Es tiempo de escucha

11 11 2008

Por Jairo del Agua*

En tiempos de oscuridad siempre nacen estrellas que iluminan y orientan. Ha habido épocas de mártires, de fundadores monacales, de predicadores, de teólogos, de misioneros, de místicos, de formadores, de solidarios ayudadores, etc. Así se ha ido tejiendo la historia de esta Iglesia nuestra hasta conseguir un brocado de sublime belleza y variedad. Véase, si no, la multicolor pluralidad de instituciones, movimientos y grupos integrados en el mosaico eclesial.

La Jerarquía de clérigos -los laicos no hemos llegado todavía a la mayoría de edad- se las ve y se las desea para aglutinar tanta diversidad en tiempos en los que la autoridad está en crisis, mientras la libertad y el individualismo se reivindican como valores irrenunciables. Hace, por tanto, muy bien nuestra Jerarquía en hablar para todos. Es su deber y es su derecho. Aunque los políticos y sus redactores quieran silenciarlos cuando denuncian partidistas decisiones antinaturales y degradantes.

Con todo, lo que debiera caracterizar la aurora del siglo XXI es la escucha. Ya no valen las viejas formas autoritarias, ni los temores opresores, ni la conciencia oficial, ni los nocivos servilismos, ni las manipulaciones piadosas. Los católicos -sin dejar de ser católicos- estamos descubriendo la autenticidad, la libertad y la conciencia individual. Es más, estamos descubriendo la liberación que trae la Buena Noticia (2Cor 3,17). Caminamos hacia la madurez humana y religiosa. Desde distintas praderas se oye gritar: ¡NO a la religión que aplasta, que aliena, que tergiversa o suple la responsabilidad y libertad personal! ¡ a la religión que ensancha, que moviliza, que promueve, que ilumina los dones individuales, la responsabilidad personal y la conciencia profunda! A partir de ahí el respeto y eficacia grupal vendrán por añadidura.

Si observamos esta diversidad eclesial y el proceso de concienciación personal, deduciremos que nuestros responsables tienen ante sí un puzle difícil de encajar y mantener. No valen las trampas infantiles de colocar sólo las piezas del tamaño y color preferidos. Eso va contra el Evangelio. Las negras, las escurridizas, las ocultas, las perdidas, debieran ser piezas buscadas y preferidas (Lc 15,1). Sin embargo, se cae frecuentemente en la tentación de quedarse con los grupos fáciles y arrinconar las piezas individuales, a pesar de que éstas constituyen la mayoría. Los que sólo somos católicos podemos vernos obligados a caminar por la cuneta. Un amigo me contaba hace poco la sorpresa de quienes, al preguntarle a qué grupo pertenecía, le oyeron contestar: “yo sólo pertenezco a la Iglesia Católica y a mi mujer”.

Ante tales dificultades, muchos responsables eclesiásticos se duelen y desasosiegan. Olvidan algo esencial: las piezas de este rompecabezas hablan, emiten señales sobre el lugar exacto en que encajan. Habitualmente son nuestros pastores los que hablan. Por eso no han aprendido, podido o querido escuchar. Complacidos en el manso mar de lana, han olvidado escuchar las aspiraciones, necesidades y heridas de sus ovejas. Está escrito: “el buen pastor conoce a sus ovejas” (Jn 10,14). Pero no puede haber conocimiento sin previa, atenta y profunda escucha.

Por tanto es urgente promover y priorizar la escucha. Los teólogos tendrán que bajar de sus elucubraciones para escuchar y dar respuesta a la vida que late en los individuos y en los grupos. Los maestros tendrán que distanciarse de las teorías para escuchar y enseñar a dar pasos concretos. Los presbíteros en general (tantas veces restringidos a “los suyos”, a la defensiva, apartados para no contaminarse, demasiado ocupados o instalados en el pedestal de la “casta sacerdotal”) tendrán que aprender a liberarse ellos mismos para poder después escuchar y liberar la vida que puja en el fondo de cada ser humano.

Hemos acumulado tanto saber y doctrina en nuestra Iglesia, tenemos tantas cosas que administrar y defender, que olvidamos el objetivo de la venida de Cristo y la misión eclesial: “He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10). Y, por favor, que no nos confundan los profesionales de la abstracción, el retorcimiento y las etéreas interpretaciones. Se trata de la vida humana, la de aquí abajo, la interior y la exterior, la de todos los días. Sólo cultivando la vida humana en cada persona se podrá decir que se nos está salvando y preparando para la vida futura.

No me resisto a citar algunos medios de escucha, contrastados y sencillos, para empezar: – La utilización de “buzones de sugerencias” (físicos o virtuales) en todas las parroquias e instituciones. – Las “encuestas a los fieles”. – Los “balances de grupo” como medio respetuoso de pulsar lo que va, lo que no va y los deseos de cada miembro de un grupo. – La “formación experiencial” de los sacerdotes en Sicopedagogía del Crecimiento y, específicamente, en la Relación de Ayuda.

En esta necesaria implantación de la escucha es imprescindible un postulado previo: Que nadie se apropie del Espíritu Santo, ni los de arriba ni los de abajo, porque el Espíritu se manifiesta en lo profundo de todo corazón sincero. Sólo escuchando el latido de lo mejor de cada persona podremos vislumbrar la luz multicolor del Espíritu, “que sopla donde quiere…, no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3,8). Y, puestos a escuchar, prestemos especial atención a las voces simples: “porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has manifestado a los sencillos” (Mt 11,25). Así podrá brotar una corriente continua de escucha atenta, respetuosa y recíproca, como si de una mutua transfusión de vida se tratara. ¿No será ésa la comunión de los santos?

Lo sé. Termino una exposición pobre, ignorante y apasionadamente laical. Pero he cumplido el mandato de la voz: “¡Es tiempo de escucha! ¡Escríbelo!”. Ahora el que tenga oídos para oír que oiga.

(Fuente: Blog de Jairo del Agua, 17/10/2008)

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos

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11 11 2008
Mª Pilar García

¡Precioso artículo! cuando estaba leyendo atentamente, mi interior se iba esponjando poco a poco; pero después, me surge una pregunta: ¿Cuando comenzará la escucha? Voy descubriendo cuanta necesidad hay de la Palabra, desde una sencilla y profunda manera de exponerla; que las personas se sientan atraídas por ese maravilloso lenguaje. Y al mismo tiempo veo dos caminos, uno, lleno de parafernalia, constantes órdenes, normas, obediencias ciegas… Otro, donde miles de personas se sientan tranquilas en la verde pradera, para ¡¡escuchar sedientos!! la Palabra que nos llena de ¡Vida! Y me voy moviendo con alguna dificultad entre el gozo, y el cansancio de una iglesia anclada y cada vez más, mirando al pasado, que haciendo llena de alegría, lo que tan hermosamente nos dices en este art. Deseo de todo corazón, que pronto se haga ¡¡Realidad!! Gracias mª pilar

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