¿A quién oramos? (III): la mal llamada intercesión

14 05 2009

Por Jairo del Agua*

Oración de intercesiónTengo que confesar que, cuando oigo hablar de intercesión, me chirrían todos los goznes. Interceder, en nuestra preciosa lengua española, significa “hablar en favor de otro para conseguirle un bien o librarlo de un mal”.

Cuando intercedemos por otro nos comportamos como si Dios fuese un potentado, que no conoce a nuestro colega, y “se lo recomendamos” para que le haga algún favor. Estamos rebajando a Dios a la estatura de un “poderoso hombrecillo” y a nuestro amigo a la condición de “desconocido” en vez de “hijo”. ¡Qué dos errores tan enormes! Si estuviéramos seguros de que Dios es Padre, que nos conoce y cuida uno a uno (“hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” – Lc 12,7), que se vuelca permanentemente por mí y por el otro, nos daría vergüenza recomendar a alguien a su propio Padre.

Por eso no creo en la oración de intercesión. A lo más que llego es a musitar con rubor: “Señor que aprenda a acogerle, amarle y apoyarle como Tú lo haces”. Tampoco creo en la intercesión de los santos o de la santa Madre. No necesitamos intermediarios, recomendaciones, ni enchufes. (Aquí algunos me mandarán a hacer puñetas, pero les animo a seguir leyendo).

Dios nos quiere más que todos ellos juntos porque su amor es infinito y el de ellos finito. No necesita que nadie se lo recuerde tirándole de la manga. La gran ayuda de los santos y de la Madre es su ejemplo. Son las montañas del horizonte que nos ayudan a orientarnos, los indicadores que jalonan y animan nuestro camino. A veces necesitamos besar el indicador agradecidos, incluso descansar a su sombra, pero es de necios agarrarse al indicador y dejar de caminar. Tan necio como intentar beber del cartel que te señala la Fuente. Tan necio como confundir al lazarillo con la Luz.

El origen de la intercesión me parece verlo -un caso más- en las adherencias judías del cristianismo y especialmente en el principio de expiación: “la Justicia siempre exige reparación”. O expías tú o expía otro por ti. O ruegas tú o ruega otro por ti. Hay que saturar al Poderoso con méritos, reparaciones y súplicas para conseguir borrar su enfado y que nos sea propicio. No hemos asimilado el rostro del Padre revelado por Cristo. No le hemos hecho caso: “a vino nuevo, odres nuevos” (Mt 9,17), por eso hay tanto Evangelio vertido por el suelo. Nos mantenemos atados al temor, a la medida, al “diente por diente”. No nos hemos abierto al Dios Amor, al Dios Padre y Madre que nos busca insistentemente. Todavía pensamos que hay que enviarle poderosos emisarios, personalidades influyentes, repetidas solicitudes, para doblar su brazo y obtener su favor.

Yo entiendo la intercesión a la inversa: Es el Padre el que nos llama, el que nos envía mensajeros y lazarillos que nos despierten y orienten. Nuestra Madre, los santos y cuantos nos quieren bien interceden ante nosotros con su ejemplo y sus palabras. Cuando nos acercamos a ellos nos gritan por dónde se regresa al Padre, nos convencen de la certeza de su amor. Nos repiten: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5), por ahí se llega. El favor de Dios está garantizado. No es necesario que nadie le empuje para que salga a buscarnos. Él siempre nos espera en el camino con los brazos abiertos y la mesa puesta. No lo digo yo -mero copista- lo afirma el Evangelio.

Nuestro Dios, el de Jesús de Nazaret, el de la “parábola del hijo pródigo” (Lc 15,20), no necesita intercesores. ¿Nos lo creeremos algún día? El mismísimo Señor en su despedida nos lo dejó bien claro: “Yo no os voy a decir que rezaré por vosotros al Padre, porque el mismo Padre os ama, ya que vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios” (Jn 16,26).

