los Cielos. Me preocupa que sirva más la Misericordia que los sacrificios. Pero, ¿dónde ha estudiado Derecho Dios? Mira que va a ser verdad eso de que no ha venido para juzgar al mundo, sino para salvar el mundo (Jn 12, 47)…

Y los que nos llamamos cristianos, ¿hemos venido a condenar o a salvar? Miremos con sinceridad si nuestras acciones son condenatorias o salvadoras. Reconozcamos que, a veces, tenemos nuestra pila de piedras preparada contra cualquiera que se salta “nuestras leyes”. Deberíamos reconocer que, en ocasiones, junto con la dulce corrección fraterna adherimos una pizca, en más o menos cantidad, de ácida venganza. Es bueno admitir nuestras propias limitaciones, nuestros fallos y errores. Es sano ejercicio el descubrir que no estamos libres de pecado. Es increible cómo Jesús apela a la conciencia de aquellos fariseos y letrados. Él fue capaz de traducir el pecado de aquella mujer en el pecado de aquellos que la acusaban. Los dedos acusadores ya no apuntaban hacia el centro de aquel círculo inquisidor, ahora cada dedo apuntaba a su propio corazón.

“Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36, 26).

* Vicente Gutiérrez es sacerdote, misionero del IEME del grupo de Tailandia.

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