La prostitución no es un trabajo

27 07 2009

Por Lilián Carapia*

Aunque es obvio para muchas personas, es necesario que a otras se les aclare que la prostitución no es un trabajo, como tampoco lo son sus variantes: bailarín/-a de table dance, modelo de materiales pornográficos, etc. Temas como éste son difíciles de tratar, y podría parecer de mal gusto el hacerlo aquí. Se trata de una realidad social que va en aumento porque muchos, si bien no todos los que se dedican a ello, elijen libremente el prostituirse. Hay quienes no quieren saber sobre el asunto porque han obligado a alguna persona a vender su cuerpo; algunos otros porque están involucrados como explotadores o consumidores. Lo más triste es que no faltan los que, diciendo creer en Dios, participan también de este grave mal y no lo ven como algo malo o vergonzoso. Conviene entonces detenerse a reflexionar en el tema de la prostitución.

Muchas cosas son de suyo muy hermosas, y una de ellas es el trabajo humano como éste fue concebido en la mente de Dios. Fue el Altísimo quien capacitó al hombre para que co-laborara con Él mediante el trabajo. La prostitución no es una actividad digna del ser humano, no es un trabajo, ya que no es una manera de colaborar con el Creador en el embellecimiento y progreso del mundo, todo lo contrario.

Los antiguos intentaron explicar la realidad del trabajo: algunos pueblos del Medio Oriente creían que éste era un castigo de los dioses, y otros lo consideraban un determinismo del que no se podía escapar, porque los dioses habían creado a los hombres para que se ocuparan del trabajo mientras ellos descansaban. Pero Israel plasmó en la Sagrada Escritura lo que comprendió por su relación con Dios: el Altísimo quiso que sus hijos colaboraran con Él luego de que les dio inteligencia, voluntad, un cuerpo hermoso y fuerte y sentimientos para verse afectados por su entorno. Así lo dice el Génesis: « (…) Llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves y a todos los animales que se arrastran. (…) El Señor Dios puso al hombre en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (cf. 1, 28; 2, 15)

El trabajo es una muestra de la confianza que Dios tiene en el hombre, por eso, no debería ser una pesada carga para nadie, y los santos lo saben bien. San Francisco de Asís se gozaba en alabar a Dios por el ser humano que trabaja; san Benito fundó una de las más célebres escuelas de espiritualidad bajo el lema ora et labora. El trabajo produce un cansancio que es normal, y en ocasiones, verdadera tensión y sufrimientos; sin embargo, cuando se trabaja con una intencionalidad clara, la de colaborar con Dios, Él mismo se carga nuestro dolor y nos consuela, brindándonos también la paz interior aun en esas circunstancias. Por el contrario, cuando no se trabaja según el proyecto de Dios, el trabajo llega a hastiar y a ser nocivo. El pecado todo lo echa a perder y, todo lo torna en desgracia. Todas las actividades que traicionan la confianza de Dios son indignas de llamarse «trabajos», y la prostitución es una de ellas (cf. 3, 17-18).

Cierto día, la BBC de Londres emitía un reportaje sobre el así llamado «oficio más antiguo del mundo». Prostitutas de varias partes del mundo exponían sus testimonios sobre las vejaciones que sufren: desde ofensas verbales, hasta la muerte violenta en manos del «cliente». Consternada analizaba las palabras que se usaban en aquella nota: el reportero lo presentaba como un problema en que es urgente emitir leyes laborales (y no leyes que terminen con la prostitución); algunas prostitutas entrevistadas se presentaban como presidentas de asociacioneso miembros de sindicatos de sexo-servidoras; otras más describían la «jornada laboral», etc.

Para quien se dedica a la promoción humana es preocupante el problema de la prostitución, y más cuando la víctima se ha acomodado a él encontrando las palabras que cautericen su conciencia. Por eso, y aunque parezca inútil, hay que seguir trabajando: costará mucho, pero hay que superar lo que el Papa Benedicto XVI no llama «trabajo», sino «execrable crimen» y «vergüenza de la humanidad».

* Lilián Carapia es licenciada en Filosofía y religiosa del Instituto de Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, en México. Lee otros artículos suyos

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One response

28 07 2009
Comunidade Fraterna de Reconciliação

Lilián Carapia, gracias! Trabalhar é colaborar na obra do AMOR INFINITO… colaborar no bem da Humanidade.
O teu texto é muito importante num momento em que aqui na Europa se coloca, subtilmente, através da comunicação social, a necessidade de se “criarem condições de trabalho para as prostitutas”. Aquelas mulheres não trabalham; são escravas – de esquemas mafiosos e, muitas vezes, de si próprias.
Que podemos nós fazer? Que respostas damos no acolhimento dessas mulheres em nossas comunidades?
Gostaríamos de continuar o diálogo contigo, através de mail. É possível?
Comunidade Fraterna de Reconciliação (Portugal)
grao-de-mostarda@hotmail.com

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