Los misioneros, “profesionales invisibles”

5 11 2008

Por Alberto Eisman*

Más de una vez en el mundo de la cooperación internacional y las oenegés he oído con frecuencia frases del tipo “nosotros somos profesionales, no somos misioneros”, “nosotros hacemos justicia, los misioneros caridad”. Reconozco que afirmaciones así me repatean y me entristecen. Conozco lo mejor y lo peor de ambos mundos y me parece una gran injusticia que se apunte a la profesionalidad o la justicia como un término contrapuesto a lo que es la labor misionera. La expresión da a entender que los misioneros no son profesionales. Hombre, sobre eso creo que habría mucha tela que cortar. Posiblemente algunos no tengan los títulos universitarios tan corrientes en los currículos del personal de las oenegés pero tienen otros títulos y “másteres” no otorgados por universidades: conocen como nadie la lengua, la cultura local (¿qué ONG está dispuesta a gastar tiempo y dinero en preparar a sus efectivos en estos campos?) y cuentan con la experiencia de muchos años de autosuficiencia en medio del mayor aislamiento, sin la dependencia que tienen ciertas organizaciones del la logística y el apoyo exterior. Por otro lado y siendo un poco menos diplomático, creo que limpiar los mocos o quitar la mierda de unos huérfanos de SIDA o de unos ancianos desahuciados en una selva perdida del Camerún puede ser tan profesional como hacer un estudio geológico de agua y saneamiento ¿por qué no? ¿dónde está la diferencia? ¿en el saber o en la entrega?

Y ya puestos a comparar, creo que los títulos llamados profesionales no lo son todo. Con más frecuencia de la que uno quisiera, he visto elementos bien titulados y “masterados” que han sido completamente nefastos en el terreno: han venido a África a “hacer su experiencia exótica”, a aprovechar la indigencia de la población para pasarse por la piedra a toda chica jamona de la región, a fumarse, esnifar o engullir toda sustancia narcótica que se ponga por delante y a hacer todas las bravadas que en su terruño le llevarían directamente al trullo. Lo peor es que estas personas han conseguido estos puestos de trabajo después de pasar estrictas pruebas de selección por parte de los departamentos de recursos humanos correspondientes. No todo es trigo limpio, ni siquiera en el mundo de la cooperación. La preparación profesional es nada, me atrevería a decir que absolutamente nada, si no va acompañada de una entrega, una “mística”, una vocación (no necesariamente religiosa, pongamos profundamente humanista) y un poquito de ética.

Comparando estos dos mundos, creo que los misioneros siempre llevan la de perder. No tienen un gabinete de prensa que dé a conocer su labor, ni un departamento dedicado que les busque subvenciones en los diferentes ayuntamientos y comunidades autónomas, tampoco tienen un dispositivo de seguridad (como lo tienen muchas oenegés que cuentan incluso con recursos humanos especializados solo en este campo) que asegure su integridad física en situaciones realmente volátiles… harán durante años una labor callada, sufrida y sin grandes aspavientos y al final ¿qué pasará?

En los últimos años ha habido avances importantes en el sector de la cooperación. Creo que es de justicia reconocer los esfuerzos que se han hecho a la hora de valorar la labor de muchas personas en condiciones de trabajo muy peculiares. El llamado “Estatuto del Cooperante” ha sido un avance a la hora de reconocer las necesidades de este colectivo específico. Sin embargo, la disposición del gobierno, tan generoso en otros campos, no incluye al colectivo misionero. Se dice que la razón principal es que no tengan un “contrato de trabajo”, que sea una labor puramente “vocacional” (se me olvidaba, no son profesionales) y que por tanto lo que hacen no se pueda considerar trabajo.

Me parece una injusticia como la copa de un pino y me rebelo ante la misma. Hay que decir muy alto que en situaciones donde las organizaciones humanitarias se retiran por las pobres condiciones de seguridad, la gran parte de los misioneros deciden quedarse voluntariamente. Locos de remate sí, quizás porque se creen que su destino está unido a la gente que dedicaron su vida y eso no está regulado por un contrato laboral, sino por algo mucho más sólido, vital y duradero: su entrega.

