«… Y todo lo demás se os dará por añadidura»

18 04 2009

Por José Ignacio Calleja*

Recuerdo que, al juntarnos para un curso de moral social cristiana, entre religiosos de aquí y de allá, más de una vez he bromeado de este modo: “Bien, vamos a comenzar; pero antes de nada, el ecónomo puede ir a su trabajo”. Algunos imaginaban que me ensañaría con los administradores de su congregación. En realidad, era una confesión de que la fe cristiana nos coloca ante exigencias muy radicales en el uso y apropiación de los bienes económicos. Tantas, que temo que sea difícil conseguir rentabilidades “importantes”, y, sobre todo, que sea posible conseguirlas como “los mercados” permiten, o ¡permitían!, y descansar en paz. Tal vez por eso en la Iglesia, creo yo, mucha gente con responsabilidad pastoral ha evitado enterarse a fondo de la administración de los bienes en su institución. Una especie de huida hacia delante, más o menos comprensible, visto como se las gasta el Evangelio con el uso y procedencia de las riquezas.

Todo esto a propósito de noticias que, de vez en cuando, saltan hasta la prensa y que tienen que ver con donaciones, herencias, ayudas, obras… y, en otro orden de cosas, con la gestión de fondos y cuentas varias, que extienden dudas sobre cuánto, por qué, para quién, con qué fin y bajo qué control.

Como no me tengo por inquisidor, ni pienso que otros han de ser más materialistas que yo, confío mucho en quienes, en la Iglesia, gestionan su economía. Me consta, además, que el celo de estas personas por el patrimonio común suele ser proverbial. Y me consta también que en la Iglesia, en todos los niveles por mí conocidos, la gente vive con razonable modestia y mirando en lo posible por la congregación, el colegio, la residencia, el seminario o la diócesis.

Ahora bien, siempre hay un “pero”: deberíamos mejorar en algunos aspectos sustanciales. En primer lugar, pienso en profesionalizar la administración, dotarla de rigor, someterla a reglas bien conocidas y publicitarla con objetividad. No tiene por qué salir en el “telediario”, pero hay formas perfectamente conocidas para hacer público un balance económico y una situación patrimonial. Y los ecónomos tienen que reconocer que el secreto, la soledad y el paso del tiempo en el cargo son un cóctel explosivo.

Por otro lado, las fuentes de financiación de la Iglesia y de sus proyectos tienen que ser perfectamente legales en toda su extensión, sobre todo, en cuanto a su procedencia y fiscalidad. Y, por supuesto, no crear relaciones de deuda moral y trato privilegiado con sus benefactores. Menos aún habrían de condicionar una palabra moral de denuncia pública. Cuando las malas lenguas se refieren a que hay mecenas, fundaciones y agentes financieros que sugieren suavizar tomas de posición de la Iglesia en el mundo a cambio de asumir deudas muy cuantiosas, es mejor tenerlo por leyendas urbanas.

En este sentido, el capital de origen público es muy cuestionado, por lo que supone de obligación fiscal para todos, directa o indirectamente, en una sociedad plural. Pero el capital privado, cuando procede de mecenas millonarios, es aún más peligroso, por lo que supone de dependencia futura y lo que podemos ignorar sobre su origen. Hay que ser muy grande para dar mucho a otros, además de tenerlo, y hay que ser inmenso para darlo sin interés alguno, y anónimamente. Yo diría que casi imposible. Así que, mejor “muchos pocos” que no uno que lo da “todo”.

Y, al cabo, lo más decisivo. Sin bienes no se puede vivir. Con muchos bienes, te agobia aquello de que “no se puede servir a dos señores”. El modo tan particular como se nos revela el crecimiento del Reino, entre la sencillez de lo casi inapreciable y el profetismo espiritual y moral alternativos, dificulta la traducción económica de la fe. Ya sé, ya sé que sobre el Nuevo Testamento y los bienes económicos hay mucho que decir. Pero la línea general, las referencias cristianas más decisivas, no sólo morales, sino teologales y espirituales, son la confianza en el Padre (”buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”), la pobreza (”el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”) y el desprendimiento (”dadles vosotros de comer”). Nuestros beneméritos precursores lo tradujeron hasta ayer en máximas morales como “en caso de extrema necesidad, todos los bienes son comunes”, y, además, “lo que tienes, más allá de lo necesario comúnmente para vivir con dignidad, no es tuyo, es de los pobres”. En plena crisis, con el Evangelio en una mano y el FOESSA en la otra, hay que ser muy claros en las cuentas y tratos, y muy “comprometidos” en el uso de lo propio.

(Fuente: revista Vida Nueva, nº 2655)

* José Ignacio Calleja es sacerdote, profesor de Moral Social Cristiana en la Facultad de Teología de Vitoria. Lee otros artículos suyos

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