Jesús, ¿a quién votarías?

5 03 2008

El cristiano ante las elecciones. Por Xabier Pikaza*

El cristiano ante las eleccionesHa venido esta noche y nos hemos puesto a ver el debate de los dos políticos, pidiendo votos, en la televisión. Ha estado muy atento. Al final me ha dicho. «Allá en Jerusalén no había estas cosas, pero la gente jugaba también a los votos. No sé con quién quedarme». Le he pedido que me diga a quién votar. Me ha dicho: «En mi tiempo no se votaba así, de manera que eso lo tienes que ver tú. Además, creo que hay otras opciones». «¿Cuáles?». «Votar a otros, o abstenerse… o trabajar por el cambio social de otras maneras». Quería irse. Le he pedido que se quedara un poco más y que me explicara. Así que se ha quedado…

Se ha quedado esta noche y hemos comentado el debate…

Me ha dicho que estaba contento, aunque no lograba entender todo lo que querían de verdad. Le parecía bueno que hablaran.
– Ya lo sabía. Tú tienes experiencia de debates…
– Me pasé la vida hablando. Pero hubo un debate especial, del que no tengo buen recuerdo.
– ¿Te refieres al de Pilatos y Caifás?
– ¡Claro! Los dos hicieron sus discursos ante el pueblo, en la plaza de Jerusalén. No tenían cámaras, pero hablaban bien. Uno quería que me soltaran a mí, el otro a Barrabás. Ganó el de Barrabás y a mí me condenaron. Si me hubieran soltado a mí sería lo mismo, al final me matarían. Nos matarían a los dos y morirían muchos más, como murieron, de hambre, de odio, de falta de entendimiento, de enfermedad, de poder.
– Ya lo sé, muchos discursos y los hombres se engañan, se matan y mueren, porque esta plaza de la televisión de Madrid es todo el mundo, como en aquel tiempo fue Jerusalén, con sacerdotes, soldados, comerciantes, para ganar el voto de la gente.
– Aquella fue una mala aplicación de la democracia…
– Ya, ya, pero dejemos aquello. Vengamos a esto. Me gusta que la gente pueda conversar, pero no sólo esos dos, sino todos. Que hablaran de corazón… Una educación para el amor, eso era lo importante… Pero ahora…
– Pero ahora, en concreto, dime a quién votarías. Estoy escribiendo un libro, quiero escribir en el blog y decir, por ejemplo: «¡Jesús votaría anaranjado… o añil, o violeta! ¿Qué color te gusta? ¿Qué partido es el tuyo? Dime, Jesús ¿a quién votarías?»

Entonces, de repente, calló. Me dejó con mis libros y me dijo. «Lee el evangelio. Allí encontrarás algunas cosas, si quieres saber lo que yo haría. Escribe en tu libro o en tu blog. Yo vendré después. Pero fíjate en la familia. Sí, en la familia, tal como se entendía entonces… y ahora. Estudia los libros, piensa en lo que hay en esta tierra y en el mundo; luego, me llamas». Él se fue a la terraza, sin miedo del viento norte que ha empezado a soplar, y así he quedado con los libros, con el evangelio, para ofrecer esta primera opinión sobre las cosas que a Jesús le importarían en estas elecciones. La primera, me dijo, debía ser la familia.

Un problema de familia

He visto en los libros que él había querido realizar una trasformación fuerte en la sociedad de su tiempo, en Galilea, pero no ganando las elecciones (o matando a los contrarios), sino hablando con la gente, a partir de los más pobres, los que no tenían tierra, los emigrantes, los enfermos, los expulsados de la sociedad. He visto que él quiso crear un nuevo tipo de familia desde los más pequeños (los que van y vienen, los itinerantes), a los que pidió que anunciaran el Reino de Dios e iniciaran su construcción, diciéndoles que no tuvieran miedo de quedar en manos de los campesinos sedentarios propietarios.

Sí, el buscó a unos itinerantes pobres, para que fueran de “propaganda del Reino”, como los políticos de ahora. Pero no para ganar las elecciones, sino para anunciar la llegada del Reino de Dios… Les dijo que no explicaran mucho eso del Reino, que todos sabían lo que era. No les dijo que anunciaran un pequeño cambio en los impuestos del César, pues ése era un tema técnico. Les dijo que acogieran y animaran a los rechazados, sin propiedades, ni fortuna, ni familia establecida. Él no quería que “unos” (pobres) tomaran las tierras de “otros” (más ricos), arrebatándoles su propiedad, sino que todos compartieran la propiedad, que es una herencia común de Dios. Jesús quería una familia sin patronos ni clientes, sin nacionales y emigrantes, una familia donde los más pobres pudiera enriquecer (curar) precisamente a los más ricos.

