El gesto supremo

4 04 2009

Domingo de Ramos. Por José Antonio Pagola*

Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.

Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.

Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.

Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.

Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.

Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.

* José Antonio Pagola es sacerdote, director del Instituto de Teología y Pastoral de San Sebastián. Más información

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One response

7 04 2009
mª pilar garcía

¡Gracias J.A. Pagola! si algún día ¡¡de verdad!! escucháramos La Palabra Encarnada en Jesús, y con ella ¡El Don de Dios! que se nos entrega… Este mundo sería tan diferente.
Hay que seguir en la brecha, seguir de verdad a Jesús Señor, y esperar… que algún día, caminemos de tal manera, que seamos ¡Vida! para cuantos nos rodean, aunque este camino, igual que le sucedió al Maestro… nos traiga dificultades; porque sabemos que Dios Abba, siempre está a nuestro lado manifestando cuanto y como nos ama; pase lo que pase.
Y vivir como Jesús, estando siempre cerca de todos los seres buenos que sufren la injusticia de este mundo airado, frío, egoista.
¡¡Gracias!!
mª pilar

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