Helado de turrón

6 08 2007

Por Darío Pérez*

Es curioso cómo nos organizan la vida; entre lo culinario y lo religioso no hay modo de salirse del patrón establecido. Siendo muy gráfico, es como si las directrices de cada momento del año las fijaran dos grandes gorros: el de cocinero y la mitra papal. Permíteme que te lo cuente así medio en broma, para que si quieres me tomes medio en serio.

Si estás en Adviento, tu límite serán los márgenes del camino que has de preparar. Podrás allanarlo y hacer rectas todas sus sendas mientras compras turrones y polvorones, esos mismos que sólo degustarás en plena Navidad y ante un Dios encarnado (o el Verbo acampado entre nosotros). Si andas por Cuaresma, todo será desierto pero, entre golpes de pecho y propósitos de enmienda, aún serás capaz de distinguir un oasis donde adquirir el consabido potaje y las correspondientes torrijas de postre. El mismo menú podrás mantenerlo hasta la Semana Santa donde, para que digieras mejor cómo la mitra te habla de servicio, entrega, amor fraterno, pasión, sacrificio y muerte, el otro gorro te retirará la carne y hasta te sugerirá el ayuno.

Entonces llegará el Domingo de Resurrección y con él la mejor época del año. En Pascua, las grandes tocas se pondrán de acuerdo y mientras una te hablará de resurrección, de vida en abundancia, de espíritu y de salvación, la otra te eximirá de costumbres y te dejará comer de todo (o al menos no te impondrá ningún típico ni tópico). Así, a lo tonto lo bailo, serás libre en todos los sentidos. Y estando en ésas te plantarás en verano, el de los granizados y los helados, el de la poca enjundia. No sé si será por aquello de “En tiempos de sandías, cortas las homilías” o por lo de “En época de melones, breves los sermones”, pero parece que en el estío sólo se quedara un gorro de guardia y ése fuera el de cocinero. Es como si, para entrar en el bañador o el bikini, también hubiera que ponerse a dieta de Dios (ojalá fuéramos tan intachables como para poder lucir michelines de bondad).

Así, a grandes rasgos y mayores exageraciones, es un año cualquiera y ante eso habrá que sacar conclusiones o sugerir acciones concretas. Me podría quedar en remitirte al título del artículo y animarte al helado de turrón, a la mezcla de refresco y Navidad, al verano lleno de un Dios hecho carne y que acampa junto a ti. Pero con eso me quedaría muy corto, aparte de que mis palabras tendrían fecha de caducidad en cuanto empezara el nuevo curso.

Siendo así, lo que te voy a pedir es una verdadera y completa rebelión contra el sistema culinario-religioso. Los grandes gorros nos racionan sus alimentos (para el cuerpo o para el alma) con la sana intención de que no carezcamos ni nos empachemos de ninguno. Pero tú, que ya te has hecho mayor y comes de todo, has de ir más allá: como ya has pasado por toda la experiencia, puedes perfectamente vivir en continua Pascua, libre y liberador. Tú eres capaz de marcarte un año pleno y variadito, con un menú en el que no falten las torrijas, ni el desierto desde el que revisar tu vida, ni los polvorones, ni el Espíritu, ni el potaje, ni el sacrificio, ni el servicio, ni el helado, ni la muerte a ciertas cosas, ni el turrón, ni el Dios nacido y -mejor todavía- resucitado.

Llámalo como quieras: helado de turrón, torrija de entrega, alfajor de Pasión o granizado de paloma. Por mí, como si lo mezclas todo en la Thermo-Mix y lo denominas puré pascual. Lo que quiero que entiendas es que el cristiano lo es todo el año y con todas sus facetas. Cada día y a cada momento está naciendo, sufriendo, muriendo y resucitando. Lo mismo está llegando que preparando el camino. A cada instante se ofrece y se sacrifica, se para a revisar y se mueve a servir. No deja de sentirse salvado (y amado) mientras está salvando (y amando) a otros.

Medio en broma (y medio en serio) te diré para terminar: El buen cristiano no es que prescinda de los grandes gorros, es que vive una vida para quitarse el sombrero. ¿La vives tú?

* Darío Pérez es Salesiano cooperador y miembro del dúo musical Darío & Guzmán

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