El niño con el pijama de rayas

11 01 2008

Por Laura Romo*

El niño con el pijama de rayas - Portada“Y él siempre procuraba ser sincero consigo mismo”. Esto es lo que pensaba Bruno, primera gran lección del protagonista de la novela El niño con el pijama de rayas. Porque ¿cuántas veces hemos oído o incluso dicho la frase: “los verdaderos sabios son los niños, escuchad a los niños, los niños siempre dicen la verdad…”? Ya nos decía Jesús con su palabra y sus obras: dejad que los niños se acerquen a mí. Porque Él sí supo ver la gran verdad que encierran, los valores más puros, la sencillez y espontaneidad, no conocen barreras, todo es juego, curiosidad, descubrir la vida, preguntar, la inocencia que les caracteriza… Todos deberíamos ser más niños, crecer en sentido inverso y volver a sentir la libertad de la vida, volver a nuestra naturaleza amable y generosa…

El irlandés John Boyne nos sorprende al escoger una temática tan dura y dramática contada de una forma tan tierna y bajo la mirada y la perspectiva de Bruno, un niño que no entiende de barreras, de límites entre las personas, que no entiende la situación que percibe ante su mirada de niño y busca respuestas ante tal extraño escenario. No entiende de razas, de religiones, de símbolos ni enemigos. Sólo sabe que cada día sale hasta la alambrada que le separa de su amigo y que le gustaría poder estar más cerca, para ayudarle en su necesidad, de hambre y de compañía. ¡Cómo le gustaría poder explorar el espacio nuevo que le llama tanto la atención!

“No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros mismos”. Si en principio parece muy sencillo, sólo que muchas veces nos olvidamos de esta gran verdad. Hay quien dice que al final tenemos lo que nos merecemos. Por eso el odio hacia los demás se puede volver contra nosotros mismos y sufrir en nuestras carnes lo que hemos estado haciendo mal con los demás, precisamente donde más nos duele, justo en un ser transparente como un hijo propio. Porque mientras estás tan metido en ser enemigo de otros, o en ver enemigos donde no los hay que te olvidas de los que tienes cerca, que terminan por desaparecer de tu campo, hasta el punto de perderlos. Y todos sabemos que eso ocurre, cuando no cuidas a la persona que tienes a tu lado, cuando das por hecho que siempre va a estar ahí y dejas de valorarla, cuando miras y buscas, no la encuentras, porque se ha ido en busca de un poco de atención y cariño, de comprensión.

Yo observo a los niños en el colegio, en sus juegos, y no están condicionados, son tan libres… No les importa dónde les pongas ni con quién, ven a alguien a su lado, una persona con la que van a disfrutar y pasar un buen rato. Son alegres, sin preocupaciones, naturales, espontáneos. Son muy curiosos, preguntan por todo, quieren aprender. Y son como esponjas, todo lo absorben, tienen gran capacidad de imitar todo lo que observan y perciben. Y las personas que tienen cerca somos sus maestros y padres, por eso debemos cuidar tanto estas actitudes negativas como hablar mal de otro, discutir, no mostrar cariño… ¿Por qué no ser nosotros quienes copiemos esta forma de vivir de los más pequeños?

Os invito a leer esta novela, porque a través de este cuentecillo (con mucho mensaje) podemos descubrir estas cualidades de los niños que a veces perdemos según vamos creciendo y que me parecen fundamentales para conseguir la felicidad y la paz interior. Cada ladrillo que colocamos de odio, de buscar falsos enemigos, de cerrar nuestro corazón a los demás, construimos un muro en el que nos vamos a encarcelar nosotros mismos, como un pozo sin fondo, una torre que debemos derribar. Más nos valdría a todos ponernos el mismo uniforme, el mismo pijama de rayas de querer ser mejores personas, de vestirnos de ingenuidad infantil. Usando las palabras de Etty Hillesum, una joven que sufrió el holocausto nazi, “cuando no haya alambradas en el mundo” volveremos a nuestra infancia más tierna e inocente.

El niño con el pijama de rayas, John Boyne. Salamandra 2007, 224 págs.

* Laura Romo es profesora de Educación Infantil en Guadalajara.

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2 responses

18 01 2008
Miguel

Cuánta razón tienes mi querida amiga Laura…ojalá fuéramos siempre todos como niños. La verdad es que tenemos mucho que aprender de ellos… Yo hace unos años tuve la oportunidad de entrenar a un grupo de niños de entre 4 y 6 años, viviendo un montón de anécdotas que ahora recuerdo con alegría. De entre todas se me quedó grabada una en especial, la cual me viene a la cabeza frecuentemente: cada vez que realizábamos cualquier juego, de carreras, con el balón, de fuerza, además de risas y diversión, siempre había enfados y peleas, lo cual la mayoría de las veces me obligaba a ponerme serio con ellos e incluso a castigar a alguno de ellos sin jugar durante todo el entrenamiento (cómo les dolía ver a los demás pasárselo bien mientras ellos esperaban en una esquina a que les levantara el castigo). A veces pensaba si quizás había sido demasiado duro con ellos, si me guardarían rencor o si a partir de ese momento perdería la imagen de “colega” que quise ofrecerles… Y sin embargo, al día siguiente, a la misma hora, en el mismo campo, todos volvían con la misma ilusión, las mismas ganas de correr, saltar, reír, gritar…sin ningún odio, sin el menor recuerdo de lo que había pasado el día anterior, tratándome de profe con la misma alegría que el primer día. La respuesta que hubiese dado cualquier adulto hubiese sido otra…

Voy a leerme este libro en cuanto pueda. Me ha gustado tu crítica y la sección en general… Creo que hay mucho libro bueno por leer, y comentarios como los tuyos seguro que me animan a ello.

7 08 2009
Elia Gallego

Miguel: Muy bonito tu comentario, tengo algo que pedirte y se trata de los ninos, tengo un tema que dar a los ninos y no se como hacerlo se trata de fe y conversion y si tuvieras una dinamica bien cortita te saluda desde Nogales Elia
te lo agradesco de antemano. esperando tu respuesta Gracias……….

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