Volver con los gusanos

4 09 2008

Por Jairo del Agua*

He vuelto de mis vacaciones y tengo todavía en la retina la carpa multicolor de las sombrillas al borde del mar. Todavía oigo el bullicio de los bañistas intentando cabalgar las olas. Siento la brisa aventando mis garabatos. Me repelen esas desvergonzadas comadres de busto libre que provocan el instinto y turban el descanso playero. Mi ser de varón delicado e inteligente se siente agredido por la carnaza desnuda. Estas fermosas se comportan como sus peludas ancestras. No tienen la vergüenza de respetar la tranquilidad de sus vecinos, aunque éstos sean niños o adolescentes que sorben las escenas con su alma de esponja. Estas féminas cavernícolas exhiben sus mamas aceitadas o sus sebosas posaderas sin el menor pudor, sin respetar el derecho de las familias a vivir y educar con un estilo civilizado, distante de los primates.

El respeto es la asignatura pendiente de nuestra época… ¿civilizada? Cuando el próximo año vuelva con mi familia a la playa de costumbre me encontraré con esas conservadoras de ubre abierta que perpetúan el desnudo de sus “tataramonas”. A los progresistas de bañador y familia nos volverán a llamar retrógrados, precisamente porque pretendemos mejorar la conducta animal de nuestros irracionales tataradeudos. ¡Ver para creer!

También están los de la fumarada. ¡Qué absurdo cambiar brisa por nicotina! Reconozco que hay tipos simpáticos, bonachones y respetuosos entre los fumadores. Pero lo que se me hace incomprensible es la conducta de los enterradores de colillas. ¿Pensarán que alguien vendrá a exhumarlas? Los rastrillos mecánicos del ayuntamiento local no hacen más que peinar la arena y, si acaso, recoger los olvidos más voluminosos. ¿Las colillas? Ahí quedarán hasta que el mar las engulla y se envenene. Muchas quedarán ocupando playa hasta que nuestros descendientes las encuentren fosilizadas y demuestren lo irracionales que éramos los inhumanos de esta época.

La ida y vuelta de las vacaciones -para los que hemos tenido la dicha de volver- no ha resultado excesivamente conflictiva. Pero muchos, demasiados, se han quedado en el camino mientras viajaban por nuestra querida geografía nacional. ¿Quiénes son los responsables de esos viajes abortados? Habrá casos de falta de respeto -otra vez el respeto- a las normas circulatorias y a los demás conductores. Algunos -muy valientes ellos- exponen vidas propias y ajenas con su velocidad libre o su personalizada maniobra. ¿No estamos en un país libre? ¡Pues todo vale mientras no me cojan! ¡Viva la libertad! Y viva la muerte anunciada, si pudiéramos hacer vivir a la muerte… Ése es el absurdo de nuestra conducta: dar vivas a la muerte. La civilización, el respeto, la responsabilidad, parecen virtudes alienígenas.

Otra parte puede achacarse a nuestros gobernantes. Ésos que elegimos con tanto celo democrático. ¿No deberían pensar en soluciones firmes que eviten tanta muerte prevista? ¿Para qué les dotamos de autoridad? ¿Para presumir y cobrar? ¡No señores, no! Nosotros les elegimos para que den soluciones a nuestros problemas. ¿Y hay algún problema mayor que la muerte, los miles de muertes en las carreteras, por ejemplo? Esos gobernantes de papel deberían poner coto a tantos suicidas de 150 y 200 por hora. Las multas, por elevadas que sean, son para algunos como mosquito en paquidermo. Los del cochazo pueden permitirse pagar una multa como se beben un vaso de agua. La retirada del carnet, el pago inmediato, la paralización del vehículo “in situ” (¡se acabó el viaje y llame ud. un taxi o coja el autobús!) deberían ser medidas contundentes y habituales con quienes juegan con la muerte. Pero nuestros políticos de pacotilla están más preocupados por ocupar el centro y presumir de progresistas que de dar soluciones. ¿Para cuándo las soluciones necesarias a los problemas urgentes? Es mejor hacer la vista gorda y a cobrar que son cuatro años nada más…

¿Y qué decir de las carreteras, los pasos a nivel sin barrera, los puntos negros, los atascos interminables, los apagones, las basuras sin recoger y un larguísimo “et cetera”? Una vez más los políticos tienen otras preferencias. Lo que se lleva, entre otras zarandajas, son las inversiones billonarias en parques temáticos, en fuentes ornamentales, en deseos olímpicos, en la exhumación de fósiles y, sobre todo, en el AVE. Los trenes veloces van a ser la panacea: ya no habrá muertes en las carreteras, los camioneros pasarán a revisores y el desdoblamiento, la seguridad, la fluidez ya no serán necesarios. ¡Todos a volar con el AVE!

Una vez más los políticos miran a otra parte. Después se preguntarán por qué tienen tal mal cartel entre los ciudadanos. ¡Pero, señorías, si parecen ustedes pavos reales con el peso del hemiciclo en el trasero, pendientes tan sólo de exhibir sus colores partidistas mientras nos descubren sus pudendas partes y… nos dejan a los ciudadanos con el tafanario al aire! Por favor, hablen con la gente, abran los ojos y vean las prioridades que nos acucian.

Para no abatirnos con los nubarrones externos conviene volver la mirada sobre nosotros mismos, reflexionar sobre lo que nosotros podemos realmente cambiar, sobre lo que tenemos poder directo y no necesita intermediarios ni representantes. La mayoría dedicamos las vacaciones a broncearnos, a hacer deporte, a viajar -en ocasiones buscando aventuras peligrosas e inútiles-, o simplemente a dormir. Casi todos volvemos con los gusanos en la barriga.

Ciertamente muy pocas personas dedican su tiempo a cultivarse, a pensar, a intentar mejorar. Gastan tiempo y dinero en su cuidado animal pero no en su progreso personal. Vuelven a sus trabajos con las mismas tensiones y conflictos, con las mismas dudas e inseguridades. Sus relaciones seguirán siendo amargas, cortantes, tensas y su vida seguirá siendo infeliz. Han hecho una gran esfuerzo por broncearse la piel pero realmente vuelven con todos los gusanos dentro, no han progresado nada. De ahí la frustración y, a veces, la depresión de volver al trabajo.

En casi todos los países hay organismos -de carácter religioso o simplemente humano- que se dedican a la formación y crecimiento de las personas. En verano suelen intensificar sus cursos de formación. Por sus aulas pasan muchos veraneantes que quieren mejorar, salir de sus problemas, avanzar, para no volver igual que salieron, para que un año no sea la repetición del otro o, a lo peor, un descenso sobre el anterior. Bastaría con dedicar unos pocos días a la formación en profundidad, al alimento intensivo de la persona, a la búsqueda del equilibrio y la paz. ¡Merece la pena!

Tú, amable lector, para quien reflexiono en voz gráfica, tal vez volviste entero y sin percance, bronceado, descansado, bien alimentado. ¡Enhorabuena! Pero dime, dime sinceramente: ¿Volviste con los gusanos en la barriga?

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Otros artículos suyos

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One response

4 09 2008
Mª Pilar García

Un poco irónico… ¿no? No le reconozco aquí… extraordinario cunado nos habla del rostro de Dios Padre todo Amor… y tan ¿duro? con lo que hacen sus criaturas, aunque no guste su comportamiento…

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