El guarda de mi hermano

17 10 2007

Por José Antonio Rodríguez Conde*

Atentado contra un escolta en Bilbao«Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos afuera”. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahveh dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Contestó éste: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?”» (Gn 4, 8-9).

Me he acordado de este pasaje bíblico al conocer hace unos días la noticia del atentado de ETA contra Gabriel Ginés, un hombre cuya labor era, precisamente, guardar de su hermano. Entre mis amigos tengo, por desgracia, algunos que viven amenazados y que, desde hace ya varios años, cuentan con guardas, que han ido rotando, que les acompañan para sus labores cotidianas. Para ellos esta situación ha ocasionado muchos dolores de cabeza y no me atrevo a expresarlos. Para nosotros, algo tan extraordinario e indecente se ha convertido en normal. Y cuando hemos hablado sobre ello hemos tenido conversaciones, unas veces más llevaderas y otras más ásperas.

En algunas ocasiones, convivir con la injusticia manifiesta es duro, no sólo por la injusticia en sí, sino también por la soledad en la batalla, por cómo combatirla, cómo sobrellevar a veces la incomprensión o la insensibilidad del ambiente. Y no estoy yo libre de culpa, la verdad. En otras ocasiones, sin embargo, la realidad, junto a una amistad tejida durante años, ha hecho que todos hayamos sido guardas unos de otros alguna vez, hayamos estado atentos a la situación vital de quien nos acompaña. Sin ir más lejos, tras oir las primeras noticias del atentado, llegaba un e-mail desde Suiza preguntando qué tal estaban.

Ante esto, ¿cómo responder? ¿Cómo enfrentarse al hecho de que haya Caínes que deseen matarte, que la lucha sea ardua, que los allegados estén ahí unas veces o fallen otras? ¿Cómo hacerlo sin perder la cabeza? ¿En qué creer para seguir? Yo no sé la respuesta. Tampoco sé lo que Dios piensa.

Lo que sí sé es lo que Dios siente: Replicó Yahveh: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo» (Gn 4, 10). Dios oye los gritos de la sangre de Abel. Ese es el Dios en el que creemos:

  • el Dios de los crucificados: aunque el crucificado se sienta abandonado (Mc 15, 34), Dios le da vida (Mc 16, 6);
  • el Dios del enfrentamiento contra la opresión: que no permanece inmóvil ante la violencia, sino que se enfrenta a Pedro, manda envainar la espada y cura al herido (Lc 22, 49-51);
  • el Dios del nuevo Reino: que bendice a quienes tienen hambre y sed de justicia (Mt 5, 6), a quienes trabajan por la paz (Mt 5, 9).

Tal vez éste sea el reto: escuchar los clamores de la sangre, vivir con el aliento de Dios que da vida, enfrentarnos a la injusticia, alimentar nuestra hambre y sed de justicia. Caminar hacia un nuevo Reino siendo el guarda de nuestros hermanos.

* José Antonio Rodríguez Conde es laico, catequista en la Parroquia de la Preciosa Sangre de Orcasitas (Madrid)

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