Jóvenes náufragos

23 11 2008

Por Abel Domínguez*

Joven náufrago¿Por qué hablo de jóvenes náufragos? O, mejor dicho, ¿de qué jóvenes hablo cuando aplico este calificativo? Estoy hablando de jóvenes que, teniéndolo todo (familia, posibilidad de estudios, medios económicos suficientes, vida de ocio intensa y abundante, ropa, aparatos electrónicos…) de alguna manera han naufragado en sus vidas. Algo se ha hundido o les ha hundido y se ven obligados a flotar en una agitada vida empujados por la primera ola que viene, agarrados a lo primero que pasa flotando y deseando llegar a una isla que, a pesar de la soledad, les ofrezca cierta seguridad. Jóvenes sin rumbo, sin objetivos claros en su vida, perdidos en la inmensidad de un mundo de experiencias y posibilidades.

Son náufragos del barco de la familia, esas pobres familias (casi el 51%) de hoy en día que, bajo la apariencia de familia-feliz de serie de televisión encierra la paradoja de estar condenada a un ritmo diario donde los jóvenes viven solos, el padre y la madre trabajan para sacar adelante las hipotecas y se van gestando las condiciones para caer en la falta de comunicación y las dificultades para el diálogo. Y el barco se va hundiendo y el joven termina náufrago por las separaciones, chantajes emocionales (protagonizados y sufridos) o náufrago por la falta de autoridad, convirtiéndose él en la única referencia, autoritaria y caprichosa que puede llevarle a vivir inmerso en el llamado “síndrome del emperador”.

No lejos, casi siempre los mismos o compañeros de aula, se avistan náufragos del barco de los estudios, pues el mundo escolar es el único que se regula con unas normas y que exige una autorresponsabilidad y un esfuerzo cuyo beneficio no es inmediato. El colegio no da la paga, no deja autonomía, no consiente caprichos y, tal y como está el mundo universitario y el mundo laboral, no parece garantizar un futuro decente.

Es más, estudiar parece que sólo tiene como consecuencia estudiar más y los que no fracasan escolarmente acaban naufragando en un mundo académico que nunca termina, sino que se prolonga en licenciaturas, doctorados, postgrados, masters… pero nunca llega al puerto del trabajo.

Podríamos seguir avistando náufragos. Los eternamente náufragos del barco del bienestar, náufragos del barco del futuro (expectativas no cumplidas), náufragos robados y bombardeados por la piratería de quienes se aprovechan de ellos, de sus bolsillos, de sus adolescencias…

¡Qué perdidos estamos si no los avistamos porque nuestras rutas no se cruzan con ninguno o si nuestras rutas no son capaces de desviarse para encontrarlos!

Bueno, desviarse o dejarse llevar también por las olas. Pues, sin caer en el pesimismo, no creo que hoy podamos nosotros presumir de tener plataformas seguras, barcos transatlánticos o portaaviones. Vamos, que no es que nuestras plataformas escolares, catequísticas o lúdicas puedan responder inmediatamente a cada uno de esos náufragos ofreciéndoles un puerto seguro.

Quizás no podamos ofrecerles cosas nuevas, pero a lo mejor sí que podemos ayudarles a vivir una identidad nueva.

A lo mejor no podemos evitar el naufragio familiar, pero sí ayudar a sanar un corazón herido y defraudado.

A lo mejor no podemos crear puestos de trabajo, pero sí evitar que las personas se valoren sólo por su puesto de trabajo y ayudar a valorar más lo que uno es y no lo que es capaz de hacer.

Podemos también educar en la responsabilidad personal, en la capacidad de diálogo, en el valor de abrirse y comunicar los problemas…

Podemos contribuir, apuntando con nuestra vida, hacia valores distintos al beneficio económico inmediato, distintos a la suma clásica de comodidad más seguridad igual a felicidad.

Nosotros, como cristianos, podemos todo eso y mucho más, y no precisamente porque podamos presumir de estructuras y autoridad. Todo lo contrario. Pues parece que también nosotros somos náufragos. Por eso, en la pequeñez de nuestras barcas será donde podamos acoger a estos jóvenes náufragos con quienes compartir el mar de dudas y movimientos, y no tanto la seguridad de las respuestas sabidas y la solidez de fórmulas. Será el lugar donde encontrar rumbos que les lleven a buen puerto: el buen puerto de una vida vivida con sentido y no con cosas, con fundamento y no con beneficio económico.

Y todo esto siempre y cuando nosotros, educadores cristianos, también náufragos, vivamos agarrados al frágil pero vital tronco flotante de la fe, que sabe, llena de esperanza, que ningún náufrago termina perdido y que ninguna ola es capaz de hundirnos.

* Abel Domínguez es Salesiano y Licenciado en Historia. Actualmente se encuentra en Roma realizando estudios de Teología.

Anuncios

Acciones

Information

One response

16 04 2009
victoria luque

Abel, por casualidad, he dado con tu página, para “robarte” una foto que tienes sobre “Náufragos”. Creo que coincidimos hace años en Familia Cristiana-ESpaña, cuando yo trabajaba como redactora, y tú como colaborador.
Encantada de saludarte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: