La misericordia es un proceso

1 03 2008

Por Fausto A. Ramírez*

Perdón y misericordiaNo conviene equivocarse: hay veces en las que quisiéramos creer que la misericordia es irrefutable, que se impone a la razón, como una conclusión matemática. Al contrario, el perdón y la misericordia son libres y gratuitos: no se pueden imponer y tampoco se pueden exigir a nadie. Podemos perdonar a alguien su falta sin comprender por qué actúa de esta manera. Podemos, por el contrario, comprender por qué ha actuado de esa manera, sin por ello perdonarle, y guardándole un profundo rencor.

Perdón y comprensión no son dos actitudes equivalentes. La comprensión puede llevarnos a una cierta complicidad. Puede empujarnos a ponernos del lado del culpable que está fuera de la ley moral, considerando que lo que ha hecho no es tan grave.

El perdón y la misericordia no se oponen a la verdad. Al contrario, necesitan la verdad para que la víctima se sienta reconocida en su sufrimiento, y que el agresor tome conciencia de lo que ha hecho. Perdonar no es encontrar excusas, o cerrar los ojos diciendo: “no es grave”. A veces decimos esto por respeto al dolor de esa persona o porque tenemos miedo a que el conflicto se acentúe.

El verdadero perdón, aquel que no deja huella en la relación con la otra persona, es el que dice: “es grave lo que ha pasado entre nosotros, pero nuestra relación es más fuerte que esto. Mi sufrimiento es profundo, pero te quiero más que todo eso”.

Esta relación íntima entre misericordia y verdad permite que comprendamos mejor la diferencia entre tolerancia y misericordia. La tolerancia se ha convertido hoy en día en la reina de las virtudes. Toda discusión difícil termina en la actualidad con el diagnóstico irrevocable: “no eres tolerante”. Si la tolerancia es la capacidad de aceptación del otro, abriéndonos a formas de vida y de pensar diferentes de las nuestras, entonces sí es una virtud.

Pero a veces parece que sea una obligación impuesta por la conciencia colectiva de no hacerse juicios, es decir, de no tener ninguna opinión sobre los comportamientos de los demás. Aquí encontramos una idea muy querida para algunos cristianos: para ellos el Evangelio se resume en un slogan: “no hay que juzgar”. Pero, ¿qué quiere decir “no juzgar”? ¿No condenar o no querer ver el mal y el bien?

En la educación de los adolescentes un tema que a menudo se trata es el de la tolerancia. Las formas de vida han cambiado, necesariamente hay que ser tolerantes. Sin embargo a menudo encontramos a jóvenes que sufren por no haber encontrado en su camino a adultos que les hayan dado una luz cuando se sentían ofuscados. La misericordia se puede demostrar cuando manifestamos nuestro amor a un joven de forma incondicional y diciéndole nuestra reacción ante su forma de vida.

Muchas veces el miedo al conflicto, la falta de confianza en sus propias convicciones hace que los adultos se desentiendan; y esto en realidad no es actuar en nombre del respeto a la conciencia de los jóvenes. A veces, detrás de estas reacciones de los adultos se esconde una justificación de su propio comportamiento o un intentar esconder su propia falta. En cualquier caso, para evitar caer en el moralismo, se asume el riesgo de la indiferencia.

El perdón tiene algo que ver con un volver a nacer: se trata de hacer que vuelva a vivir lo que parecía que estaba muerto en una relación. Cuando estamos oprimidos por el peso de la culpa, cuando nos creemos muertos a los ojos de los demás, no podemos vivir por nosotros mismos: necesitamos a alguien que nos vuelva a llamar a la vida.

En este sentido, el perdón es una actitud humana, profundamente terapéutica, sin la cual es muy complicado seguir existiendo. Adentrarse en el proceso del perdón, exige un cambio de mentalidad y una anchura de miras mucho más humanizadora.

(Fuente: blog “Veritas Liberavit Vos”, 25/02/2008)

* Fausto A. Ramírez es licenciado en Teología Bíblica. Más información

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