Carta a Poncio Pilato

13 07 2007

Por José Antonio Rodríguez Conde*

PilatoQuerido Poncio:
Como amigo verdadero que soy, quiero saludarte con afecto y confiar en tu pronto restablecimiento. Agradezco tu labor con nuestro pueblo y me consta el aprecio y reconocimiento del César por ello.
Quería comentar los últimos acontecimientos ocurridos en Judea para buscar una reacción común, como hemos hecho a menudo. Las extrañas doctrinas del nazareno autoproclamado “rey de los judíos” (con el consiguiente desprecio al César) están teniendo mayor propagación de lo deseable. Esto no es una mera cuestión religiosa; puede afectar directamente al mantenimiento del Imperio y la estabilidad política de la provincia. Hasta ahora tu preocupación ha girado exclusivamente en torno al grupo de los zelotes, por su violencia contra Roma y su capacidad de soliviantar al pueblo. Pero la capacidad militar del Imperio y el deseo de tranquilidad y pax romana del pueblo judío es muy superior; de los zelotes, nada habéis de temer.

Sin embargo, la habilidad embaucadora de estos nuevos nazarenos y las divisiones que causan en el Sanedrín y la gente son peligrosas. Hago notables esfuerzos por cortar su mantenimiento y expansión. Traen verdadero caos a nuestras sinagogas, atraen a los más ignorantes, organizan comidas secretas en sus casas, desobedecen leyes y prohibiciones, hablando a YHW como si fuera su padre, se dejan dirigir por mujeres y se juntan en la mesa con leprosos y prostitutas. Incluso una de ellas -a la que conozco bien, créeme- se ha juntado a una samaritana con cinco maridos y una adúltera a la que el nazareno salvó del apedreamiento que dictamina nuestra Ley, para ir diciendo por ahí que el crucificado ha resucitado.

Esto ha dejado de ser un problema propiamente judío porque han introducido enseñanzas perniciosas en el pueblo; hablan del Reino de Dios en una provincia romana, de no someterse al dictado del César, de una paz diferente a la pax romana que disfrutamos, pronuncian graves palabras contra nosotros y se oponen al mercado de animales para el sacrificio en el templo, que todavía sigue enfureciendo a Anás, aunque ya logró su objetivo de matar al cabecilla, cuya extraña doctrina sobre el dinero era la de vivir con una túnica y dos sandalias; con esa doctrina bautizan en lagos a algunos recaudadores y patricios romanos, causando grandes dolores y enfrentamientos en sus familias. Seguramente no es necesario que continúe con esta enumeración de afrentas y ya eres consciente de los perjuicios que todo esto provoca a judíos y romanos.

Ya hemos tomado algunas medidas, como el apedreamiento de Esteban, un insensato. Uno de los nuestros, Saulo, está siendo especialmente activo y eficaz. Hace unos días le enviamos camino de Damasco para que apresara a algunos más y esperamos prontas noticias de él.

Te ruego que nuestra amistad sea garante de tu confianza en mí y te resguardes de otros notables, que son cómplices de las fechorías de los nazarenos. Te advierto sobre José de Arimatea, que aunque no apreciaste en él maldad, es uno de los artífices de la trama del sepulcro; o Gamaliel, que peca de incauto con su permisividad; o Nicodemo, que va cantando excelencias de un nuevo renacer, con músicas y predicaciones seductoras, llamando bienaventurados a los que les siguen. Todos estos intentarán usar sus influencias sibilinamente.

¿Qué es la verdad?Termino esta carta con una reflexión. En tu último escrito me preguntabas “¿qué es la verdad?”. La verdad, querido Poncio, no es ni otro Reino distinto al Imperio y su código, ni otra religión distinta de la basada en mandamientos y ayunos ni otro mundo posible distinto del que personas como tú y como yo estamos encargadas de custodiar. Podemos admitir soñadores y reyes extranjeros; pero a quienes cruzan la raya pretendiendo liberar a los oprimidos en nombre de una justicia divina, hemos de pararles los pies. Es una blasfemia dirigirse a YHW –o uno de los dioses romanos- como si fuera un padre que acoge sin condiciones ni sacrificios, porque ello sólo puede ser motivo de confusión, escándalo, revueltas y motines. Esa es la verdad y nosotros somos sus guardianes. Para aquél que la desafíe, su destino debe ser la cruz.

Un afectuoso saludo de tu amigo Caifás.

(Publicado en el foro “Ven que te cuento“)

* José Antonio Rodríguez Conde es laico, catequista y miembro de un grupo de formación en la Parroquia de la Preciosa Sangre de Orcasitas (Madrid)

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