Una ONG de la música

14 09 2008

Grupos Ciento Ochenta GradosSu música no tiene precio. Tampoco en época de crisis. La buena voluntad puede vender discos compactos. Concretamente, más de cuatro millares. El conjunto granadino Ciento ochenta grados lo consiguió con su primer trabajo. Quien compra sus letras adquiere algo más que melodías para pasar el tiempo libre. Sus canciones no rellenan minutos de programación en las ‘radiofórmulas´, pero también sirven para hacer más llevaderas las esperas en la parada del autobús o más corto el recorrido a clase. El compromiso social que mueve a los integrantes de esta formación no las hace sonar mejor, pero su mensaje sí llega de otra manera al público.

El dinero —poco o mucho, según se mire— que generaron las copias de la obra inicial entró por un lado y salió por otro. Pocos céntimos, por no decir ninguno, cayeron en los bolsillos de los cuatro componentes fijos con los que cuenta la banda. Aquellos beneficios han mejorado las condiciones de vida de chavales de Honduras y Cabo Verde, donde trabajan algunas de las asociaciones humanitarias a las que llegaron los euros.

Aparentemente Ciento ochenta grados es un grupo de pop, pero sólo aparentemente. No pasan por pasar, como no viven por vivir, como tampoco cantan por cantar. Todo lo que hacen tiene un sentido y al otro lado de la melodías hay personas, individuos necesitados de ayuda. A lo mejor se trata de un niño suramericano, a veces es un conocido o puede que un amigo con un problema que resolver. En otras ocasiones de un chaval del Almanjáyar, barrio en el que reside el vocalista y de donde salen sus creaciones, que no son más que pequeños trozos de realidad, pedazos del día a día.

“Pienso que se ha perdido el contacto con el mundo. Bajo mi punto de vista, se ha desgajado del ambiente que nos rodea, los artistas se han distanciado de la sociedad y es necesario recuperar estos lazos. Al menos, es lo que buscamos” , explica Nicolás Hernández, la pieza que permite el movimiento de este engranaje melódico. Ciento ochenta grados son una ONG de la música. Hernández no se siente especial por ello. Es más, deja claro que pueden permitírselo porque la mayoría cuenta con otros trabajos “con los que pagar las facturas”.

“Lo digo desde el máximo respeto, pues sobrevivir en este mundo es muy difícil”, recalca el también profesor de Secundaria. “Por otro lado, tratamos de llegar al corazón de la gente, de contar historias, de despertar conciencias en un planeta que sigue estando muy necesitado de cambios”, cuenta Nico, quien, por otro lado, es consciente de que “es complicado que las canciones por sí mismas vayan a cambiar la sociedad, pero igual de difícil es que éste tránsito pueda hacerse sin ellas”. También habla de la realidad diaria de un barrio que conoce bien y en el que habita desde los 14 años.

Resalta los altos niveles de marginalidad y lo relaciona con las 3.000 viviendas de Sevilla, “que, en comparación, no están, ni mucho menos, peor”. “Hemos actuado allí. Pese a ser más grande, la situación no es tan grave”, puntualiza, señalando en todo momento que, “en cualquier caso, no es más que una percepción muy personal”. Su tío ha sido párroco en este distrito durante mucho tiempo. Se señaló como uno de los curas obreros de la década de los 70.

Su conducta ha calado fuerte en él. Dice que el mensaje cristiano, de una u otra forma, está presente en las letras. Hablan de un discurso puro. No le importa que les pongan esta etiqueta, pero recalca que tampoco se trata de un hecho rotundo, pues en el grupo hay personas “que tienden más a lo laico”. Se encuentran en tierra de nadie, una situación no siempre fácil de asumir y en la que suelen recibir más de un golpe de uno y otro lado.

Con el segundo disco —’Naufragio con espectador‘— en la calle desde hace un año y con el tercero ya en marcha, Nico rememora sus años de voluntario en la cárcel, “lugar desde el que adquirí la verdadera dimensión de Almanjáyar, pues muchas familias tienen a más de una persona allí”. Presentó un proyecto pionero para grabar un disco íntegramente dentro de las prisiones españolas. Más de un artista conocido le apoyó, pero todas las administraciones le dieron la espalda. La idea era buena. En este caso, faltó la voluntad.

(Fuente: La Opinión de Granada, 10/09/2008)

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