Ratzinger y el elogio de la biblioteca

24 09 2008

Por Rafael Aguirre*

Se podrá estar más o menos de acuerdo con Benedicto XVI, pero sus discursos poseen bagaje cultural, hondura ideológica y suponen un diagnóstico de la situación europea que no se encuentra en los discursos políticos habituales. Es indudable que Europa preocupa de forma especial al Papa, por su propia formación o porque piensa que en ella se juega el futuro de una cultura cristiana. Podría pensarse, incluso, que es eurocéntrico en exceso, pero su misma responsabilidad como cabeza de la Iglesia católica nos está revelando que en el Ratzinger teólogo académico habitaba un ‘intelectual comprometido‘, en el sentido de que tiene una visión de la realidad social y voluntad de intervenir en ella. Quizá su figura destaca más porque nos ha tocado una leva de políticos ‘leves’, de poco fundamento y de miras cortas, precisamente cuando la coyuntura europea requeriría todo lo contrario.

Para aclararnos hay que distinguir la diferente naturaleza de los mensajes pontificios: hay homilías litúrgicas para los fieles, documentos doctrinales -de distinta gradación- vinculados con el contenido de la fe, intervenciones protocolarias, tomas de postura en los debates culturales de nuestro tiempo, especialmente, como digo, los referidos a las raíces culturales de Europa. De todo ha habido en su reciente visita a Francia, pero me quiero referir ahora sólo al discurso dirigido «al mundo de la cultura». Como en su polémico discurso en la Universidad de Ratisbona, en Alemania, creo que Ratzinger adopta un estilo nuevo, de alguna manera despontifica su discurso y habla no en virtud de una peculiar autoridad religiosa, sino como intelectual que no teme bajar al ágora para participar en el debate público y exponer sus ideas con el recurso a la razón universalmente compartida. Es, por cierto, lo que hizo Pablo de Tarso en el ágora de Atenas o en la escuela de Tirano en Éfeso.

Ni estuve presente ni lo presencié por televisión, pero tuvo que ser todo un espectáculo: el discurso fue pronunciado en el Collège des Bernardins, un convento cisterciense medieval convertido en centro cultural en medio de París. Entre los presentes, además de autoridades y representantes de entidades culturales, los miembros del Instituto de Francia, al que Ratzinger pertenece, y a cuyos miembros se dirigió como «colegas». Un auditorio, sin duda respetuoso, pero no de fieles, sino muy plural. Como suele hacer en estas ocasiones, el Papa se expresó con precisión, profundidad y belleza. Además el francés, que domina muy bien, cuando se utiliza solemnemente tiene una fonética rotunda y pausada, capaz de encaramarse y descender por las nervaduras también galas del románico cisterciense.

Ratzinger empezó con una referencia, cuya relevancia actual supo poner de manifiesto: ¿Qué pretendían los monjes que construyeron aquel monasterio en el siglo XIII? «Quaerere Deum», buscar a Dios, y para ello colocaron en sitio preferente una biblioteca. Es decir, la búsqueda de Dios implicaba emplear a fondo las fuerzas de la razón, conocer toda la sabiduría disponible, escudriñar la Biblia dominando sus viejos idiomas, dialogar con toda clase de filosofía. «El deseo de Dios, ‘le desir de Dieu’, incluye ‘l’amour des lettres’, el amor por las palabras (…) precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua». Esta función esencial del estudio y de la búsqueda sin miedos de la verdad en la búsqueda de Dios explica el puesto eminente de la biblioteca en un monasterio medieval, como también que a su sombra naciesen la escuela y la universidad.

El afán por el estudio y el amor por los libros, sobre todo por la Biblia, ha caracterizado a todos los grandes movimientos espirituales a lo largo de la historia de la Iglesia. Permítaseme mirar muchos siglos atrás, pero para mostrar las viejas raíces de este empeño: cuando los monjes de Qumrán, una secta judía disidente que se había afincado a orillas del Mar Muerto, tuvieron que huir el año 70 ante la invasión de los romanos escondieron en una serie de cuevas en las laderas rocosas de las montañas cercanas su tesoro más preciado, su biblioteca compuesta por innumerables manuscritos, que allí permanecieron hasta su descubrimiento en 1945. Por cierto, en las vasijas mejores encerraron los manuscritos más preciados, los bíblicos. La orilla de aquel mar es un desierto árido, sofocante, a 400 metros bajo el nivel del mar. Los arqueólogos han sacado a la luz las estancias de aquel conglomerado monástico (comedor, talleres, cisternas…), pero me emociona particularmente el ‘escritorio’, donde aún se pueden rastrear las mesas, los tinteros, los pergaminos… En medio de un secarral impresionante aquellos hombres se afanaban por saber, por buscar la verdad, por transmitir y reinterpretar la sabiduría recibida, por salvarla del ímpetu destructor del imperialismo de turno siempre interesado en borrar la memoria de los pueblos dominados.

