La cárcel del desamor

17 01 2008

Por Ignacio Blasco*

Esta mañana se la han llevado a Zuera. Era previsible. Los últimos acontecimientos que ha protagonizado en el módulo le han llevado directamente a primer grado. El pimer grado supone un régimen de vida de asilamiento: 22 horas al día en la celda y 2 horas de paseo en el patio, y siempre que el resto de internos no esté presente. Es duro el primer grado, sobre todo si estás solo, pero ella, Elena, que además está en PRS (programa de riesgo de suicidio), está acompañada las 24 horas del día por otras tres internas que se turnan para estar con ella. Lo último fue prender fuego al colchón de la celda en la que le habían metido después de una pelea en el patio. Sé que el centro penitenciario se ha resistido a ponerle en primer grado, pero Elena anda descontrolada, las peleas en el patio eran continuas y los problemas cada vez más.

Sus problemas son muchos. Fue una niña no querida, descuidada por sus padres desde pequeña. Nadie le hizo saber lo que era la protección ni la seguridad. Desde muy niña ha tenido que buscarse la vida, y esto lo delata su cara de niña pero su sonrisa de persona adulta, sus venas encallecidas y una ilusa percepción de las cosas, ingenua, de niña pequeña. Sigue utilizando la ternura para manipular y en sus deseos próximos está el poder comprarse ropa de moda con lo que gane en talleres. Me consta que hay mucha gente que se ha preocupado por ella. Pero qué difícil le es a Elena fiarse del todo de las personas, qué difícil le es poder mantener el trabajo en talleres o un comportamiento medianamente normalizado.

Su corazón llora en silencio en el chabolo por el niño pequeño que le han quitado al entrar en prisión cuando el bebé tenía sólo año y medio. Lleva dos años sin verlo y esto es muy duro para una madre, sea como sea ésta. Me pregunta por su hijo, por cómo volver a conseguirlo, y no acierto a decirle nada porque no he podido averiguar con quién está, si con la familia de Elena (que no quieren saber nada de ella) o con una familia de acogida.

Elena no recibe visitas. Es duro ver como la mayoría de mujeres reciben todas las semanas visitas. Al final, ser tu nombre el que nunca es pronunciado por los altavoces del modulo es duro, muy duro. Sólo se oye su nombre cuando la llaman para la Metadona. No es precisamente la llamada que a ella le gustaría escuchar. Por no venir no viene ni su abogado…

En su necesidad de sentir calor humano anda mediotonteando con alguno de los chicos del taller de la prisión. Noviazgos fugaces, mediocres flirteos emocionales que acaban en una nueva decepción, que van limando las esperanzas de pensar que sigue existiendo el amor puro y desinteresado.

El otro día volvió a chinarse (se cortó con una cuchilla de afeitar). No es la primera vez que lo hace. Las cicatrices en los brazos delatan mucho tiempo de sufrimiento y mucha impotencia reprimida. Es la forma de liberar la rabia cuando se está en prisión. Creo que se está rindiendo. Lo estaba llevando bien, trabajaba, se la veía más o menos compensada psicológicamente y no estaba teniendo problemas en el patio. Pero tenía que llegar este momento. La presión es mucha, sobre todo cuando no tienes a nadie con quien compartirla, sobre todo cuando sigues sin recibir cartas, visitas o cuando sigues sin recibir abrazos.

Elena no pudo elegir. Sus padres, la vida eligió por ella. La prisión muchas veces es el resultado de una cadena de desamores. El amor es el motor y motivo para seguir creciendo y luchando. Pero hay gente a la que desde siempre se le privó de conocer el amor verdadero, el de una madre, el de un padre, el de una sincera amistad. El niño no elige no ser querido.

Y también los niños no queridos se hacen mayores. El desamor acaba creando inválidos sociales. La prisión está llena de historias de desamor. Muchos de los delitos son productos del desamor. ¿Qué hay detrás de un joven de 20 años, toxicómano, que lleva 8 años en centros de menores, que se buscó la vida en las calles porque sus padres le echaron de casa?… Desamor.

Cuando se ha sentido el abandono es difícil seguir creyendo en la esperanza y el amor. Ahora el desamor ha desequilibrado a Elena, le ha incapacitado para  seguir esperando y creyendo que un día podrá salir y encontrase con su hijo. Ahora el desamor viaja con destino a Zaragoza. Los kilómetros no harán más que enfriar el poco o mucho cariño que habrá sentido en el módulo de mujeres de Alicante. Y es que el desamor es una dura armadura difícil de traspasar. Un soldado sin armadura queda indefenso ante la espada del enemigo.

Elena no se atreve a desprenderse de su armadura por el terrible miedo que le da el sentirse vulnerable, o lo que es peor, que alguien se aproveche de ella bajo promesas de amor sincero, que le llevarían a volver a soñar con príncipes de cuento y que luego se convierten en una nueva decepción, en una nueva puñalada al verdadero amor.

Suerte Elena, sé que te llevas conversaciones y abrazos de algunas internas. Sé que te llevas algo en tu corazón, no dejes que nadie te lo vuelva a robar. Un beso.

* Ignacio Blasco es sacerdote mercedario, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria de Orihuela-Alicante y capellán de la prisión de Fontcalent. En su blog narra experiencias como la de Elena, vividas en el contacto diario con los reclusos. Es además cantautor cristiano, conocido en los ambientes musicales como Fray Nacho. Recientemente ha editado su segundo disco “Quedarme a tu lado”.

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