No me apearé del Evangelio y sus consecuencias

23 05 2008

Por José Ignacio Calleja*

SamaritanoMe llegó una pregunta y la intento responder. Cuando me preguntan por el significado de “una mirada samaritana” en la vida cristiana, sobre qué significa en concreto, pienso obviamente en “la parábola del buen samaritano“. A tal fin, recomiendo vivamente la lectura del texto evangélico (Lc 10, 25-37) y mejor aún, si nos acompañamos del estudio de sus significados, así en plural, en algún buen autor. En el Jesús de Nazaret de Benedicto XVI, por ejemplo. Y por supuesto, en todas las cristologías y aproximaciones históricas a Jesús que están más a mano y reconocidas. La de Pagola también, claro que sí.

Pero a la vez, este momento pensado y orado del samaritanismo cristiano necesita de una experiencia personal muy sencilla y muy honda, y como digo, simultánea: la experiencia vivida entre, o al menos cerca, de gente necesitada e injustamente tratada. Uno percibe alrededor personas con toda clase de necesidades y, especialmente, aquellas que se traducen en exclusión, olvido, desesperación, injusticia e indignidad. Todos sabemos que las necesidades de sentido y amor de Dios son vitales. Con uno u otro lenguaje, el creyente cree que todas las personas buscamos el Amor detrás de cada ilusión y sueño de felicidad. Pero reconocemos que las personas con necesidades primarias sin cubrir, para sí y sus hijos, son la interpelación primera de Dios a los hombres. Desde la noche de los tiempos nos acucia esta pregunta, ¿Qué es de tu hermano?… ¡Acaso soy yo guardián de la suerte de mi hermano! Y en el amanecer del tiempo de Jesucristo, vuelve la misma cuestión de parte de Dios, ¿quién se hizo prójimo de aquel que estaba en necesidad a mano de los salteadores de caminos?

Hay aquí una clave de lectura evangélica que suma las dos dimensiones de la vida de fe: hacia Dios y su desvelamiento como Amor que se nos regala y entra en nuestras vidas de seres necesitados, porque sí, porque Él es así, bondad y compasión gratuitas, siempre ofrecidas a la libertad del ser humano; cuando se tiene esta experiencia, cuando se acoge pues ahí está ofrecida, ya nada es igual en la fe; ni en el trato con Dios, “Abba”, una relación personal de gran intimidad a imagen de Cristo, el Hijo, ni con los demás, porque creer es dejar pasar la experiencia propia del amor de Dios para que la gusten otros; uno habla y hace así lo que ha conocido antes; y puesto que eso es gratuidad y donación, por ahí anda la verdad del evangelio; en castellano, de la verdad del corazón habla la boca.

La otra dimensión, decía que eran dos, mira hacia el hombre, el ser humano, no sólo como destinatario de la acción caritativa y evangelizadora, el anuncio integral de la fe, sino también, como experiencia desde la que oramos, pensamos y hablamos a nuestro Dios. Es decir, los otros, ¡también nosotros, claro está!, la gente en sus situaciones más difíciles, o más ejemplares, por qué no, pero en general, más sufrientes e hirientes para la dignidad, las gentes tratadas más injustamente son una interpelación necesaria y preferente para acceder a cómo Jesús es Mesías o Cristo de Dios y cuál es el Dios de Jesús. Claro que hay una Tradición cristiana al respecto, y un Magisterio, y un Credo formulado con precisión, pero la fe en Jesucristo y en su Dios, el nuestro, tiene esta condición kenótica y samaritana que nos obliga a todos, ¡también al Magisterio!

Es decir, Dios en Jesucristo se abaja hasta participar de nuestra condición humana y lo hace asumiendo de ella todo, menos el pecado, en la persona y vida de un hombre sencillo, próximo a los más débiles y loco de amor y de compasión por ellos; y esto tiene un significado radicalmente serio para la moral, la teología, la pastoral y la oración. Esa condición kenótica de la Encarnación he dicho que es consustancialmente samaritana, es decir, toda ella entregada a realización del evangelio como lo que es, Buena Nueva de la Salvación de Dios para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y especialmente, para los más pobres y sencillos, los humildes y olvidados, para los que Dios, el Dios que conocían, no era buena noticia, sino juez que los había castigado por motivos sin cuento. Esta historia se acabó con Jesús. No el pecado y los pecadores, no que se nos regale la perfección por ser más pobres o menos, sino que las prostitutas y los pecadores os precederán en el reino de los cielos;… que nadie puede servir a dos señores, … que el sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado,… que en el cielo hay más alegría por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión… etc. Si es cuestión de leer el Evangelio con un poco de equidad y ver que en esta sensibilidad samaritana para con los necesitados —¡porque Dios es así, en la palabra y persona de Jesús!— nos jugamos el ser o no ser de la verdad cristiana.

No me voy a ensañar con quienes se pasan el día a la caza de brujas en la fe. Caería en el exceso que critico y les daría más importancia de la que tienen. Yo siempre digo que el Evangelio no es mío, ni del otro o de aquel. No es de nadie, y a la vez es de todos. Es un regalo de Dios a su Iglesia y al Mundo. Pero es tan claro en algunas preferencias éticas y espirituales, las que tienen que ver con ese abajamiento y samaritanismo, las que se distancian del poder y la soberbia, las que saben compartir lo propio y ponerse en lugar de los otros más débiles y olvidados, las que no tiran piedras sobre los pecadores, las que saben ser gratuitas con todos y saben perdonar, incluso a los enemigos… es que es tan radical, que es lógico que le demos un cepillado para acomodarlo a nuestras fuerzas, ¡pero no de cualquier modo!

A fuer de repetirme, siempre digo que esa dimensión samaritana de nuestra fe, esa hermandad radicalmente buscada en un mundo no fácil, ¡tampoco la Iglesia lo es!, necesitamos captarla en su dimensión social, es decir, qué leyes, qué estructuras laborales, comerciales, financieras, económicas y culturales, facilitan, o dificultan, y hasta impiden, que la caridad cristiana sea caridad y cristiana, para convertirla en beneficencia de ricos; qué silencios hacen de la mejor caridad, una caridad sin denuncia y así insuficiente, por más que ejemplar, ¡cómo negarlo!; y hasta qué punto esas mismas condiciones hacen que la mejor teología y evangelización, la pastoral misma y mi vida cristiana, la de cada día y más mía, por no considerarlas y asumirlas, se conviertan en un mensaje de salvación ideológico, noticia que dulcifica y encubre la Buena Nueva en aquello que nos resulta insoportable a cada uno y a la Iglesia misma como Comunidad de Fe. Dicho queda.

Pero esto, para otro día. Saludos

* José Ignacio Calleja es sacerdote, profesor de Moral Social Cristiana y otras materias en la Facultad de Teología de Vitoria.

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