Cultura cristiana vs. inculturación

16 07 2008

Por Jesús Sánchez Camacho*

Diseño - Rogelio NúñezProbablemente, cada llegada de la aurora provoque en todo cristiano el interrogante de cómo ha de inmiscuirse el Misterio de Cristo en las entrañas de la sociedad. Así pues, diariamente podrían brotar las siguientes preguntas: ¿cómo he de testimoniar el mensaje que late en mi corazón?; ¿cómo he de presentar esta noticia a mis contemporáneos?; ¿cómo he de hacerla significativa?

En la actualidad vemos que, al intentar descifrar la respuesta de estas radicales preguntas evangelizadoras, muchos intentan acercar al hombre de hoy el Misterio de siempre, creando una cultura específicamente cristiana. Esta supuesta cultura cristiana, que cobra el riesgo de sentirse altavoz oficial de la Comunidad eclesial, a veces bordea sutil y no tan sutilmente, doctrinas concretas que normalmente precipitan la pureza del mensaje evangélico. Sus creadores piensan que todo aquello que no pase por el tamiz de sus ideologías, es producto del mal o está en las antípodas del cristianismo.

Precisamente, es este pensamiento el que está en las antípodas de la espiritualidad cristiana que, fundada en la persona de Jesús, apunta hacia el encuentro con el hombre, a pesar de la nación, sexo o raza a la cual pertenezca. No podemos vallar el cristianismo, encerrándolo en un gueto social concreto, en un medio de comunicación, en una línea filosófica o literaria, o en un partido político que normalmente defienda los intereses de la cúpula jerárquica eclesial.

A pesar de no poder dilucidarse con meridiana claridad el cerco que dibujan nuevos movimientos eclesiales cuando ponen limites a la amplitud y universalidad de la experiencia cristiana, la absolutización de un cristianismo dependiente del legado cultural de occidente, viaja no pocas veces subterráneamente por las criptas de diversas asociaciones cristianas. Sus componentes no se han percatado de que el cristianismo no ha de regirse por los modernos idearios estereotipados izquierda-derecha, sino que ha de caminar buscando el horizonte de la experiencia transcultural. Presentar un cristianismo transoccidentalizado es uno de los retos más importantes para la Comunidad eclesial de hoy.

Los valores eternos han de estar por encima de sus expresiones, pues a veces podemos cometer el error de confundirlos con las formas temporales de presentar el Misterio, las cuales sólo han de responder a las demandas de unos parámetros culturales concretos. Los valores de siempre —aquello que la tradición eclesial ha denominado depositum fidei— han de experimentarse en la interioridad del hombre de hoy, y por ende, poder ser materializados en el andamiaje de cualquier realidad cultural. Aplicando este símil al pensamiento de Justino podríamos decir que en el andamiaje de una cultura concreta se podrían dar significativas piezas, que sostuvieran el armazón que colabora con la construcción del edificio de la verdad. Recordemos que los vestigios de la verdad no sólo se manifiestan en los que creen en Cristo, sino en todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible” (GS 22).

Así pues, no hemos de confundir el andamiaje de cada cultura con el edificio que supone ser el contenido de aquellos elementos universales compartidos por la mayoría de las realidades culturales existentes en nuestro planeta. Por ello, el edificio cristiano ha de ser modelado por la pluralidad de andamios existentes, de tal modo que el binomio cristianismo y cultura quede armonizado, en orden a que ambas realidades se enriquezcan mutuamente.

La teología del siglo pasado ha denominado desde el apelativo inculturación a este camino ortopráxico de la acción eclesial. La inculturación del Misterio cristiano consiste en penetrar las entrañas de una idiosincrasia concreta y, desde ahí, potenciar los valores positivos existentes en ellas, así como declinar aquellos contravalores que son un verdadero lastre para el desarrollo unitario e íntegro de la persona.

Aunque algunos no comprendan la riqueza que este concepto puede aportar al reto evangelizador y califiquen este término como novísimo, tildándolo casi de inservible, la inculturación es una realidad que aconteció en los albores del cristianismo. En el libro de los Hechos vemos no pocas veces que los primeros cristianos —Pablo, Bernabé, Pedro, e incluso Santiago— sentían el ardor de trasmitir el mensaje de Cristo a todos los pueblos. Además, hoy podemos observar que en recientes documentos oficiales se utiliza esta misma terminología para subrayar la misión de la Iglesia en otras culturas.

En la actualidad, desde el renacimiento de algunas formas evangelizadoras apologéticas, podemos interpretar que la praxis de este término esta siendo entrecomillada, debido a la excesiva estridencia de algunas voces provenientes de específicas esferas cristianas, que optan por ensañarse y condenar los valores temporales de nuestra realidad histórica. Sin embargo, la pluralidad de valores que se respiran en nuestra atmósfera histórica no tiene por qué ser antitética a los valores eternos proclamados por el cristianismo. Tanto el saber científico como el filosófico, no deberán suponer una inexorable amenaza para el camino de la fe. Por el contrario, el espíritu del Concilio Vaticano II se desmarca de la condenación de la realidad intramundana. En este sentido, las ciencias, el pensamiento no cristiano, y la cultura no occidental, pueden desempeñar para la Comunidad eclesial cauces humanos que pavimenten la autopista que nos aproxima a la contemplación de la verdad.

* Jesús Sánchez Camacho es laico, licenciado en Estudios Eclesiásticos.

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