Testigos, pero no “de cargo”

20 05 2008

Por María Isabel Montiel*

Recordábamos hace muy poco, en el día de Pentecostés, que Jesús envió la fuerza de su Espíritu sobre los discípulos para que fueran sus testigos, en Jerusalén, en Judea, y en toda la tierra. Actualmente, nosotros los cristianos tomamos el relevo y debemos ser testigos de Cristo en el mundo y en la realidad de hoy.

Los testigos de Jesús intuyen las “huellas de Dios” y se esfuerzan por descubrir los signos positivos que hay en el mundo que les ha tocado vivir. Su visión de la vida estará enriquecida por la experiencia de Dios, pero no vivirán al margen del mundo.

El testigo sabe que vive en una sociedad en la que, incluso en su mismo entorno, unos han abandonado la fe, otros viven una “religión a la carta” y hay quién no comparte nuestras convicciones religiosas o tiene distintas creencias. Esto no va a desanimarle, ni le va a convertir en “testigo de cargo” contra esas personas, por considerarlas adversarios a los que hay que rebatir o condenar. Los cristianos tenemos que respetar la postura del que no lo es o piensa diferente, y hasta entender a veces su rechazo a la fe y a la religión. Porque nosotros hablamos de un cristianismo ideal, pero ellos ven el cristianismo real, que no siempre se corresponde con el Evangelio.

Lo que sí podemos hacer es proponerles la fe en Cristo, sin tratar de imponerla, sin prepotencia. Les invitaremos a seguir el camino que a nosotros nos hace vivir de manera más coherente y feliz, descubriendo nuevos horizontes y conociendo mejor a Jesús. Y si no aceptan la invitación, siempre podremos compartir con los que no tienen fe la experiencia humana, el deseo de paz y justicia, sus luchas y esperanzas. Posiblemente descubramos que no tenemos los cristianos el monopolio del amor y la generosidad.

Dios está en el fondo de cada vida y se comunica con cada persona por diferentes caminos, que no tienen por qué pasar por la fe religiosa ni por la Iglesia. El propio Concilio Vaticano II reconoció que en los pueblos no cristianos hay también verdad y gracia, debidas a la secreta presencia de Dios. No seamos por tanto tan orgullosos de creer, que los que no comparten nuestra fe no tienen nada que aportarnos. Por el contrario, pueden ser el instrumento que Dios utiliza para abrirnos a otras realidades. Tengamos en cuenta que la auténtica relación humana supone no sólo dar, sino también recibir.

El no creyente puede dudar de Dios, pero no lo utiliza, como hacemos nosotros a veces cuando le subordinamos a nuestros intereses. Sus críticas y preguntas nos van a invitar a revisar la idea que tenemos de Dios, a cuestionarnos en qué Dios creemos. Eso nos recordará que la fe es búsqueda y no rutina. Muchos de ellos también buscan la verdad y el sentido de la vida.

La religión, y por tanto, la fe, no es algo aparte de la vida. Es una expresión fundamental de ella que nos va a ayudar a potenciarla, dignificarla y gozarla.

Como testigos hemos de ser capaces de transmitir a los demás que nuestra fe no se fundamenta en creer en unos dogmas y cumplir unos determinados mandatos (aunque eso sea importante) sino en creer en Alguien. Un Dios que da sentido a nuestra vida, que nos ama y nos invita a amar a los demás por encima de todo, que nos perdona y se compadece de los pobres y de los que sufren, que nos hace sentirnos felices y esperanzados a pesar de las dificultades.

Si nuestro testimonio es verdadero, si no intentamos transmitir “sabiduría” sino la propia experiencia de Dios que nos lleva al encuentro con los hermanos, el que no tiene fe puede seguir sin recibir ese don, pero se hará preguntas sobre cuál es nuestro secreto para mostrar esa actitud ante la vida.

Todo ser humano, aunque no siempre sea consciente de ello, busca la trascendencia, y muchos desearían ardientemente ese encuentro íntimo con Dios que les proporcionaría la paz que anhelan. El testigo puede ayudarle en esa búsqueda, incluso pueden buscar juntos el camino que conduce a ese objetivo ansiado, aunque no siempre el “viento” sople a favor.

El verdadero testimonio no se da con grandes discursos ni grandes obras, se da como de pasada. Se va irradiando con una manera de ser, de vivir, de creer y sobre todo, de amar.

Y con ello no hay que pretender convertir a nadie, ni hacer que crezca la Iglesia con nuevos miembros. Lo que importa es mostrar el estilo de Jesús. Él aliviaba el dolor, ofrecía el perdón, expulsaba el mal, anunciaba la Buena Noticia, pero no retenía a nadie.

Para el cristiano lo más importante no son las creencias, ni las exigencias éticas, sino el encuentro personal con Cristo, y una forma de hacerlo puede ser la oración. Ésta nos dará la fuerza para afrontar la vida desde Él, a su manera, y hará que vayamos adaptando nuestra voluntad a la de Dios.

El testigo debe ser comprensivo con el no creyente y no intentar a toda costa atraerle, más bien le demostrará con su vida que merece la pena ser cristiano y que la fe en Jesús, y la Buena Noticia del Evangelio, le da esperanza y capacidad de amar, incluso a los que no comparten con él esa fe, o son detractores o perseguidores suyos.

Agradezcamos a Dios el regalo de la fe y de las personas que ha puesto en nuestro camino, que nos han mostrado la figura de Jesús y su Evangelio, a través de las palabras y, sobre todo, de su testimonio.

Nuestra tarea ahora es seguir siendo testigos en este mundo tan diverso y en este tiempo en que prima más el tener que el ser. Apostemos por el ser humano en todas sus facetas y seamos coherentes con lo que “predicamos”.

¿Y por qué no confesar a todos, que lo mejor que nos ha pasado en la vida ha sido conocer a Jesús y que ésa es la causa de nuestra alegría?

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria

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