Noches oscuras de fe en nuestra vida

18 02 2009

Por Ronald Rolheiser*

Cuando se publicaron las memorias de Madre Teresa, las mismas revelaron que durante los últimos 50 años de su vida se había esforzado terriblemente para sentir la presencia de Dios en su vida. Sus críticos sintieron un cierto regocijo: En el fondo  -creían ahora-  ella era una agnóstica, que dudaba de la existencia de Dios.  Sus devotos estaban confundidos: ¿Cómo le podía pasar eso a ella? ¿Cómo una mujer de una generosidad tan excepcional y de aparente fe no podía sentirse segura en su sentimiento sobre la existencia y providencia de Dios?

Lo que subyace en ambas reacciones es una falta de comprensión de una experiencia tan antigua como la fe misma, la de hallarse dentro de una “noche oscura del espíritu“. Mirando a Madre Teresa a través de los ojos del misticismo cristiano, la pregunta más apropiada sería: ¿Cómo no podría experimentar lo que de hecho experimentó?  Madre Teresa fue una mujer extraordinaria, una atleta espiritual, alguien que había entregado totalmente su libertad a Dios; ¿acaso no podríamos esperar que experimentara ella una “noche oscura del espíritu”?

Pero, ¿qué es una “noche oscura del espíritu”? La “noche oscura del espíritu” es una experiencia en la que nuestro sentido vivencial de Dios se aja, se diluye y desaparece. A nivel de sentimiento, pensamiento e imaginación somos incapaces de evocar ningún sentido de seguridad o de fervorosos sentimientos sobre la presencia de Dios en nuestras vidas. Nos sentimos agnósticos, y hasta ateos, porque ya no podemos imaginar la existencia de Dios. Dios se nos antoja como no existente, ausente, muerto, como fantasía ilusoria.

Pero fijémonos que esto ocurre a nivel de imaginación y de sentimientos. Dios no desaparece ni deja de existir. Los que desaparecen son nuestros sentimientos anteriores con respecto a Dios y nuestra capacidad de imaginar la existencia de Dios.

Dios existe, independientemente de nuestros sentimientos. A veces nuestra cabeza y nuestro corazón están en armonía con esa realidad, y la sentimos con fervor.  Otras veces nuestra cabeza y  nuestro corazón  no pueden  entrar en sintonía al pensar, imaginar y sentir la existencia de un Dios que es inefable, inimaginable y totalmente Otro (por definición), y experimentamos precisamente una cierta ausencia, depresión o vacío cuando intentamos imaginar la existencia y el amor de Dios.

Y nosotros tendríamos que esperar que ocurriera esto en nuestras vidas; Jesús experimentó noches oscuras del espíritu. Justamente antes de morir en la cruz, gritó angustiosamente, expresando impresiones profundas de sentirse abandonado por Dios. Pero, al interior de este aparente agnosticismo, algo más allá de sus sentimientos e imaginación, la fe le mantenía firme y le capacitaba para entregarse confiadamente a Alguien a quien ya no podía imaginar como existente.  Este fenómeno no se cataloga como duda, es fe auténtica. La fe comienza exactamente donde el ateísmo supone que acaba.

Si esto le ocurrió a Jesús, ¿nos habría de sorprender que le ocurriera también a Madre Teresa? Henri Nouwen nos cuenta lo consternado y sorprendido que estaba ante el lecho de muerte de su madre, una mujer de extraordinaria fe, cuando comenzó ella a expresar su angustia y sentimientos de que Dios la abandonaba.  “¿Cómo le puede pasar esto a mi madre?” -exclama Nowen.  Más tarde, después de reflexionar sobre ello, ya encontró sentido. Su madre había pedido en oración, cada día de su vida adulta, morir como Jesús. Sencillamente, Dios había tomado en serio su oración y su ofrecimiento.

Entendida correctamente, la “noche oscura”  no consiste en un fallo de nuestra fe, sino en un fallo de nuestra imaginación: Imagínate que te sientas un día a orar y sientes con absoluta seguridad que Dios es real, más real que cualquier otra cosa. En ese momento, tu fe se siente segura tanto en tu cabeza como en tu corazón. Pero ahora imagínate una escena totalmente diferente: Una noche estás echado en tu cama, en la oscuridad y, con plena sinceridad, inteligencia y fuerza de voluntad, intentas imaginar y sentir la existencia de Dios, pero te levantas vacío y seco.  Y entonces te obsesiona el miedo: “¡No creo! En el fondo soy un ateo!” ¿Acaso significa esto que en el primer caso tenías una fe robusta y en el siguiente tenías una fe débil?

No necesariamente. En el primer caso tenías una fuerte imaginación y en el segundo la tenías muy débil. En un caso, eras capaz de imaginar la existencia de Dios y en el otro no. Ninguno de los dos determina si Dios existe o no. Las noches de la fe tienen que ver con sentimientos e imaginación, y no con la realidad de Dios o su presencia en nosotros.

¿Por qué nos ocurren “noches oscuras de la fe”? ¿Por qué Dios algunas veces retira aparentemente su presencia, se ausenta? Siempre para que nos desprendamos de algo que, aunque haya sido bueno por un tiempo, un icono, está ahora produciendo una especie de idolatría en nuestras vidas.

Siempre que gritemos a Dios con fe y le cuestionemos por qué no responde más profundamente a nuestra sinceridad, la respuesta de Dios es siempre la misma que él, una y otra vez, nos da en la Escritura: Me encontrarás de nuevo cuando me busques con todo tu corazón, toda tu mente y toda tu alma, o sea, cuando te desprendas de todas las cosas que, ahora mismo, en tu mente y en tu corazón, has confundido con Dios!”

(Fuente: Ciudad Redonda, 10/11/2008)

* Ronald Rolheiser es sacerdote, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Estados Unidos. Más información

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