Los momentos difíciles en la vida cotidiana de un misionero

19 06 2007

Por José Carlos Rodríguez*

José Carlos Rodriguez, misioneroÁfrica fascina y desgasta a la vez. Todo lo que tiene de bello lo puede tener de cruel e imprevisible. El misionero suele vivir en lugares aparentemente apacibles, pero que de repente pueden revelarse como un enredo de circunstancias políticas, sociales, culturales y eclesiales imposibles, que terminan por hacer mella en uno. Al final la cruz, aceptada con fe, siempre genera resurrección, aunque a veces se tarde en ver los frutos nacidos de esos momentos difíciles.

No estoy hablando de pasar enfermedades como la malaria o de realizar caminatas agotadoras, aunque también, sino de situaciones de desgaste psicológico que son mucho peores. Tengo ejemplos a manta. Un día de 1998 llegué a una de las capillas de la misión de Kitgum, a 45 kilómetros de la misión. Me sorprendió ver a la gente muy tensa y poco comunicativa. Al final de la misa el catequista, con aire severo, llamó a todos los presentes a una reunión. Como esto se repitió una vez más le pregunté de que se trataba: “Uno de los cristianos ha querido envenenar a mi mujer y queremos averiguar quién ha sido, pero es mejor que tú no te metas en esto”, me advirtió. Nada mejor que decirme que no haga algo para que se me despierte más el interés. Al final acabé metido en el asunto hasta el corvejón, ya que estaba causando una gran división entre la comunidad, con hechiceros y adivinos incluidos. Acabé suspendiendo al catequista, cosa que la gente me agradeció enormemente, y las aguas se calmaron. Eso sí, pasé uno de los meses más difíciles de mi vida.

En años sucesivos iba a vivir situaciones mucho más dramáticas, incluso límites. Pasar noches enteras debajo de la cama mientras el recinto de la misión era un infierno de disparos durante horas interminables. Encontrarme en medio de un fragor ensordecedor en medio de una batalla en un poblado, con los ojos cerrados y esperando el momento de mi muerte, al final de la cual fui herido en un brazo y hecho prisionero por los soldados gubernamentales. Soportar durante semanas enteras amenazas, campañas difamatorias en la prensa acusándome de proveer armas a los guerrilleros, estar bajo aviso de expulsión, tener que cambiar de sitio para dormir cada dos o tres días durante algo más de dos años…

Claro, que después veía niños que todas las tardes caminaban 10 kilómetros desde sus casas para dormir en las calles de la ciudad por miedo a ser secuestrados, desplazados internos que habían perdido todo… y pensaba que a su lado mi sufrimiento era una nimiedad.

Creo que los momentos más duros han sido aquellos en los que me paraba a pensar que cada vez se ponían peor las cosas, no se arreglaba nada, aumentaban los desplazados, los secuestros de niños, los muertos… y poco podíamos hacer, excepto estar presentes con la gente como signo de que si el mundo se olvidaba de ellos, Dios no miraba para otro lado.

¿Cómo se sobrellevan situaciones de este tipo? Compartiendo los malos ratos con buenos amigos, viviendo en comunidad, haciendo ejercicio físico, tomándose un descanso de vez en cuando, rezando, y reflexionando que Dios tiene sus ritmos y al final situaciones que parecen abocadas a un callejón sin salida terminan por resolverse, o por lo menos mejoran. Personalmente, algo que me ha ayudado mucho durante estos años ha sido escribir. Una vez me dijo un psicólogo con el que tuve varias sesiones que el escribir con detalle las situaciones por las que había pasado me había ayudado a “hacerme dueño” del problema y controlarlo. En cualquier caso, hay que buscar salidas “sanas”, de lo contrario uno puede terminar por dejarse enganchar por adicciones que complican aún más el problema.

No todos los misioneros viven en situaciones de extrema violencia o extrema pobreza. Para otros las dificultades podrán ser más “normales”, como tener comunidades cristianas que colaboran poco, vivir con un compañero con mal carácter, tener que obedecer a un obispo más raro que la calentura, o carecer de medios suficientes para desarrollar su trabajo. Sea cual sea la prueba, la cruz siempre está presente en la misión.

Decía Daniel Comboni que las obras de Dios nacen y crecen al pie de la cruz. Cuando uno siente dolor de hombros al final del día y tiembla pensando en si esa noche van a atacar los rebeldes, uno se da cuenta de que esas palabras son mucho más que una bonita frase para un libro de espiritualidad.

(Fuente: Blog “En clave de África”)

* José Carlos Rodríguez es misionero comboniano en Uganda.

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