La vida cotidiana como sacramento

23 01 2009

Por Ronald Rolheiser*

Para los cristianos, en el fondo, el mundo entero es santo y sagrado; y todas las cosas en él, especialmente las cosas físicas, son material potencial para sacramento. Nosotros, cristianos, creemos que el mundo muestra la gloria de Dios, que cada uno de nosotros estamos hechos a imagen y semejanza suya, que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que el pan que comemos es sacramental, y que en nuestro trabajo y en nuestro abrazo sexual somos co-creadores con Dios.

Esta es una creencia impresionante, y nos separa de la mayoría de otras religiones, en las que una parte muy importante del fin de la religión es liberarse a sí mismo de lo físico, de la tierra. Pero en el cristianismo “el Verbo se hace carne”. Dios entra dentro de lo físico y entonces todo lo que es físico es potencialmente sacramental.  Es digno de notar que la Escritura, en aquella famosa línea sobre Dios que se hace carne, no dice simplemente que Dios se hizo hombre, ser humano. Dice más: “Dios se hace carne”, entra en lo físico, en la tierra.  Por tanto, todo lo físico es potencialmente sacramento.

Pero estamos siempre forcejeando con esto. Nuestras vidas cotidianas están con frecuencia tan dispersas, tan en “traguito de whisky” y tan fijas en cosas que parecen profanas, que la idea de que todo es sacramento puede aparecer más como pura ilusión que como teología. El mundo no muestra siempre la gloria de Dios; lo que hacemos con nuestros cuerpos a veces nos hace preguntarnos si realmente somos templos del Espíritu Santo; la forma absurda con la que con tanta frecuencia comemos o bebemos no habla mucho de sacramentalidad, y el lenguaje que utilizamos para hablar de nuestro trabajo, de sexo y de nuestras vidas en general raras veces alude al hecho de que somos co-creadores con Dios.

¿Por qué? ¿Por qué no somos más habitualmente conscientes del hecho de que en nuestra vida cotidiana estamos pisando terreno sagrado y de que nuestras actividades de cada día vienen cargadas de sacramento?

Hay muchas razones, la mayoría de ellas enraizadas en el hecho de que somos humanos, que la vida es larga, y que no es fácil mantener altos símbolos, lenguaje e ideales elevados, en la mugre y porquería de la vida diaria. Comer, trabajar y hacer el amor habrían de ser acciones sagradas, pero con demasiada frecuencia las hacemos más por sobrevivir que por cualquier tipo de sacramentalidad; y el “vamos tirando” viene a ser el símbolo más elevado que podemos lograr  en un día laborable.  Me da lástima decir esto. No es fácil, día a día, hora a hora, experimentar sacramento en las acciones ordinarias de nuestras vidas.

Pero hay todavía otra razón que explica por qué hemos perdido el sentido de la sacramentalidad  en nuestras vidas, a saber, tenemos poquísima oración y poco ritual en torno a nuestras acciones ordinarias.  También, rarísimamente utilizamos la oración o el ritual para conectar nuestras acciones   —comer, beber, trabajar, socializar, hacer el amor, concebir cosas—  a sus orígenes sagrados.  Por ejemplo:

Entre los Indios Osage, hay una costumbre significativa: cuando nace un niño, antes de que se le permita mamar del pecho de su madre, se lleva a la habitación a alguna persona sagrada, alguien que haya “hablado con los dioses”.  Esta “persona sagrada” recita al recién nacido la historia de la creación del mundo y de los animales terrestres. Mientras no se realice este ritual no se le puede ofrecer al niño el pecho de su madre. Más tarde, cuando el niño tenga suficiente edad para beber agua, se llama de nuevo a la misma persona sagrada, esta vez para contarle al niño la historia de la creación y los orígenes sagrados del agua. Sólo después de oír esta historia se le da agua al niño. Después, cuando el niño tiene edad suficiente para tomar alimentos sólidos, se llama de nuevo a “la persona que habló con los dioses” para que esta vez cuente al niño la historia de los orígenes de los granos y de otros alimentos. El objetivo de todo esto es hacer comprender al niño que el comer no es simplemente una cosa física, sino también religiosa.

Mis padres y mi generación hicieron esto también, a su modo: Hacían bendecir los campos y los bancos de trabajo y los dormitorios, rezaban antes y después de cada comida, y algunos de ellos irían a una iglesia para proponer el matrimonio a su pareja.  Esa era su manera de contar la historia de los orígenes sagrados del agua antes de beberla.

Hoy, por lo general, hemos perdido tanto la manera mítica de los indios Osage como la forma piadosa de mis padres. Vivimos, comemos, trabajamos, y hacemos el amor sin estos elevados símbolos. Por lo general, no conectamos nuestro alimento a sus orígenes sagrados, no consideramos nuestro trabajo como una co-creación con Dios, no bendecimos nuestros lugares de trabajo ni nuestras salas de juntas,  y nos echaríamos atrás ante el mero pensamiento de bendecir un dormitorio donde tiene lugar el sexo.

Y así somos más pobres por eso, no sólo religiosamente, sino humanamente también. Cuando nuestras actividades cotidianas no son sacramentales, pronto se vuelven planas, sin sentido, y nosotros lo compensamos inconscientemente aumentando la dosis.

No estoy seguro de hacia dónde deberíamos encaminarnos con todo esto, ya que no nos sentimos atraídos ni a los mitos ni a la piedad de antaño; pero, a no ser que encontremos la oración y los rituales  para conectar a sus sagrados orígenes, nuestro comer, trabajar y hacer el amor, la vida ordinaria seguirá siendo justamente eso, vida ordinaria, nada especial, simplemente la mugre y porquería de seguir dando tumbos.

(Fuente: Ciudad Redonda, 12/01/2009)

* Ronald Rolheiser es sacerdote, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Estados Unidos. Más información

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9 02 2009
Cristina

Qué bueno recordar lo sagrado que hay en nosotros, para que nos ayude a no vivir divididos por dentro, en tensión. Para vivir, siendo una unidad. Para que nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra alma sean una.

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