Carta desde Betania

9 10 2007

(Redactada a partir de Lc 10, 38-42) Por Abel Domínguez*

Marta y Maria con Jesús en Betania«Querido amigo Jesús:

¿Qué tal estáis? Supongo que a estas alturas ya habréis llegado a Jerusalén. ¿Os acordáis de mí? Soy María, la de Betania. La hermana de Marta, que os recibió en su casa de camino hacia Jerusalén. Hace unas semanas que no tenemos noticias vuestras y, como nadie de los que vienen de Jerusalén nos cuenta nada, mi hermana Marta y yo andamos un poco preocupadas.

Por aquí cada día pasa más gente. La Pascua se acerca y los que vienen por el camino de Jericó siempre necesitan un lugar donde quedarse antes de llegar a Jerusalén. Ya sabes que Marta es generosa y le encanta recibir a los peregrinos en casa. Espero que en Jerusalén no tengáis ningún problema. Andad con cuidado por favor, que la ciudad no es como las aldeas. Aunque no sé por qué os lo digo si sé de sobra que no me vais a hacer ningún caso.

Marta y yo solemos comentar mucho vuestro paso por nuestra casa. Ella no dudó en abriros las puertas, a pesar de que sois galileos. Sin embargo, os vio con un cansancio y con una mirada de alegría especial, que cuando le pedisteis cobijo se puso a trabajar para atenderos lo mejor posible.

Enseguida nos caísteis bien y pronto nos invitasteis a participar de vuestras conversaciones. Contabais lo contentos que estabais porque habíais empezado una vida nueva. Tus discípulos nos dijeron que tú lo habías iniciado todo y que te fuiste encontrando con ellos y les llamaste uno a uno para que te acompañaran.

¡Qué ilusionados hablabais! Con qué entusiasmo contaban algunos que hacía poco se habían dispersado de dos en dos para predicar, para escuchar los problemas de la gente, para decirles que el Reino ya está aquí y que Dios habita entre nosotros. Nos encanta recordar también un momento de oración antes de compartir la cena y cómo nos invitaste a que rezáramos a Dios llamándole Padre nuestro. Recuerdo que no dejaste de insistir en que diésemos gracias al Padre porque su Palabra había sido dada a conocer y acogida por la gente sencilla.

¡Cuántos peregrinos han pasado por aquí y qué pocos han dejado tanta huella! Te puedo asegurar, Jesús, que vuestra corta visita ha sido de los momentos más hermosos que Marta y yo hemos vivido en esta casa.

Yo nunca había sentido, como siento ahora, la necesidad de seguir escuchando y recordando las cosas que nos contabas. Estoy convencida de que volvería a pasarme el tiempo, perdiendo todas las horas que fueran necesarias, escuchando tus palabras. Sentada a tus pies, como si fuera uno de tus discípulos que tienen la suerte de acompañarte y vivir contigo. Habrá que esperar a que regreséis de Jerusalén. Imagino que volveréis a pasar por aquí. A mi hermana y a mí nos haría mucha ilusión volveros a recibir.

Marta también ha quedado muy impresionada por tus palabras. Desde que estuviste por aquí la veo algo cambiada. Ella es muy trabajadora. Siempre lo ha sido. No para quieta ni un momento y tiene un corazón generoso para todos los que pasan por aquí. Lo tiene todo siempre a punto y es incapaz de ver a alguien con los brazos cruzados. Sin embargo, yo tenía la sensación de que se estaba consumiendo día a día sin disfrutar de algunos de los momentos especiales y bonitos que nos da la vida.

Ahora, sin embargo, desde que pasasteis por aquí, la veo más tranquila. Parece que mira las cosas de otra forma. De vez en cuando la observo parándose a hablar con alguien cuando viene de traer agua del pozo. También la he visto levantar la vista al cielo, como tú haces, en medio de sus tareas. Y cada día busca más momentos para que estemos juntas y pasemos un ratillo conversando de nuestras cosas, nuestros sueños, nuestras fatigas…

Suele lamentarse de no haber pasado más tiempo escuchándote cuando pasaste por aquí. Por eso siempre me pide que le cuente una y otra vez lo que te escuché aquel día. Es asombroso el interés que tiene por todo lo que tenga que ver contigo. Me encanta ver su cara de alegría mientras le narro tus palabras. Sus ojos parecen estar viendo cada escena de tus historias y parece imaginar ya ese nuevo reino en el que, como tú dices, Dios nos tiene preparadas grandes sorpresas.

Así van pasando los días, Jesús. Los días de una pareja de hermanas que, sin ser discípulas tuyas, alegran la jornada con el recuerdo de tus palabras. Esas palabras que animan la vida de Marta y mi vida. Vidas sencillas en las que hemos aprendido que ese reino que anuncias se construye en la rutina de cada día.

Un abrazo, Jesús. No dudes en volver a pasar por esta casa, que es también la tuya.

María, desde Betania»

* Abel Domínguez es Salesiano y Licenciado en Historia. Actualmente se encuentra en Roma realizando estudios de Teología. Visita su blog

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