Proyecto de vida

2 05 2008

Por Darío Pérez*

Te voy contando y luego le doy sentido ¿vale?

Cuando en el “cole” te tocaba elegir a los componentes de tu equipo, ¿qué era lo primero que preguntabas? Preguntabas a qué íbais a jugar, no fuera que eligieras a los más bajitos y tocara baloncesto (o a los más escuchimizados y el deporte fuera halterofilia o sumo…).

Imagínate ahora que encargas los muebles de tu casa sin haberla visto nunca. Pides cuatro camas y sólo hay un dormitorio. Encargas cortinas para el salón y no hay ventana allí. Encargas un mueble para la cocina que no cabe de ancho, un frigorífico demasiado alto y te quedas corto de baldosas para los dos baños…

Un profesor bastante distraído llegaba tarde a dar su clase. Saltó dentro de un taxi y gritó: ¡Deprisa! ¡A toda velocidad!

Mientras el taxista cumplía la orden, el profesor cayó en la cuenta de que no le había dicho adónde tenía que ir. De modo que volvió a gritarle: ¿Sabe usted dónde quiero ir?

No señor -dijo el taxista- pero conduzco lo más rápido que puedo.

Estás en un barco, oyes el llanto de un niño solo en su camarote y te quedas a consolarle, extrañado de que sus padres tengan el cuajo de abandonarle.

Horas más tarde, sus padres regresan. Vienen de achicar agua del barco para evitar que se hundiera.

Te das cuenta entonces de que no veías la situación en conjunto: achicabas el agua menos importante, la que te parecía más inmediata.

Un padre ha tenido que traerse a su hijo a la oficina y, para que no le moleste, se le ocurre darle una hoja de revista. En ella sale la imagen de un mapamundi y se lo da hecho trozos para que lo recomponga.

Al niño le será imposible porque no conoce el mapa del mundo y no sabe qué tiene que construir.

Todo en la vida se proyecta… menos la vida. En función del deporte, elijo integrantes. En función de la casa, escojo muebles. Según sea la tarea que debo realizar, preparo las herramientas necesarias. Pero la vida no; la vida la vivimos a pelo, a ciegas. Al taxi de la vida nos subimos y a correr. No indicamos dónde ir, ya será la masa la que nos arrastre en su dinámica (por cierto, impersonal y vacía).

Si para algo tan simple como construir un puzzle, necesitamos la imagen de referencia a la que queremos llegar, ¿por qué la vida la vivimos sin horizonte? El que no proyecta su vida, acepta piezas de cualquier puzzle y le acaba saliendo algo irreconocible. Hagamos proyecto, escojamos lo que encaja, rechacemos lo que desentona.

Obviamente, el proyecto se puede hacer de mil maneras, pero voy a proponer aquí una alternativa en tres pasos:

  • IDENTIDAD: Analizar cómo soy. Medir mis habitaciones y contar las estancias de la casa. Conocer mis virtudes, mis defectos, mis prioridades. Tomar medidas para saber qué traje debo diseñar.
  • DIRECCIÓN: Sabiendo cómo soy y dónde estoy, decidir desde Dios hacia dónde me dirijo. La santidad, la bondad, la entrega no se improvisan (no tiran hacia lo primero que ven, contemplan en global y disciernen las necesidades más importantes).
  • RESPONSABILIDADES-LÍNEAS DE ACCIÓN: Contrasto mi dirección con la realidad que vivo y plasmo el modo de llegar a mi destino en líneas de acción, en pequeñas etapas que puedo evaluar si voy cumpliendo. La disponibilidad es ponerse en manos de Dios, no es dejar nuestro día vacío para tener hueco para lo que nos pidan. El análisis no es si mis obras son buenas, sino si son las mejores, si son óptimas.

Tan fácil como eso (o tan difícil) es hacerse un proyecto. Yo insistiría en la importancia de emprenderlo desde Dios y en la de hacerse acompañar de un guía exigente, que nos abra los ojos a todas las posibilidades y nos muestre la baraja completa cuando sólo queramos ver las cartas marcadas. Arrancaría con unos buenos ejercicios espirituales (¿por qué no los Ignacianos, que se realizan sin salir de tu propia realidad?) y plasmaría después sobre el papel lo que será el plano de mi casa.

Ah, ¿y sabes qué? El niño acabó reconstruyendo el mapamundi. Su padre le preguntó cómo lo había hecho y él le contestó que gracias a la imagen del otro lado de la hoja. En ella aparecía un hombre sonriendo y, como esa imagen sí le era familiar, el niño había sido capaz de recomponerla.

Igual ocurre con todo. Reconstruyendo hombres felices y plenos (nosotros mismos), reconstruiremos el mundo. Un último favor: haz tu parte.

* Darío Pérez es Salesiano Cooperador y miembro del dúo musical Darío & Guzmán

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3 responses

7 05 2008
Álex

Una vez más, llenáis el blog de creatividad, de ingenio, de talento, de palabras cercanas y certeras que apuntan al corazón…

¡Gracias!

28 11 2008
JCLS

Sabias palabras…

17 11 2009
Gar

Que hermoso escrito *-* me encantó :)

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