Por tanto ni intercesión, ni intercesores. Desde que lo he descubierto, mi relación con la Madre y los santos es más cercana, más fluida, más amorosa. Ya no les pido, ni siquiera les hablo, les escucho y con ellos adoro: “Glorifica mi alma al Señor y salta de júbilo…” (Lc 1,46). Me he dado cuenta que la oración no consiste en “pedir” sino en “abrir” a quien está deseando entrar.

Cuando se trata de orar por otro ya no “intercedo” -pretensión fatua- sino que me dejo empapar de fraternidad, amor, ayuda… hacia esa persona o grupo. Ahora sé que “el mismo Padre les ama”, no necesitan influencias. Cuando “vivo” el amor a una persona y se lo cuento al Señor, no consigo nada especial del Cielo. Sólo consigo que mi amor se ensanche, crezca y se oriente a esa persona concreta. Si esa persona está presente en mi vida, sin duda notará mi amor en múltiples detalles (trato, sonrisa, apertura, paz, escucha, apoyo, etc.). ¡Mi oración ha sido eficaz! ¡He ayudado al otro! Si esa persona está ausente, la fuerza de mi amor le llegará secretamente. Las vivencias espirituales se transmiten a más velocidad que la luz. Si la telepatía -por ejemplo- está demostrada, ¿cómo no creer en las energías espirituales?

Cuentan que las lágrimas de santa Mónica conmovieron a Dios y le concedió la conversión de su hijo Agustín. ¡Totalmente falso! Fue el amor y la insistencia de una madre lo que movió al hijo a abrirse al Dios que su madre reflejaba. Y, ya se sabe, en cuanto Él encuentra un resquicio… nos inunda. Disparata quien afirma que “arranca” favores a Dios. Nada hay que arrancar, lo tenemos todo preconcedido porque Él está pirrado por nosotros. Somos nosotros los que tenemos que “arrancarnos” para caer en sus brazos.

Pretender “transformar” o “conmover” a Dios para que nos sea favorable es un tremendo error y una infantil idolatría. Somos nosotros los que debemos transformarnos en “su imagen y semejanza” y conmovernos ante el bien que evitamos y el mal que promovemos o no frenamos. El éxito de la oración se recoge en esta sencilla ecuación: oración = transformación. Cuando decididamente busco que el bien me inunde, estoy creciendo yo y llamando al corazón del otro. Si abre, mi oración será eficaz también para él. Cuando la oración hace crecer el bien en mí, redunda en el retroceso del mal en el otro. Cuando ambos nos sumergimos en el Bien, la oración nos convierte en racimo que madura al Sol. Es la “comunión de los santos”, “vencer el mal con abundancia de bien” (Rom 12,21).

La oración por otro no es un triangulo: yo suplico al Cielo para que ayude al otro. Más bien es una conexión horizontal entre yo y el otro. Se parece a ese infantil juego del agua en el que cargamos nuestros globos o juguetes en el mar y nos empapamos con algazara. El frescor y la caricia del agua nos empuja a sumergimos con alegría en el inmenso Mar cercano, siempre abierto y disponible.

De alguna forma, los que leéis estas mis “cuentas de conciencia” sois mi racimo. El Sol lo tenemos asegurado. Falta que nosotros nos dejemos transformar en alimento dulce, nutritivo, embriagador, y nos lo transfiramos. La oración -toda clase de oración- o es transformante o no es nada. Por eso es esencial preguntarse: ¿A quién estoy orando? ¿Con quién conecto? ¿Con el lejano “ídolo cicatero” al que pretendo arrancar algún favor? ¿O con el Dios Torrente cuyo amor gratuito se está volcando permanentemente sobre mí?

