El misterio de la vida. La vida como don

28 09 2008

Por María Isabel Montiel*

El origen de la vida en la Tierra ha sido siempre algo misterioso que el ser humano ha tratado de descifrar desde hace muchos siglos. Para los creyentes, la Creación es obra de Dios, y el libro del Génesis relata cómo fue surgiendo todo de sus manos. Naturalmente, los “días”, serían espacios de millones de años… Según una hipótesis bastante fundada, la vida, es decir, lo biológico, pudo surgir de lo inorgánico cuando se dieron unas determinadas condiciones físicas y se unieron unos elementos concretos, que formaron otros (como los aminoácidos), indispensables para la existencia de células vivas y base de los sencillos seres unicelulares. Éstos irían evolucionando hacia formas cada vez más complejas, dando lugar a las plantas, los animales y por fin, al hombre.

Hasta para los no creyentes, la propia metamorfosis de las células primarias en un ser altamente complejo como es el hombre, encierra en sí un verdadero portento. La Creación se ha considerado siempre como algo grandioso, se mirara o no desde una óptica creyente. Actualmente, parece que las cosas han cambiado. La prepotencia, el creernos dioses capaces de “manipular” la misma vida, hace que estemos perdiendo el sentido trascendente.

La vida de cualquier ser es algo casi inexplicable, y mayor “milagro” aún parece el nacimiento de un ser humano. Hay muchas similitudes entre otros mamíferos y el hombre,  pero existen diferencias acusadas y esenciales, además de la inteligencia. En el ser humano, el espíritu se funde con lo biológico y confiere a la vida otra dimensión. Eso, a lo que llamamos “aliento divino“, nos pone en relación directa con Dios. Nuestra vida, por tanto, es algo sagrado desde el primer instante de su concepción hasta la muerte.

El derecho a la vida es el primero al que somos acreedores como personas, y que debe ser respetado por encima de cualquier ideología política, religiosa o social. Pero olvidando ese derecho fundamental, ciertos movimientos que se denominan progresistas, secundados por algunos gobiernos, pretenden legalizar la eliminación de seres inocentes (aborto), en aras de la libertad individual de la madre y de la protección de su salud ¿Y qué pasa con los derechos del no nacido?

No nos engañemos: tanto en el aborto como en la eutanasia, lo que enmascaramos bajo la forma de “piedad”, no es más que puro egoísmo y una visión demasiado individualista de la libertad. Sorprende la contradicción que supone todo esto en una época en que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de las personas. Y lo que todavía es más preocupante: algunas conciencias se acomodan y se dejan llevar por estas corrientes, acabando por no diferenciar el bien del mal, en lo referente al valor fundamental de la vida humana. Ahora que tanto se habla de “calidad de vida”, parece haber perdido valor la vida en sí. Sobre todo la de ciertas personas que pueden “interferir” en la nuestra de alguna manera, (léase niño, anciano, enfermo terminal…).

Según nos cuentan los medios de comunicación, los abortos van en aumento, principalmente entre mujeres muy jóvenes. Habría que preguntarse si la sociedad (o sea, todos), no es culpable de que se vean abocadas a ese final por falta de apoyo, o por frivolizar la sexualidad y no haber educado en la responsabilidad a los jóvenes.

La medicina, que está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta en demasiadas ocasiones a realizar actos contrarios a ella. ¿Hemos pensado qué pasaría si esos médicos abortistas hicieran una ecografía a las posibles madres, y ellas vieran cómo está formándose su hijo? Sinceramente, creo que la mayoría de los abortos no se consumarían.

Leí en una ocasión algo sobre Bernard Nathanson, un médico al que se le conocía como “el rey del aborto“, que practicó más de 60.000 y celebraba conferencias y encuentros con políticos y gobernantes para conseguir ampliar la ley del aborto. Él mismo contaba cómo gracias a la técnica del ultrasonido empezó a observar el latido del corazón del feto, y se planteó verdaderamente lo que estaba haciendo. Llegó a la conclusión de que el aborto es un crimen y dejó de practicarlos. Pidió a otro médico amigo que aplicara el ecógrafo a las madres mientras la “intervención” y con esas grabaciones creó un documental que se titulaba “El grito silencioso“. También él fue incapaz de seguir causando más muertes.

Los padres actuales, que tienen la suerte de ir viendo crecer a su hijo a través de las ecografías, no pueden por menos que emocionarse ante esa maravilla. Van comprobando cómo con unos pocos milímetros en la cuarta semana, ya su corazón empieza a latir; en la sexta semana, con un centímetro y medio de longitud tiene formados los dedos de las manos; al final del segundo mes, con sólo dos centímetros y medio y cinco gramos de peso, su cerebro envía los primeros impulsos. Así hasta completar todo el proceso de gestación que culminará con el nacimiento del niño.

Ellos, que ya le quieren desde que tuvieron noticia de su existencia, están ansiosos por tenerle en sus brazos. Nada comparable a este momento, principalmente para la madre. Ese ser pequeñito e indefenso viene a llenar la vida de sus padres y de toda la familia. ¿Quién será capaz de hacerle daño?

Y aunque esa incipiente vida “descolocara” la nuestra; o la del enfermo terminal o el anciano no nos pareciera suficientemente llena de sentido, debido a sus limitaciones, no tenemos ningún derecho a eliminarlas. ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones, matando a los seres más indefensos? Dios tiene en esto la última palabra, y para Él todos somos seres “completos”y dignos de ser amados.

Nuestra tarea como creyentes y como ciudadanos del mundo es crucial y urgente ante las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando son débiles e indefensos. Defendamos la vida humana en todos sus estadios, aunque lo que se esté tratando de imponer sea la cultura de la muerte. Apoyemos a las madres que pueden sentirse obligadas a abortar por falta de ayuda económica y moral, por incomprensión de sus familias o por cualquier otra circunstancia.

Acompañemos a los enfermos y familiares a vivir esos difíciles últimos momentos que, en soledad, les podían conducir a desear o facilitar la muerte. Si se palian sus dolores y el trato humano y el cariño reina a su alrededor, los enfermos vivirán con serenidad el final de sus días, esperando el encuentro con Dios si tienen la suerte de creer en Él. La vida es el mayor don que poseemos. Dios nos la ha dado para que la cultivemos, la cuidemos y seamos felices aquí (a pesar del sufrimiento y las dificultades), hasta que llegado el día, gocemos con Él toda la eternidad. ¿Quién tiene derecho a privar a nadie de ese gran regalo?

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria.

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