La autoridad cristiana en el siglo XXI

27 01 2008

Por José Antonio Rodríguez Conde*

Autoridad...Al hilo de ciertas conversaciones y textos muchas veces me he preguntado: Esto de la autoridad, ¿de qué va? ¿Tiene sentido en el siglo XXI? ¿Vale para algo?

Dos tentaciones sobrevuelan la reflexión (mía y de otros). La primera tentación, la sumisión acrítica: aceptar (a veces, contra la propia conciencia y voluntad) la autoridad de otros para uno. Es decir, yo tengo una inquietud; otros, en una escala jerárquica superior, sirviéndose del Evangelio, del Magisterio y de su propia sabiduría, me dicen lo que tengo que hacer y yo lo hago. El riesgo evidente de esta actitud es, en el peor de los casos, la falta de libertad; en el mejor de los casos, la eterna minoría de edad de quien así “discierne”. Esta tentación es propia de ciertos sectores “tradicionalistas” que consideran a la Iglesia y sus superiores como maestra sabia y a los demás como ovejitas necesitadas de criterios externos que nos guíen, porque nosotros somos, por naturaleza, tontos y pecadores. Esta tentación está en cierto declive tras el Concilio Vaticano II, pero no faltan forofos.

La segunda tentación es la tentación individualista o posmoderna: consiste en que el yo es la autoridad suprema de discernimiento: las apetencias, los sentimientos del momento, lo que me gusta, lo que pienso. Surge como reacción al criterio anterior y tiene como virtud el tomar a la persona como adulta en su propia vida. El riesgo derivado es, precisamente, el individualismo, el que la reflexión no vaya más allá de uno y sus deseos. Esta tentación es propia de ciertos sectores “liberales” que consideran al individuo como burbuja totalmente capaz de juzgar y actuar por sí misma, al margen del prójimo. Esta tentación está en auge en los tiempos que vivimos.

Por supuesto, las dos tentaciones anteriores están algo caricaturizadas (aunque no faltan personas que se podrían identificar perfectamente en ellas). Y existen varias posturas intermedias más salomónicas: la autoridad supermercado, que consiste en observar varias posturas posibles y escoger la considerada más idónea según criterios beneficios/costes; la autoridad ilustrada, que partiendo del “Atrévete a pensar” de Kant, hace su propia búsqueda individual para discernir. La autoridad supermercado sigue residiendo en otros, pero de forma plural; la autoridad ilustrada reside en uno mismo, pero de forma dinámica. Estos estilos de autoridad son considerados más sabios por mucha gente, porque superan los modelos jerárquicos e individualistas de las primeras tentaciones y amasan el discernimiento con las capacidades de elegir y razonar, dones de Dios muy apreciados y apreciables. La mayoría de la gente que conozco (incluido yo) se mueve en esas coordenadas. Ahora bien, el título de este texto es autoridad cristiana, que es otra cosa. Para ello hay que subir un peldaño más y empezar a leer el Evangelio.

Los primeros conflictos de autoridad aparecen en el Evangelio de Juan alrededor del Bautista (Jn 1, 19-27). Los fariseos preguntan “¿qué dices de ti mismo?”. Juan Bautista no dice nada sobre sí mismo, sino sobre “los caminos del Señor”. El bautismo de agua que practica es una preparación para la auténtica autoridad cristiana: el bautismo del Espíritu (Jn 1, 29-34) que se encarna en Jesús. Pero, ¿cómo saben los discípulos que Jesús es la fuente de autoridad? ¿Por proclamación (Jn 1, 35-37), como hace Juan Bautista? La proclamación puede ser guía catecumenal para empezar o sugerir, pero el verdadero camino de los discípulos es otro: buscar, ir, ver, quedarse con Jesús (Jn 1, 38-39). Es decir, los dos discípulos, que ya estaban siguiendo cierta peregrinación de sumisión/aprendizaje con el Bautista, inician una nueva peregrinación de búsqueda. La primera pregunta de esta búsqueda a esta nueva autoridad es “¿dónde vives?”; es una inquietud sobre la vida, donde surgen las inquietudes de todos. La respuesta de Jesús no es una proclamación ni una ley, sino “Venid y veréis”, una llamada a la experiencia personal, juntos (no individualmente, sino en una comunidad naciente) y con Jesús, es decir, es una experiencia comunitaria y una relación personal con Jesús. Esta experiencia desemboca en un quedarse, que duró para el resto de sus vidas; no para un rato, no por una razón circunstancial, sino por una opción radical por Jesús.

Pero hay más. Porque lo dicho hasta ahora valdría para cualquier tipo de experiencia, basándose en cualquier contenido, para cualquier grupo que profese cualquier credo. ¿Cuál de todas ellas tiene validez para Jesús? ¿Qué criterios sirven para discernir si la experiencia sirve para vivir coherentemente con el proyecto de Dios? ¿Qué es lo que da autoridad desde Jesús a una experiencia? El mismo Bautista se preguntó sobre ello (Lc 7, 18-19) y todos dudamos alguna vez sobre el sentido de la vida, las experiencias, las opciones vitales. Y la respuesta de Jesús a los que le preguntaron no apela ni a proclamaciones (sumisión acrítica), ni a conceptos intelectuales (autoridad ilustrada), ni a interpretaciones subjetivas (autoridad individualista), ni a un estar a gusto (autoridad hedonista), ni a una subasta de experiencias (autoridad supermercado), sino a lo que ven y oyen (Lc 7, 22-23). Es decir, Jesús apela, no a una ideología o teoría, sino una experiencia real y encarnada. Apela a los frutos; no cualquier fruto, no una Buena Noticia que experimente exclusivamente el individuo o la comunidad, sino que “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan”: una Buena Noticia para los pobres. ¿Por qué? La clave (triste, bella y retadora) quizá esté en lo que comenta Adolfo Nicolás en su primera homilía como nuevo General de los Jesuitas: «A una filipina que había tenido muchas dificultades para integrarse en la sociedad japonesa, que había sufrido muchísimo, se le acercó otra filipina pidiéndole consejo: “Tengo dificultades con mi marido, y no sé si divorciarme, si continuar…” Le pedía consejo sobre estos problemas bastante habituales. La primera le respondió: “No se qué decirte ahora mismo. Pero ven conmigo a la Iglesia y recemos, porque para nosotros los pobres, solamente Dios nos ayuda”. Esto me impresionó mucho, porque es muy verdadero. Para los pobres, solamente Dios es la fuerza. Para nosotros sólo Dios es la fuerza. Para el servicio desinteresado sin condiciones sólo Dios es la fuerza».

De ahí viene, para Jesús, la fuerza, la autoridad: del proyecto de Dios Padre-Madre de ser Dios-Amor para todos, particularmente para quienes, en la sociedad del siglo XXI, sólo Dios tiene algo que ofrecerles.

* José Antonio Rodríguez Conde es laico, catequista en la Parroquia de la Preciosa Sangre de Orcasitas (Madrid)

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28 01 2008
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9 12 2008
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