Insistiré una vez más: Nuestro Dios no necesita mediadores, ni influencias, ni expiaciones, ni holocaustos, ni sacrificios. Somos nosotros los que necesitamos despertar de nuestra inconsciencia, de nuestro aletargado sueño, de nuestro complejo de esclavos. Nuestro Dios es un Torrente, una Catarata infinita, la Atmósfera que nos da vida. Vivimos por Él, con Él y en Él, llamados por nuestro nombre, deseados, esperados, amados y abrazados… Nuestra tragedia es que no lo creemos, que huimos, que vivimos escondidos como miserables cuando somos herederos enormemente ricos. Es realmente una tragedia, una enorme tragedia de la que podemos y debemos despertar.

Termino mis reflexiones sobre la “oración de petición”. Dios dirá si he de continuar. Mientras tanto, mi oración -hecha amor que desea apasionadamente el bien de cada uno- os acompañará siempre.

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos

Serie “¿A quién oramos?”, de Jairo del Agua:

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11 responses

15 05 2009
mariuccha

Jairo, escribes muy bien te felicito, pero no comparto tu idea que tienes sobre la intercesión. Es rico pedirle a DIOS por ejemplo por mis hijas, por mi vecina que esta enferma y su hermana me pidió que orara por ella, por mi suegra que está enferma, en fin por tantos casos que se presentan en el diario vivir; el otro queda contento y yo más porque pude pedir por él, ¿no crees? Puse tu pagina para mirar artículos para un trabajo que tengo en mi comunidad, de todas formas llevaré éste para sacar más opiniones,
QUE DIOS TE BENDIGA ORARÉ POR TI

15 05 2009
mº pilar garcía

Hay una pregunta que me surge, cuando “defendemos” la oración de petición; estimada mariuccha.
¿Qué pedimos? ¿la curación, que todo les salga bien a las personas que queremos? ¿que nada les suceda?…
Y ¿qué hecen las personas más olvidadas del mundo, los más castigados?…

Es bueno y necesario ponerlas en las manos amorosas del Dios Abba que Jesús nos motró; todo el dolor del mundo, de las personas que queremos, de los amigos… etc.etc.

Lo que Jairo quiere que descubramos es, que Él todo eso ya lo sabe, y está en esas personas acompañándolas en cada momento, mucho más de lo que podemos imaginar. Entonces, la oración sería más lógica, si nuestra petición fuera algo así: “Que te sientan cercano, que noten tu presencia, que sientan tu Amor y cercanía” y ahí entramos las personas orantes llegando a todos los confines del orbe.

En las cercanas, haciéndolas sentir con nuestra cercanía y conversación, que Dios Abba de verdad está a su lado; nuestro amor y compañía es el reflejo de Dios en cada persona que así lo siente y lo vive.

Pedir pues, ¡conocimiento interno de Dios en todo ser de buena voluntad! y nuestro amor y entrega harán su labor imprescindible, porque muestra su Amor a todos los seres de la tierra.

Hay un refrán muy claro: “A Dios ‘rogando’ y con el mazo dando”. Es como si tengo un campo, si sólo “rezo”, pero no lo desbrozo, no lo siembro, no lo cuido… jamás dará fruto…

Jairo lo explica maravillosamnete bien, sólo hay que leer y “escuchar” lo que nos dice, dejar que ese como susurro, impregne nuestro corazón, y se abrirán nuestros ojos, y lo veremos con claridad.

mª pilar

15 05 2009
Alejandro Daza

Hijo, debo reconocer que me desarmaste porque en un inicio del texto fue muy fuerte, y créeme que me has enseñado algo, pero a pesar de lo bonito como verás me gustaría que por lo menos nos explicaras a las personas le llevamos ese amor del Padre, sin embargo sigue siendo esa simple intercesión farisaica

15 05 2009
Maribel

Creo que lo que Jairo quiere decirnos, no es que no oremos por otros, sino que esa oración no va a servir para “arrancar ” a Dios su ayuda, (que por otra parte ya se la estará prestando porque conoce sus necesidades antes de que nosotros se las manifestemos), sino para que se ensanche nuestro amor hacia los que nos piden que intercedamos por ellos. La oración hace crecer el bien en nosotros y ese bien, redundará en los demás. A través de nuestro amor, recibirán el amor del Padre.

