Ni salvados, ni redimidos

25 03 2008

Por Jairo del Agua*

No te sorprendas. Analicemos juntos sin temor y dejemos que el corazón intuya. Durante siglos nos han enseñado que el pecado del hombre causó una ofensa infinita a Dios. Siendo el hombre un ser limitado, no podía reparar esa ofensa infinita. Era preciso alguien infinito para satisfacer el honor de Dios. Por otro lado, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tenía que ser reparada por un hombre. Eso explica que Jesús (Dios y hombre) se encarne, muera y merezca con su muerte (sacrificio con valor infinito por tratarse de un ser infinito) la reconciliación con Dios. Al quedar pagado el justiprecio por todas nuestras ofensas, quedamos redimidos y los cielos abiertos.

Se me ponen los pelos de punta al recordar esta nefasta doctrina que ha durado casi diez siglos, ha denigrado el rostro de Dios revelado por Cristo y ha causado tanto temor. Bajo ella laten los conceptos judaicos de “culpa” y “expiación” de los que estaba impregnado San Pablo y con los que, a veces, contamina sus cartas. La superada “interpretación literal” de la Escritura nos permite ahora distinguir el diamante (Palabra de Dios) de los defectos causados por su tallador (el escritor sagrado).

En el siglo XI San Anselmo, influido por la literalidad de la Escritura y el ambiente feudal de su época, escribió la teoría de la redención que he resumido. La recogió después Santo Tomás y se ha ido transmitiendo por generaciones. Ahora los teólogos la rechazan pero no se hace lo necesario para borrar del subconsciente colectivo esa trágica teoría. Cuando se descubre un error, lo recto es corregirlo inmediatamente. Sin embargo, nuestra liturgia sigue lastrada por esas falsedades, como algunas predicaciones de sacerdotes u obispos. Me duele la falta de celo, el inmovilismo, la ausencia de conversión (rectificación). Me duele que al Pueblo de Dios no le lleguen las luces nuevas y la liberación del error y del temor. Aunque comprendo la pesada inercia de los siglos.

Los humanos somos expertos en construir torres de Babel con el pensamiento, en hacer encaje de bolillos con nuestra razón. El error surge al apartarnos de la realidad, al barajar fantasmas. Esos cerebralismos, ese despegue de la realidad inscrita en el corazón y recogida en el Evangelio, nos dibujaron un “dios sádico” (al ras de los dioses mitológicos), capaz de desangrar a su hijo para darse a sí mismo una reparación. ¡Pero qué barbaridad! ¡Rechazo públicamente ese dios falso y esa redención mercantil!

Me adhiero al Padre revelado por Jesús en la parábola del hijo pródigo. Creo en el Dios Amor que no necesita para perdonar ni pagadores, ni justificadores, ni expiaciones, ni holocaustos, ni sacrificios. Mi Dios es fina lluvia templada que se derrama constantemente sobre sus sedientas criaturas. Es el calor que necesita mi piel, la luz que ansían mis ojos, la música que sosiega e inunda mi ser. Es el perfumado horizonte de flores que busca mi corazón. Es la Felicidad plena que creó al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. Es pura Gratuidad que no espera respuesta, sólo anhela que su regalo haga feliz al otro. No hay precios que pagar, no hay expiaciones que colmar.

Entonces, la venida de Cristo ¿para qué? Para que no perdamos el regalo. Para que no mendiguemos comida de cerdos teniendo un Padre millonario. Dios nos creó libres “a su imagen y semejanza” pero elegimos emplear ese don contra nosotros mismos. Huimos de nuestra humanidad y nos convertimos en alimañas (“homo homini lupus”). Contagiamos nuestras erradas decisiones a las generaciones siguientes. Y nos fuimos hundiendo en la violencia, el temor, la oscuridad y la desesperación. El Amor gratuito de Dios no podía quedar indiferente y decidió “recrearnos”, enseñarnos a ser humanos. Para eso viene el Hijo del Hombre, el modelo, para devolvernos nuestra identidad y, con ella, el mapa de la felicidad. Lo dice Juan maravillosamente: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Creer significa confiar, seguir, adherirse a la persona y al mensaje. Tener vida significa crecer, realizarse, avanzar hacia la felicidad para la que fuimos creados. Por eso la salvación no está en la cruz, sino en el diario seguimiento del Salvador:“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).

¿Y la pasión y muerte? Es nuestra respuesta ciega al que viene a ayudarnos. Lo cuenta el mismo Jesús en la “parábola de los viñadores homicidas” (Mt 21,33). No existe una cruz redentora querida por Dios. Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger —terrible y vergonzante paradoja— la religión (los religiosos de hoy deberían meditar seriamente esta historia).

Ante nuestra libertad criminal, Dios pudo quitárnosla (“¿crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre que me enviaría doce legiones de ángeles?” – Mt 26,53). Hubiese sido la destrucción del hombre porque sin libertad dejamos de ser humanos. Su obra creadora hubiese fracasado. La respuesta no fue fulminarnos sino enseñarnos. Y ahí entra la pedagogía del Crucificado: “vencer el mal con abundancia de bien” (Rom 12,21). Ante la atrocidad de nuestra libertad deicida, Él certifica con su sangre los valores de su mensaje: paz, amor, verdad, confianza, perdón, fortaleza, etc. La resurrección probará que esos valores, por los que Cristo se deja matar, son el camino del triunfo definitivo.

Desde entonces el Crucificado Resucitado es nuestro ejemplo, nuestro camino de realización. Y le llamamos Redentor porque nos redime del fracaso como seres humanos. Su dolor resucitado, además de refrendar el Mensaje, es consuelo y esperanza para los que sufren, en cualquier tiempo, bajo las garras del mal: “No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28).

El corazón maternal de Dios no puede renunciar a su deseo de hacernos felices. Ésa es la finalidad de la creación, de la encarnación y de la pasión. Ése es el regalo de su Gratuidad. Quien estúpidamente lo rechaza en esta vida tendrá que rehabilitarse en la otra, tendrá que hacer la dolorosa gimnasia de convertirse en humano, o sufrir indeciblemente al darse cuenta de que rompió su décimo premiado (“allí será el llanto y el rechinar de dientes”). La posibilidad de ser feliz está indisolublemente ligada a la naturaleza humana. Un perro podrá estar satisfecho pero nunca feliz. Nadie que renuncie a la “imagen y semejanza”, inmersa en su humanidad, podrá encontrar la felicidad. Por eso la “parábola del hijo pródigo” —síntesis de todo el Evangelio— es una historia de gratuidad, libertad errada y felicidad recuperada (“volveré junto a mi Padre”).

Ni salvados, ni redimidos, pero sí iluminados, llamados, atraídos y abrazados. De ti depende caminar el Camino de tu redención, tu salvación, tu humanización y tu felicidad.

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Más información

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One response

25 03 2008
Mª Pilar García

Al leer este artículo mi esperanza se renueva, porque nos acerca a un Dios verdaderamente enamorado de los hombres, porque somos su obra más querida y perfecta… “a su imagen y semejanza”
¡¡Gracias por hacérnoslo tan cercano, por despertar el deseo de encontrarnos con Él!!
Mª Pilar

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