Voy a dar un salto que espero no sea impertinente. Me preocupa que en la mayoría de los llamados ‘nuevos movimientos‘, en auge hoy en la Iglesia, el ‘buscar a Dios’ no vaya acompañado por una búsqueda esforzada de la verdad, por la pasión por el estudio y por el diálogo con la cultura. En sus casas no suele haber bibliotecas, sino escuetas estanterías para manuales oficiales y libros piadosos y hagiográficos del fundador. No buscan la verdad porque están convencidos de poseerla plenamente. La actitud de diálogo -en el que no se renuncia a las propias convicciones, pero se parte con la predisposición a cambiar y aprender- se interpreta como debilidad de la identidad cristiana. «La generación postconciliar, tan amiga del diálogo, habéis fracasado», se nos espeta desde la ignorancia y desde la inseguridad psicológica apenas disimulada.

Pero su referencia al origen de la universidad en Europa y a la capacidad del cristianismo para generar cultura, precisamente por exigencia íntima de la fe de involucrar a la razón y de buscar la verdad -en esto insiste Benedicto XVI-, plantea graves cuestiones en un momento en que la profunda transformación de la universidad está suponiendo la práctica desaparición de los estudios humanísticos; es decir, la desaparición de su capacidad de generar pensamiento crítico. Ciertamente la universidad tiene que capacitar a los profesionales que la sociedad necesita y esto implica flexibilidad y cambio, pero no puede dejar de ser el lugar donde se cultive la memoria, que es un proceso de recreación crítica permanente, donde se debatan las grandes cuestiones que formuló Kant: ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué nos cabe esperar? ¿Qué es el hombre? Las palabras del Papa plantean, entre otras cuestiones, una que se me antoja muy central: ¿Qué justifica que en una sociedad con una enorme oferta formativa la Iglesia mantenga sus propias universidades? ¿El ‘buscar a Dios’ se reduce a un barniz deontológico en unos estudios funcionales a una sociedad en la que se niegan los valores cristianos más fundamentales? ¿Cuántas ‘escuelas de negocios’ hay hoy en España? ¿Cuántos MBA? ¿Hay alguien capaz de llevar la cuenta? ¿Qué ofrecen de cristiano los estudios de este tipo gestionados por entidades eclesiales?

El buscar a Dios con la razón, articulando ese esfuerzo con los diversos saberes, implica cultivar dimensiones que nuestra sociedad sofoca porque rehúye plantearse las preguntas últimas y lo que busca es, también cuando va a la universidad, el propio beneficio económico. Ratzinger vincula la fe cristiana con una enérgica reivindicación de la razón. Sin ella la religión degenera en fundamentalismo. Y afirma que no puede relegarse al ámbito de lo puramente subjetivo, negando carácter científico, a la razón que pregunta por el sentido de la vida, que se atreve a preguntar por Dios y que, incluso, está abierta críticamente a la posibilidad de escucharle. Aquí se plantea un problema clave de la sociedad democrática. La laicidad es el ámbito neutral que hace posible la convivencia de diferentes identidades y formas de entender la vida. En ese espacio nadie puede pretender imponer su verdad a los demás; más aún, nadie tiene el monopolio de toda la verdad; pero tampoco se puede eliminar el debate libre y riguroso para encontrarla. Al final una persona, pero tampoco una sociedad, no puede vivir sólo apoyada en unas estructuras laicas y asépticas, por imprescindibles que sean. Merece la pena discutir lo que Benedicto XVI propone tan despontificadamente.

(Fuente: El Correo Digital, 20/09/2008)

* Rafael Aguirre es profesor emérito de Teología en la Universidad de Deusto. Más información

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24 09 2008
marina

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