Pecar en verano

21 08 2008

Por Jairo del Agua*

Caminábamos con gozo y esfuerzo por una ruta de los montes cántabros. Durante un tiempo avanzamos, como césares, bajo un interminable arco verde de árboles frondosos. Nos refrescaban e impedían que nos tocase un solo alfiler del sol. Cuando llegamos a los acantilados unas empalizadas acotaban el camino. Mi hijo me preguntó: ¿Aquel triángulo vallado en medio de la maleza qué significa papá? Probablemente es un pozo o la boca de una sima, le respondí. Estas vallas laterales y aquella triangular nos avisan de un peligro.

Son como los preceptos morales, cuyos finos trazos sobre el papel no impiden que podamos quebrantarlos, pero nos están advirtiendo de peligros concretos. Pecar no es saltarse la norma, pecar es “causarnos daño o causárselo a los demás; ponernos en peligro a nosotros mismos o a otros”. A veces no es fácil renunciar al peligro. Ahora mismo nuestra curiosidad podría hacernos saltar estas sencillas maderas para ver mejor el acantilado, pero con peligro evidente de caernos por él. Por eso quien pone las empalizadas y las normas nos hace un favor. De sabios es respetarlas.

¿Pero, papá, pecar no es ofender a Dios? Yo creo, hijo mío, que pecar es ofender al hombre a quien Él ama. Ningún ser humano es capaz de ofender a Dios porque no le puede alcanzar. Nosotros no nos ofenderíamos si una gaviota nos sacase la lengua. ¿Te lo imaginas? Nos reiríamos con ganas.

La “ofensa a Dios” tiene su origen en sociedades poco humanizadas en las que el temor al Ser Supremo motivaba la conducta y frenaba los atropellos a las personas. Para los cristianos la motivación debería ser el amor a nosotros mismos y a los otros. Ésa es la concreción del amor a Dios. De ahí nacerá no sólo el respeto a las normas (evitar el peligro) sino la solidaridad (ayudar a quien cayó en el daño). Ésa es la síntesis de nuestra moral. Lo decía San Pablo: “No debáis nada a nadie; amaos unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley…, todo se reduce a esto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El que ama no hace daño al prójimo; así que la plenitud de la ley es el amor” (Rom 13,8). Lo dice el Evangelio: “Cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos pequeños conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

¿Entonces, los deberes para con Dios? Veamos, hijo mío: ¿Tendrá un niño pequeño obligaciones para con la madre que le alimenta y le cuida? Lo que quiere la madre es que el niño crezca, se desarrolle y sea un adulto feliz. Exactamente lo mismo que quiere Dios para cada uno de nosotros: “He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn.10,10). Dios no es un ser abstracto o un frío concepto. Es la Vida que, desde dentro de nosotros mismos, nos impulsa a ser más y mejores. Es el Amor que nos está creando y proyectando hacia la plenitud para que seamos nosotros mismos, plenamente humanos. Prescindir de Dios a quien realmente perjudica es al propio hombre, lo mismo que a una planta le perjudica carecer de luz.

En la catequesis debería explicarse, por ejemplo, que la “obligación” de ir a Misa no es un deber para con Dios, sino una mínima condición de supervivencia para el individuo, necesitado de alimentar su vida interior. Porque -querámoslo o no, sepámoslo o no- Dios es el reactor nuclear de nuestra vida, la energía que nos empuja hacia la plenitud. Negarse a recibir esa energía es optar por la debilidad o la muerte. Prescindir de Dios no le perjudica a Él, nos perjudica a nosotros mismos. El Padre no llora por su honor olvidado sino por nuestro daño, lo mismo que una madre llora desconcertada ante el hijo que rechaza el alimento. Tal vez sólo una madre, que ha perdido un hijo, sea capaz de intuir lo que Dios “siente” cuando nos despeñamos.

Lo he visto claro cuando mi amigo Juan me contó su último problema: un desliz de su hija con el novio y… embarazo al canto. Mi amigo estaba triste, dolorido, abatido. Quise animarle y le dije: un error lo tiene cualquiera; hoy la sociedad comprende mejor estas cosas, nadie le va a poner etiquetas; además, el que esté sin pecado que tire la primera piedra…

No, si no me importa el que dirán, respondió. Ni siquiera me importa que mi hija haya olvidado los principios que con tanto amor le hemos enseñado. Lo que realmente me importa es ella, la prematura carga que ha echado sobre sus hombros. Conseguir la autonomía personal y económica ya es suficientemente difícil en el mundo en que vivimos, con la responsabilidad sobrevenida de un hijo le va a ser más arduo. Lo que me duele realmente es el dolor de mi hija, sus dificultades futuras. Y me duele, además, el quebranto de los derechos del hijo. Este niño tiene derecho a una seguridad material, a una seguridad afectiva y a unos padres suficientemente adultos. Me temo que todo eso no lo tendrá completo.

Fue entonces cuando se me encendió la luz. A mi amigo Juan le pasaba lo que al Padre del hijo pródigo. No hay reproches, no hay juicios, no hay recortes de libertad, no hay rígidas normas que cumplir para recibir la herencia. Sólo hay dolor por la ausencia, dolor por el perjuicio que el hijo se causa a sí mismo, dolor por el dolor del hijo. No se siente ofendido, ni acumula correcciones, venganzas o castigos. El pecado ya trae su penitencia. Sufre con el que sufre y complica su propia vida. Se duele por el hijo millonario que malvive como un mendigo. Y espera, siempre espera, abiertos los brazos y horneados los besos.

Mientras pecamos y nos sentimos culpables por haberle ofendido, he aquí que el Padre sólo se preocupa del rasguño o el desgarro por el que se nos infecta la vida. Mientras repasamos las cuadrículas morales que hemos roto, el Padre busca los agujeros abiertos -en nuestra vida o en la vida del otro- para detener la hemorragia apretando con su abrazo. Mientras nos empeñamos en pasar hambre y arrastrar la vida, nuestro Padre Dios siempre nos espera con nueva vida y la mesa puesta. Mientras nos apuñamos el pecho por la ofensa proferida, Él se inclina y nos pregunta solícito: ¿Hijo mío, te has hecho daño?

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Otros artículos suyos

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21 08 2008
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