El nuevo modelo económico que necesitamos

20 08 2009

Por Carlos Ballesteros*

En nuestra sociedad actual parece imperar una forma de entender la economía y su rentabilidad basada en unos valores que no tienen nada que ver con la ética, la responsabilidad y el desarrollo endógeno y armónico de los pueblos. Esta forma de entender e imponer el valor del beneficio financiero por encima de cualquier otro valor social, cultural y humano se ha venido globalizando a nivel planetario y, en los últimos años, ha acelerado aún más su presencia, de tal manera que la globalización económica e ideológica que se ha adueñado de nuestro mundo, unida al avance de la sociedad de consumo, hacen cada vez más difícil que nazcan y se articulen experiencias de carácter social en lo económico.

Ejemplos de ello pueden ser la mundialización de los intercambios económicos con el vertiginoso crecimiento de las redes financieras internacionales que nos ha llevado a estar donde estamos; el proceso de desregulación del mercado laboral y el cuestionamiento de la viabilidad económica del estado del bienestar; la hegemonía política, militar y cultural de los EE.UU, paradigma del modelo neoliberal frente al cual, se decía, no había alternativa; la degradación medioambiental, en muchos casos con consecuencias irreparables para grandes áreas del planeta; la emergencia de una conciencia bienpensante en las sociedades occidentales y su asimilación por el mercado hacia una economía de la compasión (base para la existencia de muchas ONG) que convierte la solidaridad en un bien económico, en una mercancía, etcétera.

Efectivamente, la concepción de una economía cada vez más carente de elementos ideológicos (o simplemente éticos) y la aceptación de la racionalidad y el utilitarismo como criterios de comportamiento fundamentales en la toma de decisiones en la economía cotidiana, han supuesto una pérdida de conciencia de la responsabilidad del comportamiento del homo economicus en el que parece haberse convertido el ser humano. Frente a un contexto geopolítico mundial angustioso y a una crisis de credibilidad política nacional sin precedentes, enmarcados en una conmoción financiera mundial, sentimientos como el miedo, la desconfianza, la sensación de abandono… se han instalado en las vidas de unos ciudadanos consumidores que sólo piensan en aumentar su bienestar a través del gasto en experiencias y cosas.

Ante todo este totum revolutum, el presidente Rodriguez Zapatero nos propone un nuevo modelo económico, denominado ‘economía sostenible’, sin darse cuenta de que el asunto es bien diferente, que necesita un mayor compromiso, una revolución en la forma de pensar y concebir la empresa hacia organizaciones que hagan felices a los demás y sirvan de agentes de desarrollo. Según la respuesta del Presidente en el Congreso en la sesión de control del 26 de mayo, su nuevo modelo se define como de transición entre la economía de “ladrillo, sol y playa” hacia otra fundada en la innovación, la capacidad tecnológica, el impulso a la educación y el apoyo a sectores de valor añadido como los de eficiencia energética o biotecnología. ¿Dónde está aquí el cambio?

El nuevo modelo podría y debería haber arriesgado un cambio de paradigma empresarial, enfocado más en el compromiso que toda empresa debe tener con su entorno más cercano y con la sociedad en su conjunto. Pasaría por entender la empresa como un “agente de desarrollo, otorgándola la capacidad (y la responsabilidad) de trabajar por el bien colectivo, sin perder su condición ni renunciar sus orígenes. En este sentido lo que se plantea es considerar a la empresa como un “buen vecino” más en la sociedad, entendiendo las relaciones entre los agentes sociales como de buena vecindad: respeto a la intimidad y a la libertad de cada vecino; ser considerado; mostrar interés por el bien de la comunidad; arrimar el hombro cuando sea necesario, etcétera. La empresa sigue siendo pues una iniciativa privada que, sin embargo, pondría el beneficio a disposición del bien común. Hay que plantearse para ello al menos dos cuestiones clave, desde la exigencia de que las cuentas de resultados sean positivas al final del ejercicio. Una, que tiene que ver con los modos de obtener los ingresos de forma que se asegure tanto la independencia político/ideológica de las fuentes de financiación como que la manera de conseguir los resultados positivos no debe ser a costa de la explotación de los trabajadores, de las deficiencias de las prestaciones o del abuso de terceras personas (proveedores por ejemplo). La segunda cuestión parte de que esos beneficios deben revertir forzosamente en los fines de la entidad, apoyando proyectos sociales, iniciativas solidarias o cooperación al desarrollo y no remunerar al capital privado vía dividendo.

En definitiva los criterios que deberían regir la búsqueda de un verdadero nuevo modelo serían aquellos enfocados en la mejora de la calidad de vida; que busquen iniciativas empresariales integradas en su ámbito local y que adopten una actitud crítica ante los excesos. Empresas que desarrollen acciones comerciales justas con los productores, donde la circulación de la información sea fluida, transparente y esté asegurada dentro y fuera de la organización. Donde la toma de decisiones interna se base en principios democráticos y donde las diferencias de salarios máximos y mínimos se decidan entre todos. Organizaciones en las que se preste una especial atención a la calidad del trabajo y a la mejora continua de las personas y sus saberes y cualificaciones. Este sería el nuevo modelo que de verdad nos sacaría de la crisis (no sólo de ésta): crear empresas cuyo fin último sea hacer felices a los demás.

(Fuente: blog “Los jueves de 7 a 9″, 10/07/2009)

* Carlos Ballesteros es profesor en la Universidad Pontificia Comillas. Más sobre él

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