Juventud, divino tesoro

26 12 2007

Por María Isabel Montiel*

JóvenesUna frase hecha que suscribiríamos todos, especialmente los que hemos cumplido cierta edad, y que puede interpretarse de diversas formas. En primer lugar, como un reconocimiento a esa etapa de la vida en que se forjan y realizan los proyectos e ilusiones, y en la que la energía propia de los pocos años ayuda a superar las dificultades del camino.

Por otro lado, también podemos darle una versión más espiritual. Utilizando aquí como espiritual el sentido más elemental del término: “lo que va más allá de lo material”. Ya que hay que reconocer que la juventud que tiene ideales, los aplica con más coraje y altruismo, con el fin de mejorar el mundo. Aunque haya excepciones que “suenan” mucho y pueden enturbiar la imagen de la gran mayoría. Este artículo es sobre todo un voto de confianza a los jóvenes, con algún toque de atención, pero no sólo a ellos, sino también a los adultos y a la Iglesia.

Empezaré por decir que creo en los jóvenes, a pesar de la mala prensa que a veces tienen (en ciertos casos ganada a pulso), porque son el futuro. Y como no quiero ver ese futuro con pesimismo, aunque haya razones sobradas que lo justifiquen, espero en ellos. El joven, por naturaleza, es inconformista, alegre, solidario, rechaza la injusticia y la mentira, ama la libertad… ¿No nos recuerdan esas cualidades a las de Jesús de Nazaret?

Jesús no tuvo reparo en situar al hombre por encima de la ley, y no al contrario. Predicó la verdad y fue contracorriente, con las consecuencias que todos conocemos. Nos dijo que la raíz del mal está en el corazón del hombre, y que también el remedio está en el corazón. No le importó mezclarse con pecadores porque consideraba que le necesitaban más que los justos. Se compadeció de los que sufrían. Nos recomendó hacernos como “niños”, por su sencillez. Amó a todos, pero de forma especial a los pobres y marginados. Y más todavía, nos mandó que amásemos hasta a los enemigos.

Está claro que no conseguiremos ser como Jesús, ni tampoco le igualarán los jóvenes aunque sea seguidores suyos. Pero si cada uno cambiara su vida, orientándola menos al egoísmo y más a la solidaridad, cambiaría la sociedad entera. Cierto que la realidad manda y es bastante dura en muchísimos casos. Aun así, no hay que ser catastrofistas, se trata de arrimar el hombro y no desesperar, porque los resultados se irán viendo a muy largo plazo. Habrá que ser soñadores y utópicos, pues esa utopía con Jesús al lado puede dejar de serlo y convertirse en realidad.

Los jóvenes auténticos no se conforman con cualquier cosa. Saben que el hombre no puede reducirse a la esfera de lo material y que el progreso no se puede medir sólo con categorías económicas, a costa de lo que sea. Desearían que la sociedad en la que viven fuera más justa y solidaria y estuviera construida sobre la verdad y la paz. En una palabra, una sociedad digna del hombre.

Todos esos anhelos los ha puesto Dios en la conciencia, pero las circunstancias hacen que algunos jóvenes la desoigan y busquen —en las drogas, el alcohol, el sexo, el vandalismo— lo que creen que va a aliviar sus angustias y satisfacer el ansia de libertad que reclaman. A cambio encuentran vacío, esclavitud, insatisfacción y apatía.

Los que tiene la suerte y el coraje de pedir que se les ayude a salir de ese callejón sin salida, pueden reaccionar planteándose la vida de otra manera, llenándola de algo más profundo, pero hay otros que se dejan arrastrar por quimeras, no saben decir “no” por miedo a que les señalen como bichos raros y, cuando se dan cuenta, ya no hay solución y se han destruido.

Tendríamos que cuestionarnos todos si no estaremos contribuyendo a fomentar la enfermedad moral que sufre la sociedad, con el excesivo consumismo, o con considerar el poder, el dinero y el placer como valores esenciales. También somos en parte responsables de no haber transmitido a los jóvenes valores como el esfuerzo, la responsabilidad, el compromiso, la abnegación, el respeto. Que sepan que no todo vale y que el orden y la autoridad son necesarios. Tendremos que ser comprensivos con sus defectos, sí, pero no permisivos y poco exigentes. Eso a la larga conduce a la infelicidad. Porque todo lo que es demasiado fácil, produce insatisfacción.

A los jóvenes les ha venido muy bien acostumbrarse a esa “vida fácil”que les hemos ofrecido. Demasiado cómoda, con casi todo resuelto, sujetos de todos los derechos y de casi ningún deber. Como se les ha querido proteger tanto de todo lo que suponga esfuerzo, responsabilidad, sufrimiento, contrariedad, no les hemos educado (entendiendo aquí lo de educar como sacar lo mejor del otro). Y ahora nos lamentamos de que “se nos han echado a perder”.

A algunos jóvenes, nada que suene a compromiso les interesa, sino tan sólo lo que les produce una satisfacción inmediata (léase ganar dinero fácil, borrachera o sexo por diversión…). Pero hay otros que, a pesar de que la sociedad en la que les toca vivir no predica con el ejemplo, son responsables, creativos, dinámicos, luchadores, idealistas, capaces de mover montañas. Estos últimos son nuestra esperanza y debemos advertirles que no se dejen manipular, y que sean conscientes de lo que hacen y lo que quieren, por el bien suyo y el de todos.

Jóvenes e IglesiaLa Iglesia tiene una misión importante con los jóvenes. Con los que van por buen camino y, especialmente, con los que han tomado el equivocado. A pesar de la secularización y el anticlericalismo que vivimos, la mayoría de la juventud no rechaza a quien, sin imposiciones ni dogmatismos, trata de ayudarles a dar sentido a su vida.

Habrá que empezar por valorarles y enseñarles a que se valoren a sí mismos. El ritmo acelerado con el que viven les produce desgaste físico y psicológico y buscan a veces un respiro. Eso puede llevarles a plantearse la vida de forma menos frívola y más profunda, que les llenará a ellos mismos y lo irradiarán a otros.

La Iglesia (parroquia, grupos…), debe facilitarles espacios y momentos para el recogimiento y la interiorización. Y puesto que dan importancia a los valores sociales, se les puede plantear el deporte, el teatro… y también el voluntariado.

No les gustan las imposiciones ni el exceso de normas, pero como son amantes de la verdad y de lo auténtico, podemos presentarles la figura de Jesús como prototipo de ello. Les diremos que les ama como son, aunque busca que mejoren para que sean así más felices. Les hablaremos de su mensaje, que lo que busca es el bien de todos y funde la causa de Dios con la del hombre, y de que ha querido contar con nosotros para llevarlo a cabo.

Si conocen a Jesús y su Evangelio, sin descafeinarlo, sin medias tintas, con toda la exigencia que supone, y ven que nuestro testimonio es coherente con lo que predicamos, es muy posible que se animen a seguirle. Comprobarán que Jesús nunca defrauda.

En el fondo todos buscamos la trascendencia, el sentido de la vida. El ser humano no ha nacido sólo para satisfacer sus deseos materiales, sino que algo dentro de él le remite a su dimensión espiritual. Y quien ha experimentado ese encuentro con Dios, ya no buscará llenarse de falsas y fugaces ilusiones.

Queridos jóvenes, os animo a ser comunicadores de esperanza y de fe, de justicia y de paz. Dad un sí rotundo a la humanidad, pues de esa forma estaréis dando un sí a Dios.

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria

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