Aprender a contactar con Dios (IV)

30 07 2009

Por Dolores Aleixandre*

DESDE LA MONOTONÍA

«Con esta es la décima vez que os explico en este mes que que en el verbo “hacer”, la ‘a’ que va delante del infinitivo es preposición y no lleva ‘h’, pero si va delante de participio sí la lleva porque es la forma compuesta del verbo: o sea que no es lo mismo “voy a hacer” que “él ha hecho”…». Treinta y dos caras de chavales miran la pizarra sin verla, mucho más interesados en su música, los problemas de su acné o el fútbol que en los arbitrarios caprichos de distribución de la ‘h’. Aborrezco dar clase los viernes por la tarde.

«Paco, me va a poner tres rodajas de pescadilla y cuarto y mitad de boquerones. Y me los limpias, por favor». Diez minutos más de cola en la pescadería y aún me queda la de Dionisio, el pollero, que nunca tiene prisa y siempre pregunta a la que le toca: «¿Qué te pongo, bonita?»; y luego la de la frutería barata, que está como siempre a tope. Cada viernes por la tarde, lo mismo.

Y entonces fue mi sobrino y le dijo al médico: «Oiga dostor ¿y cree Vd. que voy a quedar bien de la operación de juanetes?» La hermana Aurelia tiene el don de ponerme irracionalmente frenética (será que es viernes por la tarde), no sólo porque dice dostor y es inútil intentar que lo pronuncie bien, sino porque no soporto escucharle, una vez más, la historia de los juanetes de su sobrino.

¿Será que es esto lo que la vida da de sí? ¿O tendré yo alguna neurosis oculta que me hace tan aburrida la monotonía de lo cotidiano y me la convierte en una penitencia? Porque a veces me imagino el purgatorio como una banda sonora en que se oye mi voz explicando, sin interrupción, las reglas de la ‘h’; a Dionisio el pollero repitiendo como una cacatúa amaestrada: “¿Qué te pongo, bonita? ¿Qué te pongo, bonita?”, y al sobrino de la hermana Aurelia, tan inasequible al desaliento como su tía, haciéndole al dostor la trascendental pregunta acerca del porvenir de sus juanetes.

Albergo la sospecha de que el problema del rechazo al peso de lo cotidiano está en mí y no en todo eso que me produce tanto tedio; pero hay días, y hoy es uno de ellos, en que me hundo en la miseria al verme tan incapaz de mirar lo que me rodea sin encontrarlo desteñido, amorfo, repetitivo y sin rastro de novedad.

Ahora y aquí. Abro el evangelio y voy a parar a la curación del ciego Bartimeo (Mc 10,42-56). Me siento yo también en la cuneta, consciente de que estoy tan ciega como él, y me pongo primero a susurrar y luego a gritar: “Jesús, ¡ten compasión de mí…!”

Sigo leyendo: “Llamaron al ciego diciendo:-¡Ten ánimo! ¡Levántate! Te llama…” (Mi deformación lingüística me hace fijarme, de entrada, en que el ciego escuchó dos imperativos muy fuertes y muy desestabilizadores, pero que descansaban sobre un indicativo glorioso: “te llama”. Ahí debió estar para Bartimeo la fuerza secreta que le hizo soltar el viejo manto de su vieja mentalidad y dar un brinco para ir al encuentro de Jesús.)

Decido dejarme atraer por la fuerza de esa llamada y me acerco a él. Me paro delante del Maestro con mi mirada cegata y trato de exponerme, con todas mis zonas de sombra y las escamas de mis ojos, ante una mirada que no me juzga con severidad ni me hace reproches, sino que me envuelve en una ternura cálida, como la del sol en una mañana de verano.

Estoy ahí callada y sin prisa, dejándome mirar, con cierto temor en el fondo a resultarle pesada y reincidente con mis problemas, como me pasa a mí con la gente. Le digo que atienda primero a Bartimeo que al fin y al cabo estaba antes que yo, pero sobre todo porque me parece que mi caso es más complicado y le va a llevar más tiempo.

Nos sentamos al borde de la cuneta y me pide que le hable de de los chavales de mi clase. Llevo con ellos tres años y me conozco bien la problemática de cada familia y la situación conflictiva del barrio. Al nombrarle a cada uno me doy cuenta de cuánto los quiero y cuánto me importan, y me ocurre algo parecido al hablarle después de la comunidad: de lo que siento que me aportan, del camino de Evangelio que intuyo en cada una, de los vínculos que nos unen, más allá de las tensiones y las dificultades de la convivencia, del proyecto común que llevamos entre manos…

Y él me habla de sus años en Nazaret y del misterio de que siendo las horas y las semanas y los años tan iguales, había una novedad escondida en lo que iba descubriendo cada día: lo que el rabino le leía de los profetas en la sinagoga; el campo, tan distinto en otoño, en invierno o en primavera; la sorpresa de que un mismo salmo le resonara diferente si era su madre o José quien lo rezaba; el crecer de los niños del pueblo y el envejecer de los ancianos… Y también el deseo creciente de decirle a la gente más hundida que el reino de Dios está ya dentro de cada uno, y la alegría de darse cuenta de que cada día le iba creciendo la afinidad con el Padre del cielo.

Me viene a la memoria, de pronto, una frase del cántico de Zacarías: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visita el sol que nace de lo alto…” y siento que también a mí me está visitando el sol, y que está colándose por las rendijas del cuarto oscuro donde se agazapan mis ansiedades y mis harturas.

Sé que, como Bartimeo, no tengo otro modo de recobrar la vista que éste de dejarme iluminar por las palabras de Jesús y su presencia; pero pienso que a mí no se me van a curar los ojos de repente, sino poco a poco, y con paciencia, y recibiendo humildemente, como si fuera el pan, la luz de cada día.

Y que tengo que ir aprendiendo pacientemente a acoger la presencia del Reino escondido en lo cotidiano, y asombrarme de que ese amor que está en mí y que no me pertenece pero me habita, me vaya haciendo capaz de descubrir la novedad de cada persona y de cada cosa.

Para este viernes por la tarde ya tengo la luz que necesito y, de momento, voy a ponerme a discurrir alguna manera nueva de explicar las reglas de la ‘h’.

Quizá y como práctica cuaresmal de este año, le pida a la hermana Aurelia que invite un día a merendar a su sobrino y así poder evaluar, en vivo y en directo, los resultados de la intervención del dostor, no sea que también yo tenga que operarme un día de juanetes.

De todas maneras, he tomado una decisión en la que pienso ser inflexible: a partir del próximo viernes voy a comprar el pollo en el puesto de “Aves Gómez” donde, además de despachar muy deprisa, te saludan diciendo: “Vd.me dirá en qué puedo servirle, guapa…”

* Dolores Aleixandre es religiosa del Sagrado Corazón y teóloga.

Serie “Aprender a contactar con Dios”, de Dolores Aleixandre:

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