16 05 2009
Jairo del Agua

¡Dirán que ya no hay gente que ora! Pero por el aluvión de reacciones que he tenido (a favor y en contra) compruebo que la oración es muy importante PARA MUCHOS. ¡Gracias a Dios, que se sigue derramando en sus criaturas!

Os prometo un artículo más, como mínimo, con aclaraciones y ejemplos.

Con cariño. Jairo.

17 05 2009
Manuel

Yo creo que, es bueno rezàr por los demas.Cuanta gente se ha curado por la intercesiòn de un santo.Hay que razar por todo el mundo,especialmente por todos los que sufren,y por todos aquellos que queremos.

Manuel.

5 06 2009
¿A quién oramos? (IV): aclaraciones sólo para adultos « Fe, Arte, Solidaridad… y Tú

[…] ¿A quién oramos? (III): la mal llamada intercesión […]

6 06 2009
José Pablo

Bueno me parece que tu concepto de intercesión es erróneo, me imagino que para publicar eso mínimo tenías que ser intercesor o cristiano porque interceder es algo muy diferente.
Yo soy para la honra y gloria de Dios un intercesor y en mi Iglesia tambien habemos intercesores y interceder no es sólo eso, tambien es pararse en la brecha de la iglesia y ponernos en mucha batalla espiritual tampoco es jugando la cosa y es pararse entre los problemas de la persona y interceder por esa persona y por los que no conocen de Cristo y tambien hacer la labor evangelistica que nos fue encomendada a todos (marcos 16:15) y el mejor ejemplo de intercesor es Jesús que dia a dia se pone entre tu y el Padre para pedirle piedad por nosotros que dia a dia este mundo esta mas lleno de pecado y con esto te dejo si te queda alguna duda pon en internet intercesion y ves las definiciones. Que Dios te bendiga y estare intercediendo por ti

14 06 2009
karina

QUE POCO CONOCES A DIOS!

19 06 2009
Gamaliel

Y entonces qué me dices de Moisés cuando indican las Escrituras que Jehová destruiría a Israel, y él intercedió para que no sucediese. Entiendo que hay cosas por las cuales no pedir, que eso depende enteramente de una persona que abra su corazón, y de la voluntad de Dios. Pero de ahí a afirmar que no se deba orar por otros, es una posición sin argumentos. Saludos y vamos a pedir a Jehová que te llegue en sueños la verdad y la sana doctrina que es la que debemos anhelar.

Saludos y Bendiciones

30 06 2009
oscar sanchez

Apreciado Jairo del Agua: muy interesante tu posición desde el punto de vista argumental pero es TOTALMENTE ANTIBIBLICO…desde el Antiguo testamento hay intercesores como Abraham y Moisés y en el Nuevo testamento hombres inspirados por el Espiritu Santo como los Apostoles Santiago y Pablo, hablan que hagamos intercesión, rogativas, que oremos unos por los otros, que si alguno está enfermo los ancianos de la Iglesia oren por él, que la oración del Justo puede mucho, etc…No te dejes seducir de falsas filosofias y sutilezas que pueden engañar tu mente…es lógico que cuando tu oras por otra persona tu actitud hacia ella cambia y el otro percibe tu cambio, eso es parte del beneficio de la oración, pero NO por eso puedes soslayar el poder de la oración intercesora, ni racionalizarlo en toda su extensión, es imposible….Abraham intercede por su sobrino Lot para que no sea castigado junto con Sodoma y Gomorra…y Dios envía dos angeles a sacarlos de allí…Dios quería destruir al pueblo de Israel y por la oración de Moisés no lo hizo…cómo explicas eso….Dios iba a hacer morir a un Rey y por su oración el Señor le permitió que viviese 10 años más y se lo mandó decir a través de un profeta…cómo explicas eso?..y asi hay innumerables ejemplos….Bendiciones OS.

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