Perdona a tu pueblo, Señor…

2 04 2009

Por María Isabel Montiel*

«Perdona a tu pueblo, Señor,
perdona a tu pueblo, perdónale Señor.
No estés eternamente enojado,
no estés eternamente enojado,
perdónale Señor»

Así dice una canción que he oído desde niña en este tiempo de Cuaresma. Se cantaba, y se sigue cantando, sobre todo en los Via crucis y en algunas celebraciones de Semana Santa. La verdad es que resulta muy efectista, pero esa letra… No puedo, ni quiero, pensar en un Dios “eternamente enojado”. Dios no está enojado. Le duele el pecado del hombre por el mal que se hace a sí mismo o a sus semejantes, pero Él lo que desea es restaurar el bien en el corazón humano y está siempre dispuesto a perdonar y a ofrecer su misericordia y su amor.

Dios tampoco necesita una satisfacción para justificar el pecado cometido por la humanidad. Por lo tanto, tampoco era necesario que otro ser infinito (Jesús), le desagraviase, aunque la ofensa del pecado fuera infinita al ser cometida contra Dios (ser infinito).

Yo estoy convencida (y que me corrijan los “doctores” en la materia), de que Jesús murió no porque el Padre así lo quiso, ni porque estuviera escrito, ni por aplacar a un Dios airado. Jesús muere porque su proyecto no es aceptado ni religiosa ni civilmente. Tanto una como otra autoridad, veían en peligro sus seguridades. El pueblo esperaba un líder con poder, y los suyos se vieron decepcionados ante el desenlace que se avecinaba. ¿Habría sido distinto si Jesús hubiera nacido en nuestros días? Y nosotros, ¿habríamos actuado de forma diferente a como lo hicieron sus discípulos?

Jesús cambia los esquemas de todos, y habla de un Dios que es Amor. Dice que el que quiera ser el primero debe ponerse al servicio de su prójimo; que hay que amar a todos y también a los enemigos; que sus predilectos son los pobres y los rechazados por la sociedad; que hay que entregarse a los hermanos, hasta dar la vida si es necesario. Y sabemos que en Jesús todo esto no son sólo palabras.

Intuía que su predicación iba a llevarle a la muerte, pero libremente decidió seguir adelante. Su mensaje iba rompiendo círculos de opresión social, política y religiosa, aunque Él no prescindió de la religión ni la rechazó. La puso al servicio de la vida y de la dignificación de los seres humanos.

La pasión y muerte de Jesús no se entienden sin la vida y el camino que le condujo hacia ella. Su crucifixión resume y condensa su mensaje. En la cruz, Jesús se identifica con todos los que sufren y crea vida en medio de la muerte. En una palabra, recupera totalmente la existencia humana. La misión de Jesús era transformar al hombre a través del Amor y hacerle capaz de recibir la Gracia de Dios. Nos amó hasta el extremo de forma gratuita.

Pero con todo lo importante que es esa entrega, lo que tenemos que celebrar principalmente es la razón fundamental de nuestra fe: la Resurrección de Jesús. Jesús resucitado es la plenitud de lo que Dios quiere hacer con cada uno de nosotros.  Con su Resurrección nos enseña el sentido pleno de nuestra existencia y nos abre a la esperanza de una vida totalmente transformada. Siendo así, ¿podemos seguir pensando que Dios está “eternamente enojado”?

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One response

6 08 2009
Hugo

No es tampoco la versión original de la canción “no estes eternamente enojado”, ni se en que momento se le cambio. La versión original es del sacerdote Antonio Alcalde, alumno de música litúrgica del sacerdote Césareo Gabaráin, el autor de Pescador de hombres. La versión original dice: por tu poder y amor inefable, por tu misericordia intrañable, perdonale, Señor.

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