Una familia rota

Jesús no vino a romper directamente la familia tradicional, pues ella se encontraba rota, en muchos casos, como lo suponía la tradición más antigua, al hablar del derecho de los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, de los expulsados, marginados y emigrantes, a quienes Dios considera su auténtica familia (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22). Jesús había optado precisamente por esos huérfanos-viudas-extranjeros de su tiempo, es decir, por los rechazados de la “buena” sociedad de su momento.

Estaba claro en los libros. Él se había opuesto a un orden social donde algunos, en nombre de sus privilegios ancestrales o de su nueva riqueza, se establecían en la tierra y expulsaban y oprimían a los menos privilegiados. Por eso, había rechazado (había declarado rota) una forma de familia dominante, fundada sobre principios de posesión, en la que unos se imponen y excluyen a otros (les expulsan del de la gran familia). La opción de Jesús a favor del Reino (de los excluidos) iba en contra de un orden familiar jerárquico que se impone y funciona expulsando a los más pobres.

¿Odiar padre y madre? Una familia que debe morir

Seguí leyendo y vi que Jesús hablaba odiar a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 24, 26). Jesús no quería negar o rechazar unos lazos de sangre, de tipo biológico y social, para crear una familia espiritualista, por encima de la naturaleza mala, pero sí criticaba el riesgo de una familia excluyente, se oponía a un tipo de familia superior, de privilegiados, porque buscaba una fraternidad mesiánica más amplia y más justa, abierta de un modo especial a los necesitados o expulsados de la familia anterior. En ese sentido, nos pedía plásticamente que odiemos (que superemos) el exclusivismo de un tipo de relación social propia de los privilegiados, para crear otra relación más honda, más extensa, hecha también de carne y sangre, que esté fundada en los pobres y expulsados de los modelos familiares antiguos, pudiendo así abrirse a todos los necesitados.

Jesús quiere una familia de amor y justicia, abierta a todos, no de poder. Un cambio en la familia suponía un cambio en la sociedad y viceversa. El centro del movimiento de Jesús no está en alguna forma de doctrina abstracta sobre Dios (teología autónoma), sino su forma de entender y criticar (superar) una forma de familia dominante, para crear relaciones de felicidad abierta, en amor intenso, cercano. Por eso, el movimiento de Jesús se establecía como despliegue de relaciones familiares, en plano afectivo, económico y organizativo, siempre en línea de felicidad, de libertad, de acogida a los pobres.

Nueva familia. Romper para construir

Jesús ha combatido un tipo de familia de privilegiados (hecha de dominio y jerarquía), y lo ha hecho con el fin de que todos quepan en su nuevo espacio fraterno, no sólo los expulsados del orden social, sino incluso aquellos que les expulsan y combaten, pues también ellos pueden formar parte de la “nueva familia”, siempre que dejen de oprimir a los demás y se dejan acoger por los pobres. Éste es el sentido de su exigencia de “amar a los enemigos”, no para que queden como están, sino para que puedan entrar en el proyecto universal de Reino, es decir, en la familia mesiánica.

En el camino que va de la vieja familia (que expulsa a los pobres) a la nueva familia, que se construye desde esos pobres, al servicio de todos (incluso de los antes ricos o patriarcas), se sitúa el proyecto de Jesús, interpretado de formas distintas (y convergentes) por los diversos estratos del Nuevo Testamento, pero siempre en línea de fidelidad personal, de felicidad, de acogida. Más que una religión espiritualista, de hondura interior en intimidad, Jesús ha fundado un movimiento social que se abre, en claves de familia (fraternidad, casa ampliada), hacia todos los hombres, desde los más pobres (los itinerantes). En ese proyecto universal de familia caben las madres y los hijos, los hermanos y las hermanas, pero no el viejo tipo de padres patriarcalistas, que deben ser sustituidos por otros padres, en línea del Reino de Dios (cf. Mc 3, 31-35; 10, 29-30 y paralelos).

De nuevo le dije: ¿A quién votarías?

Pensé que podía llamarle. Seguía allí, frente a las nubes cambiantes de frío. Le llame y leí lo que había escrito. Le dije:
– Éstas son mis reflexiones. Quiero que me digas ahora a quién votarías…
Me puso un dedo en los labios, me miró al corazón y respondió:
– No te pudo decir a quien votaría, pues no estoy censado… Hay muchos que no están censados ¿sabes?
– ¿Y yo?
– No me digas a quién votarías. El voto es secreto, como decís ahora, aunque a mí me botaron en público. Vota como veas… Yo me voy con ésos que no tienen voto. Voy a ver si animo a la gente a que participe en la vida, voy a decirles a los más pobres y enfermos que no tengan miedo. Tengo muchas cosas que hacer. Mañana a esta hora nos vemos. Ya me dirás cómo han ido las cosas…

(Tomado de ‘El Blog de X. Pikaza’, 4/03/2008. Puedes leer el artículo completo aquí)

* Xabier Pikaza es teólogo, experto en Biblia y religiones.

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