Yo invito, ¿y quién paga?

26 04 2008

Por María Isabel Montiel*

¡Cómo nos lo pasamos…! Cuando no celebramos un cumpleaños, es un bautizo, cuando no, una primera comunión o una boda; y si no, una despedida de soltero, o que vamos a irnos de vacaciones; o la fiesta de la Primavera o de Halloween, o… La lista sería interminable y me dejaría algo por festejar.

Es bonito que nos reunamos para celebrar acontecimientos alegres de la vida, pero ¿no nos parece que hemos desvirtuado un poco esa alegría? Nos ocupamos más del boato de la celebración que de lo que significa para nosotros, o para quién se ha organizado la fiesta.

Los niños ya no se invitan de palabra a sus respectivos cumpleaños, lo hacen con sofisticadas invitaciones que no han “fabricado” ellos, utilizando su imaginación, sino que las venden estandarizadas. El “cumple” no suele celebrarse en casa sino en lugares diseñados para tal efecto, con el consiguiente desembolso económico del que invita y del invitado, ya que éste tiene que compensar el gasto de la merienda, juegos, magos, etc. que incluye tal celebración. Muy cómodo, pero ha perdido la intimidad y sencillez de cuando estaban rodeados del ambiente familiar y no desequilibraba ninguna economía.

Los bautizos y, sobre todo, las primeras comuniones, se han convertido en actos sociales que empañan un poco su verdadero sentido. En la primera comunión de un niño casi lo que menos importa es la ceremonia. Es sobre todo un “macrobanquete”, con el consiguiente “macrogasto” que lleva implícito, no sólo para los padres de los niños a cuya fiesta nos unimos, sino para los que corresponden a la invitación con caros regalos, que cubrirán en parte el coste del restaurante.

Lo de las bodas es ya el “no va más”. El gran banquete, precedido del cóctel, y la correspondiente barra libre durante el baile, hipotecan, en no pocas ocasiones, a las parejas o a sus familias por la sencilla razón de que “no van a ser menos que otros”, o “que todo el mundo lo hace“.

¿Y qué decir de las locas despedidas de solteros? Con sus gogós y boys, tan imprescindibles en este tipo de fiestas, a menudo de dudoso gusto, pero a las que uno no puede resistirse si no quiere que le tachen de ñoño, y a pesar de que quizá les apeteciera más celebrar una divertida cena con los amigos.

fiestaPero sin llegar a esos caros festejos, no se quedan atrás las comidas de empresas, de Navidad, o de otras mil cosas que nos ha impuesto la moda y que nos convierten en esclavos de ella, por no atrevernos a ir contra corriente por si nos tildan de raros o aburridos.

El asunto es más serio de lo que parece porque se trata, casi siempre, de consumismo puro y duro al que nos unimos por inercia y movidos por lo que desde fuera nos imponen. No ejercemos nuestra libertad y, de forma inconsciente, acabamos yendo por “dónde va la gente…”

Dice un refrán popular: “Si se estila llevar albarda, póntela y calla”, y ahí vamos todos con nuestras albardas de la costumbre, la presión social y hasta de las ideologías. La adaptación se ha convertido en la primera ley para vivir en este mundo de hoy.

Todos tenemos alguna de esas “esclavitudes” pero como estamos tan habituados a ellas, ya ni nos lo parecen. Aunque interiormente nos rebelemos, no nos decidimos a llevar la contraria a la tiranía de las modas y del “qué dirán”.

Lo curioso es que, en esos momentos de sinceridad con nosotros mismos, hasta tenemos remordimientos por el despilfarro que aquí practicamos, mientras en muchas partes del mundo se mueren de hambre. Sí, porque mueren adultos y también muchos niños por desnutrición, por esclavitud, o por ambas cosas, mientras nosotros nos damos esos “caprichos”.

Bastantes objetos de los que consumimos están fabricados por las pequeñas manos de niños de países pobres, a los que se subcontrata para abaratar la mercancía. Algunas de sus familias malviven con dos dólares diarios, y son más de 400 millones de niños los que viven bajo diversas formas de esclavitud, sin educación, sanidad y lo mínimo imprescindible para una vida digna.

El llamado primer mundo es bastante responsable de esa situación, y aunque no esté en nuestra mano el resolverla del todo, sí que podemos contribuir a mejorarla cambiando un poco nuestro estilo de vida.

Nos hemos enrolado en esa vorágine del consumo y lo peor es que se lo estamos transmitiendo a las nuevas generaciones, que ya se creen con el derecho a malgastar lo que consideran exclusivamente suyo. Pero no olvido nunca algo que en cierta ocasión leí: “Mientras haya hambre en el mundo, no somos enteramente dueños de nuestro dinero”. Todo ser humano tiene derecho a los bienes de la tierra, independientemente del lugar en que haya nacido, y por consiguiente, estamos obligados a compartirlos y a luchar para que lleguen a todos.

No se trata de que de pronto nos volvamos austeros en extremo, ni de que dejemos de celebrar ciertos acontecimientos, pero sí de que nos cuestionemos si es necesario hacerlo con tanta ostentación, y sólo movidos por la corriente imperante de gastar y aparentar. Empecemos a ser libres para decidir por nosotros mismos y no nos dejemos manipular porque, a veces, la única libertad que ejercemos es la de elegir nuestra propia “servidumbre”.

Que nuestras celebraciones sean momentos para compartir con otras personas la alegría de los acontecimientos de nuestra vida y no un mero consumismo. Lo mejor de la fiesta será la oportunidad para reunirnos y encontrarnos con el otro, y no lo que consumamos en ella.

¡Felices y sencillas celebraciones!

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria

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One response

26 04 2008
Vicente Gutiérrez

Felicidades, Maribel, por este artículo. Me has llevado a dos cuestiones que quiero compartir con todos:

1º El sistema cultural celebrativo está cambiando. Esto se debe, en gran medida, a la monocultura globalizadora que se va imponiendo a marchas forzadas. Es increíble, pero esta invasión cultural se alimenta de uno de los países con menos tradición cultural del mundo: Estados Unidos. Las despedidas de solteros y/o solteras, los cumpleaños celebrados en los fast-food, el Halloween (fiesta de origen celta disvirtuada por los norteamericanos y que ahora se celebra en cualquier lugar del mundo, incluso en Bangkok, sin saber muy bien qué es lo que se celebra), comidas de empresa, bodas al estilo de Hollywood, etc. etc.
Es cierto, amiga Maribel, nos estamos vendiendo totalmente y sin ningún tipo de resistencia. Adiós a nuestras tradiciones, a nuestra cultura, a nuestra historia…, adiós, en definitiva, a nuestra identidad, a nosotros mismos. Cuando alguien ya no sabe quién es, es más fácil el decir quién tiene que ser. Triste pero cierto.

2º La responsabilidad social de la que hablas en tu artículo es totalmente cierta. Juan Pablo II lo sentenció en una frase: “Sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social” (cf. Mt 25, 31-46). No hay más que añadir.

Gracias, Maribel, por hacernos reflexionar.

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