Oración: ¿verdadera amistad o interés?

17 06 2009

Por María Isabel Montiel*

Con los artículos de Jairo del Agua sobre la oración, parece que ha quedado patente que es un tema que interesa a muchos. A unos nos ha ayudado Jairo con sus aclaraciones y matices sobre la oración de petición, a otros les ha hecho saltar por los aires algunos de sus esquemas, pero la realidad es que todos reconocemos la importancia y la necesidad de orar.

Hay muchas definiciones sobre el concepto de oración, pero una de las que más me gusta, y me parece que da más en el clavo, es ésta de Santa Teresa de Jesús: «A mi parecer, no es otra cosa oración sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».

En la oración, pues, lo importante ya no será lo que digo o cómo lo digo, sino con quién estoy. No será, por tanto, un trato de negocios sino un trato entre personas. Y si entendemos la oración como relación de “amistad”, está claro: o se es amigo con todas las consecuencias y en toda circunstancia, o no hay tal amistad.

No vamos a negar las dificultades que encontramos a veces al orar, pues el Amigo con el que nos relacionamos no es como los amigos humanos, y en ocasiones no acabamos de entenderle, nos desconcierta y hasta parece que ni nos escucha. Pero, a pesar de esos sentimientos que pueden asaltarnos, no vamos a dudar de la presencia de Dios en todos los momentos de nuestra vida, y especialmente en la oración. Por eso, aunque la “oscuridad” nos desanimara, debemos orar siempre, no desfallecer nunca. Dios escucha siempre y siempre responde. No sólo con las palabras de la Biblia, sino también con lo que nos dirá en la vida.

El gran riesgo que se puede correr es plantearse la oración como una práctica más o una rutina, ya que eso la aislará de la vida y la despersonalizará. Y si la consideramos una obligación o una carga, nos costará encontrarle hueco. Aunque ¿buscamos hueco para respirar? Respirar es vivir. Así la oración.

A veces  acudimos a la oración cuando necesitamos algo, y esa oración puede convertir la necesidad en punto de encuentro con Dios y el reconocimiento de que somos “pobres”. Ciertamente Dios ya conoce nuestras carencias, pero el orante, con su petición, está expresando la confianza en una bondad superior capaz de ayudarle. Y, cambien o no cambien las cosas que se piden, el orante encontrará más de lo que buscaba; le encontrará a Él.

Pero la petición puede convertirse en manipulación de lo sagrado, o en un intento de sobornar a Dios. Eso hacemos en cierto modo cuando pedimos algo y, a cambio, si se nos concede, prometemos “favores” (léase una vela encendida, una novena y hasta una misa…). O si no conseguimos lo que pedimos, puede que hasta demos la espalda a Dios porque “no nos sirve”. Lo mismo ocurre si sólo rezamos cuando nos vemos con el agua al cuello, mientras teníamos olvidado a Dios cuando todo marchaba bien. Porque no es Dios el que tiene que estar a nuestra disposición, sino nosotros a disposición de Dios.

Con la oración de petición no debemos intentar llevar a Dios a nuestro terreno, sino ver las cosas como Dios las ve. De esta forma, la oración hará cambiar nuestro punto de vista, acercándolo al de Dios, porque la oración verdadera es transformadora.

La oración cristiana no puede ser un “mendigar” intervensionismos divinos ante las necesidades, los abusos o las desgracias humanas. Dios no es el mago “resuelvelotodo” que pretendemos. Nuestra oración tiene que avivar la fe, y que ésta nos haga responsables y realistas ante los acontecimientos que nos rodean. Dios no actuará directamente, sino que nos potencia y apoya para que seamos nosotros los que vivamos nuestra vida, ejerzamos nuestra libertad y afrontemos nuestros límites. Sabiendo que, aunque no venzamos del todo, la esperanza nos dice que el mal no tiene la última palabra.

Y volviendo a la oración como relación de amistad, no vayamos a estropearla por ser demasiado interesada. Con un verdadero amigo nos encontramos a gusto porque nos quiere y le queremos; compartimos lo bueno y lo malo y nos vemos siempre que es posible, no sólo cuando pasamos momentos difíciles. Es más, cuando éstos suceden, no esperamos del amigo la solución, sino su cercanía, comprensión, consejo… En una palabra, sabernos queridos. ¿Y quién nos quiere más que Dios? ¿Quién nos conoce como Él? ¿Quién nos va a dar más paz y alegría?

El sabernos amados nos hará volcarnos en los intereses del Otro. Ese encuentro con el Amigo será un diálogo, en el que lo más importante será escuchar lo que Él tenga que decirnos. Dios nos busca, llama a nuestra puerta y espera que le respondamos, pero no va a violentar nuestra voluntad. Nos deja libres.

La oración debe partir de la vida e ir hacia la vida, no puede ser una excusa para aislarnos de ella y no comprometernos. Llevemos la vida a la oración y dejemos que Jesús la evangelice. Porque (vuelvo a citar a Santa Teresa) «la oración, o sanea la vida o no es oración».

Procuremos que no termine nuestro momento de oración sin que haya cambiado algo en nosotros, y sin el deseo de que algo cambie en el mundo, en la Iglesia, en nuestro entorno. María es la mejor maestra de oración que podemos encontrar. Para ella, orar era estar “disponible” a lo que Dios quisiera pedirle.

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria. Lee otros artículos suyos

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2 responses

17 06 2009
Jairo del Agua

Me alegra Mª Isabel que mi artículo te haya ayudado. Me alegra también que insistas en la línea que yo expuse ampliamente. Gracias por la cita de Teresa: «la oración, o sanea la vida o no es oración». No la conocía. Me alegra coincidir con ella cuando escribo: “la oración o es transformante o no es nada”.

Este tema es crucial para los cristianos y estoy contento de que personas lúcidas, como tú, os hagáis eco. Estás en lo cierto: la oración es tratar de amistad, muy lejos de las surpestición que nos acorrala.

Felicidades y mi cariño.

Jairo

18 06 2009
Marisela

Hola por acá: es un tema muy bueno a tratar, pues es ciertamente, “hablar con Aquel que nos ama”. Pero debemos hacerlo de forma natural y espontánea, sin grandes complicaciones, y saber que la oración no es exclusiva de los santos: todos estamos llamados a practicar nuestra fe, y la forma más bella de hacerlo es orando.
Hay muchos libros que hablan de la oración (de los salmos, de santos y beatos, de teólogos) pero el Maestro por excelencia es Jesús. Cada vez que el Señor quería hablar con el Padre, se retiraba a orar. Y la más bella oración nos la ha dejado él: el Padre nuestro.
Les pongo como enlace a mi blog, somos hermanos, hijos de un mismo Dios, así que hasta otra!!!!

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