¡Consumid, malditos!

12 07 2009

Por José Antonio Zamora

El recientemente fallecido Luis de Sebastián nos recuerda en su último libro que vivimos en una gran paradoja: medio mundo se muere de hambre y el otro medio padece problemas de sobrepeso. En esa obra su crítica se centra en el funcionamiento de la agroindustria, pero quizás el sistema capitalista en su conjunto esté lleno de paradojas, como la de que infinidad de trabajadores vean peligrar no sólo su empleo, sino incluso el techo que les cobija por falta de financiación o por impago de préstamos, mientras que ejecutivos que han llevado a la ruina a entidades financieras que se reflotan con el dinero de todos, cobren primas o indemnizaciones de escándalo; en el que profesionales de los que depende nuestra salud o nuestro futuro ecológico miren con asombro los suelos astronómicos de unos supuestos artistas del balón pagados gracias a endeudamientos, estos sí galácticos, a despecho de la crisis; etc.

Podríamos seguir señalando paradojas hasta hastiarnos. La principal es que no se produce para asegurar la vida y el bienestar de las poblaciones, sino para obtener y multiplicar los beneficios, bajo el supuesto suficientemente desmentido de que asegurando lo segundo, se consigue los primero. Un dogma que parece inmune a la realidad y a la crítica. Y según ese dogma la “inversión” en Cristiano Ronaldo está más que justificada, pues dará beneficios al club, dicen. Sin embargo, las demandas de millones de empobrecidos del planeta no encuentra eco en los “inversores” ávidos de beneficios, no son rentables.

Es bien sabido que los beneficios dependen de la ventaja competitiva que concede el aumento de la productividad, aumento que se nivela por la misma competitividad. Cada vez es necesario producir más riqueza material por unidad de tiempo para obtener el mismo beneficio. De ahí la exigencia de hacer circular y consumir lo producido a una mayor velocidad para darle salida. La aceleración de la producción por medio del crecimiento de la productividad obliga a un incremento de la cantidad de producción, es decir, al “crecimiento económico”, si se quiere mantener el desempleo en niveles que no hagan peligrar el sistema. La maximización del beneficio como objetivo conduce a la autonomización de la producción por la producción, y necesariamente al consumo por el consumo. No sólo consumen las personas en cuanto individuos privados, pero si éstos no consumen, la maquinaria se para. No nos puede extrañar que uno de los mensajes de los sindicatos pro-sistema el último 1 de mayo haya sido un llamamiento a consumir, pues junto a la inversión pública es el consumo interno lo que puede ayudar a salir de la crisis. No son tiempos para contemplaciones ecológicas sobre las consecuencias del productivismo. El decrecimiento sigue siendo un tema para outsiders de la economía y de la política.

Bajo esas premisas el consumo de los “gordos”, por seguir con la imagen que utiliza Luis de Sebastián, es una prioridad del sistema. Es necesario restaurarlo, dinamizarlo, reforzarlo. Norbert Bolz distingue en su obra El manifiesto consumista tres estadios en la cultura del consumo. En el primero el cliente busca el producto. Lo que cuenta es la necesidad y su satisfacción. En el segundo el producto busca al cliente, domina pues la sobreabundancia y el estímulo del deseo. En el tercero el consumidor mismo se convierte en producto. Lo que importa es el sentido y la identidad. Para asegurar el consumo, el capitalismo ha terminando convirtiendo a los individuos en productos suyos. Hemos terminado siendo de tal modo lo que consumimos, que ya no somos capaces de ver y experimentar lo que se esconde detrás de ese consumo que excluye a la mayoría del planeta. Tampoco compras millonarias tan escandalosas como la de Cristiano Ronaldo despertarán nuestras conciencias. Pero si el poder económico ha sido capaz de convertir al ser humano en todas sus dimensiones en una mercancía, de determinar sus dimensiones sociales, identitarias y, finalmente, espirituales desde la lógica de la mercancía, estamos ante un poder con pretensiones absolutas, un poder totalitario.

(Fuente: blog Cristianismo y Justicia, 28/06/2009)

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