Un niño con muchos rostros

26 12 2008

Por Marina Utrilla

«Cuando los ángeles los dejaron y se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “vamos a Belén a ver lo que ha sucedido, eso que el Señor nos ha manifestado”. Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre» (Lc 2, 15-16)

Cuando la época navideña nos rodea y multitud de sentimientos, emociones, propósitos, reuniones y visitas vienen a nosotros formando eso que muchos llaman “espíritu de la navidad”, de alguna manera nos ponemos en movimiento, hacemos planes de viajes y salidas: los que están lejos “vuelven a casa por navidad”, otros aprovechan para hacer turismo a ciudades nevadas, de donde vuelven con fotos de cuento, la mayoría se lanza a la calle en busca de regalos y para muchos el mayor viaje es hacia su propia casa, de donde salen todas las mañanas pero raramente están unas horas seguidas.

El Evangelio durante Adviento y Navidad también nos pone en movimiento hasta guiarnos a un lugar concreto: Belén, al que tenemos que ir a ver lo que Dios nos ha manifestado. Todos nos hemos hecho una imagen, más o menos elaborada, de Belén, pero una idea común es clara: allí se produce un nacimiento: hay un niño que nace y, por muchos adornos que le queramos poner a nuestro belén, nace sin nada. Cuando nos paramos a pensar en todos los niños que nacen hoy en Belén nuestra mirada pasea por los del Primer Mundo, donde tener todo será no tener nada; por los del Tercer Mundo, donde no tener nada será a veces tener todo (sin ser esto, que conste, una justificación); por los del Cuarto Mundo, donde en diez calles a la redonda no hay nada pero cruzando una avenida los escaparates lo muestran todo; y por los del ¿Quinto Mundo? cada vez más poblado, según nos muestran las cifras de los periódicos, a los que no se les ha dejado llegar a ver nada, pero lo recibirán todo.

Después de este paseo, los ojos, haciendo un alto en la sabiduría popular, me recuerdan que los más parecidos a los niños son los ancianos, que quizás no tengan un puesto en nuestro belén o, al menos, nunca en la cuna del niño, pero a ellos, igual que a  los más pequeños, hay que darles de comer, cambiarlos, cuidarlos… ¿no es esto también Belén? Los pañales y las cunas han crecido en proporciones ¿crece de igual modo nuestra atención? A casi nadie se le ocurre pensar que un niño pueda vivir sin padre o sin madre, nos indignamos, y con razón, ante el hambre, las infancias perdidas y las vidas en la calle, pero tenemos nuestras ciudades llenas de residencias poco visitadas, pisos con muchas personas solas y, en ocasiones, nuestros propios familiares están desatendidos ¿caemos en la cuenta de que la persona mayor tampoco puede vivir sin “padre” o “madre”? La falta de cariño en un niño deja secuelas para el resto de la vida; en los que están en la antesala del Reino les hace preguntarse y preguntarle a Dios cuál es la secuela que han dejado en los suyos a lo largo de sus años.

Que la Navidad nos siga poniendo en movimiento, pero a mayor velocidad en cuanto a calidad se refiere; estemos con la familia, de turismo, de compras, en casa o trabajando, no pasen los días sin contemplar y viajar hacia Belén: niños con rostros de todas las edades esperan que vayamos a toda prisa a encontrarlos.

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26 12 2008
Ángela

Me ha gustado mucho tu artículo, se nota que estás haciendo el viaje a Belén.
He de decir, aunque no con satisfacción, que me he visto reflejada en el segundo párrafo, lanzándome a las calles a por regalos y envuelta en viajes con fotos de cuento. Espero no tener que decir que ha acabado la Navidad y que he sido incapaz de pararme a contemplar al que nace.

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