Hasta ahora mismo, estos hombres y mujeres en medio de las más desafiantes condiciones de trabajo no tienen derecho a prestaciones sociales en su patria ¿por qué? Dado el recelo que actualmente se siente ante todo lo religioso – especialmente si se trata de la anquilosada, retrógrada y oscurantista Iglesia Católica – no resulta extraño que se dé la espalda a un grupo al que más que por su labor social se le quiera reconocer meramente como puros agentes del Vaticano, “proselitistas de la cristiandad”, engrosadores de Libros de Bautismo o puras reminiscencias trasnochadas de aquellos días de Domund, postulaciones en la calle y cabezas de negritos hechas hucha para donativos. Definitivamente, no son profesionales… son otra cosa y por tanto hay que echarles de comer aparte o mejor aún no echarles nada. Una actitud que como ciudadano, aparte de como cristiano, me produce una profunda vergüenza.

Afortunadamente para el gobierno, este colectivo no va a organizarse ni se va a echar a la calle con pancartas, silbatos o sentadas enfrente de cualquier ministerio. Seguirán atendiendo a sus grupos de mujeres, sus huérfanos o sus actividades sociales y pastorales sin rechistar y sin pedir un duro al erario público. A la pobre religiosa que en estos días le han amputado las piernas como resultado del ataque de los rebeldes del Congo más le vale que su congregación le haya buscado una póliza de seguro privado para que pueda recibir la atención que necesita porque, obviamente, en un hospital perdido de aquel país su trabajo no era profesional y por tanto no merece ser puesta al nivel de cualquier otro cooperante. Posiblemente, si se queda en España debido a su minusvalía, su congregación tendrá que buscar alguien que cuide de ella pero ahí tampoco se podrá beneficiar de una compensación por accidente laboral o una merecida jubilación. Para el estado, ella no ha existido como trabajadora, su labor no merece reconocimiento alguno, es un insignificante e invisible testimonio de entrega desinteresada, valor que cotiza poco en las bolsas y el mercado laboral.

Ahora mismo son más de 17.000 los misioneros españoles en todo el mundo (y ¡ojo!, no solo estamos hablando de curas y monjas, hay también muchos laicos). Cada día comienzan en el mundo 4 proyectos sociales y 10 educativos que están auspiciados por la Iglesia Católica… a ver qué oenegé puede decir lo mismo, por desgracia parece ser que la calidad de lo que se hace depende mucho de quién la lleva a cabo. Y en la preocupante situación que vemos ahora en el Congo, no lo duden: los profesionales, cuando la cosa se ponga mal, comprensiblemente saldrán de aquella zona, dejando el caos que venga a otros ”profesionales invisibles”. Benditos sean.

(Fuente: blog “En clave de África”, 31/10/2008)

* Alberto Eisman es misionero Comboniano

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10 11 2008
Aitor

Sin Justicia no hay Paz, y me es igual que sean cooperantes, misioner@s,… tod@s trabajan igualmente por los Derechos Humanos; tod@s ell@s son por tanto verdader@s profesionales. Salvo que un@s bajo una titulación académica, y otr@s bajo un increíble coraje sostenido vocacionalmente y gracias a su fe o su más profundo sentido humanista.

Pienso que nadie es más que nadie. Y que ningun@ tendría que gozar de privilegios por parte de ningún estado, pues al final es el pueblo y la gente a la que atienden la que realmente les aporta todo lo necesario (¿el sentido de su vida, quizás?) a cooperantes y misioner@s.

Creo que no necesitan l@s misioneros y cooperantes demostrar su valía, su profesionalidad o su misericordia (mejor que “caridad”), puesto que su labor ya lo dice todo. Tan sólo se precisa mostrar al Primer Mundo la otra cara del globo y luchar contra quienes sostienen las injusticias.
Sólo entonces, cuando l@s misioner@s, cooperantes, voluntari@s (y quienes no saben aún cómo definirse o no les importa cómo les llamen) ponen en primer lugar al oprimid@, por delante de su propia vida, de nada les vale las prestaciones, ni titulaciones, ni compensaciones, ni halagos de ningún tipo. Ya no las necesitan.

Bendita la invisibilidad de tod@s est@s profesionales. Sólo su humildad, su amor desinteresado por l@s pisotead@s, será cómplice de la bondad que aún queda en el mundo.

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